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El marxismo todavía tiene mucho que enseñarnos y más en los tiempos actuales

Cándido Marquesán

Entre los autores que considero uno de mis referentes, no solo desde el punto de vista historiográfico sino también desde la ética, es Tony Judt. Lamentablemente fallecido en el verano  de 2010 a consecuencia de la esclerosis lateral amiotrófica (ELA) que le fue detectada en 2008.Catedrático de historia en la Universidad de Nueva York, en la que ingresó en 1987 tras pasar por la de California y Oxford. Tiene un conjunto de obras en el ámbito de la historia insuperables: Algo va mal; Pensar el siglo XX; Postguerra. Una historia de Europa desde 1945, uno de los estudios más completos, rigurosos y amenos sobre la Europa posterior a la Segunda Guerra Mundial; Pasado imperfecto. Los intelectuales franceses: 1944-1956;  y Sobre el olvidado siglo XX. Sobre este último citado, el primero que me permitió conocer a Judt versan las líneas que siguen.

 

El título es sugerente, ya que pretende sensibilizarnos de que hemos entrado en tromba en el siglo XXI, olvidando las guerras, desmanes, ideales, dogmas y temores del siglo XX. Afirma que de todas las transformaciones de las tres últimas décadas, la desaparición de los “intelectuales” quizá sea la más sintomática. El siglo XX fue el de los intelectuales, vocablo que empezó a usarse a inicios del XX, significando a personas del mundo de la cultura que se dedicaban a debatir y a influir en la opinión y la política pública, y que estaban comprometidos con un ideal, un dogma o un proyecto.

Los primeros fueron los escritores que defendieron a Dreyfus de la acusación de traición, recurriendo para su defensa a valores como “justicia”, “verdad” y “derechos”. Considerando la trascendencia que los intelectuales tuvieron en el siglo XX, a ellos dedica una parte importante del libro: Arthur Koestler, Primo Levi, Manès Sperber, Hannah Arendt,  Albert Camus, Althusser, Hobsbawn, Kolakowski, Juan Pablo II y Edgard Said. Todos estos tienen un capítulo específico. Es excepcional el dedicado a Leszek Kolakowski, titulado ¿Adiós a todo eso? Leszek Kolakowski y el legado marxista sobre el que reflejaré algunas reflexiones de Judt y mías propias.

Kolakowski fue un destacado filósofo marxista en la Polonia de la posguerra hasta su marcha en 1968. Durante esta época fue un claro disidente: ya en 1954, a los veintisiete años, se le acusó de desviarse de la ideología marxista-leninista. En 1966, en el décimo aniversario del “Octubre polaco” pronunció una conferencia crítica en la Universidad de Varsovia, lo que motivó que Gomulka le reprendiera oficialmente acusándole de ser el principal ideólogo del revisionismo. Obviamente tras ser expulsado de su cátedra, tuvo que exiliarse a Inglaterra y los Estados Unidos par ejercer la enseñanza, aunque sus preocupaciones intelectuales fueron, tras abandonar el marxismo, la historia de la religión y la filosofía europeas. Pero lo realmente importante, por lo que ha merecido la atención de Judt es que Kolakowski realizó la mejor obra en los últimos 50 años sobre la historia del marxismo Las principales corrientes del marxismo, en tres tomos: Los precursores, La edad de oro y La crisis.

Para Judt, a pesar de que en los últimos tiempos el marxismo parece eclipsado, conviene recordar el extraordinario influjo que ha ejercido en la imaginación del siglo XX. Marx puede haber sido un profeta fracasado y sus discípulos más exitosos una cuadrilla de tiranos, pero el pensamiento marxista y el proyecto socialista ejercieron un atractivo único sobre algunas de las mejores mentes del siglo XX. El marxismo está inextricablemente vinculado a la historia intelectual de la modernidad. Ignorar esta circunstancia significa desfigurar de una manera tendenciosa el pasado reciente. Hay tres razones por las que el marxismo duró tanto y ejerció tal magnetismo entre muchos y grandes intelectuales.

En primer lugar, el marxismo supone una idea muy ambiciosa. Su atrevimiento epistemológico de comprenderlo y explicarlo todo atrae a quienes manejan ideas. Además, una vez que sustituyes al proletariado por un partido que promete  pensar en su nombre, has creado un intelectual orgánico colectivo, que aspira no solo  a hablar por la clase revolucionaria sino también a sustituir a la antigua clase dirigente.

La segunda fuente del atractivo del marxismo es que su proyecto, lo mismo que el antiguo sueño socialista, al que desplazó y absorbió, era una línea en la narración progresista de nuestro tiempo; con el liberalismo clásico, su antitético gemelo histórico, tiene en común la visión racionalista y optimista de la sociedad moderna y sus posibilidades que caracterizan su narración. El giro distintivo del marxismo de que la futura sociedad sería sin clases y poscapitalista ya era difícilmente creíble en 1920. Pero los movimientos sociales de inspiración marxista siguieron hablando, como si todavía creyeran en el proyecto transformador. El SPD abandonó la revolución a todos los efectos antes de la Primera Guerra Mundial, pero no levantó oficialmente la hipoteca de la teoría marxista que pesaba sobre su lenguaje y sus metas hasta 1959, en el Congreso de Bad Godesberg.

En 1981 en Francia, tras la elección de Mitterrand a la presidencia, todavía había socialistas franceses que hablaban de “grand soir” revolucionario y de la inminente transición al socialismo, como si estuvieran en 1936. En suma, el marxismo era la estructura profunda de la gran mayoría de la política progresista. El lenguaje marxista daba forma y una coherencia implícita a muchas clases de protesta política moderna. La pérdida del marxismo como forma de relacionarse críticamente con el presente ha dejado un espacio vacío. De ahí la confusión de la izquierda en Europa en los últimos años, lo que provoca inevitablemente a hacernos las siguientes preguntas: ¿Pero qué defiende? Qué quiere?

Pero el atractivo del marxismo tiene una tercera razón, quienes en los últimos años se hayan apresurado a saltar sobre su cadáver, harían bien en reflexionar sobre ella. Si generaciones de hombres y mujeres inteligentes y de buena fe estuvieron dispuestas a dedicar su vida plenamente al proyecto comunista no fue solo porque un cuento seductor de revolución y redención les hubiera inducido un estupor ideológico. Fue porque les atraía irresistiblemente su mensaje ético: el poder de una idea y un movimiento dedicados firmemente a representar y defender los intereses de los parias de la tierra. Siempre, la baza más fuerte del marxismo fue la seriedad de la convicción de Marx de que el destino de nuestro proyecto está unido a la condición de sus miembros más pobres y desfavorecidos.

El marxismo fue la más influyente reacción a las múltiples insuficiencias de las sociedades capitalistas y la tradición liberal. Si el marxismo cayó en desgracia en el último tercio del siglo XX fue en buena parte porque los peores defectos del capitalismo parecían superados. Sin embargo, hoy las cosas estás cambiando. Lo que los contemporáneos de Marx en el XIX denominaban “la cuestión social” –cómo abordar las enormes disparidades de riqueza y pobreza, y las insultantes desigualdades en educación, salud y oportunidades- está aquí y ahora en nuestra propia Europa, y no digamos en otras latitudes.

Críticos respetables actuales está desempolvando el lenguaje radical del siglo XIX y aplicándolo con gran éxito a las relaciones sociales del XXI. No hay que ser marxista para reconocer que lo que Marx denominaba “ejército de reserva de mano de obra” está resurgiendo en todo este mundo globalizado. Manteniendo el bajo coste del trabajo con la amenaza de la deslocalización, esta reserva global de trabajadores baratos, contribuye a mantener el crecimiento y los beneficios empresariales: igual que en la Europa industrial del siglo XIX, al menos hasta que los sindicatos organizados y los partidos de trabajadores fueron lo suficientemente fuertes como para conseguir mejoras salariales, un sistema tributario como instrumento de redistribución y un desplazamiento del equilibrio del poder en el siglo XX, lo que dejaba en entredicho las previsiones revolucionarias de sus líderes.

Por todo ello cabe pensar que crecerá el atractivo moral de alguna versión renovada del marxismo. Tampoco es una locura, ya que tal atractivo se mantiene vivo entre intelectuales y políticos de Latinoamérica, y también en los movimientos antiglobalización. Y como nadie más parece tener nada muy convincente que ofrecer como estrategia para luchar contra las fuerzas desbocadas del mercado, que tantas injusticias están provocando, la iniciativa puede estar en manos de aquellos que tienen la historia más pulcra. Hasta aquí las reflexiones de Judt.  Y personalmente digo pulcra con énfasis y con convicción.

Se ha extendido la opinión interesada de que las ideas de Marx fueron las que propiciaron todo un conjunto de calamidades para la humanidad, desde asesinatos en masa, hambrunas, los gulags, y  un despotismo brutal con la pérdida de libertad para millones de hombres; e igualmente las figuras crueles de Stalin en la URSS, de Mao Tse Tung en China y de Pol Pot en Camboya. Responsabilizar a Marx de las monstruosidades de estos regímenes comunistas es tan descabellado como el hacerlo a Jesucristo de la Inquisición. De entrada, porque nunca Marx hubiera legitimado estos regímenes liberticidas y además porque  nunca pensó que el socialismo pudiera triunfar en sociedades atrasadas como la Rusia zarista, la  China imperial o una Camboya recién independizada. Muy al contrario, tuvo la convicción de que se implantaría en un país occidental, como Alemania o Inglaterra, con un determinado nivel de de desarrollo económico e industrial.

Los críticos de Marx no suelen recordar los crímenes genocidas del capitalismo: las hambrunas de finales del siglo XIX en Asia y África,  el genocidio del Congo , de por lo menos 10 millones de sus súbditos africanos; la carnicería de la I Guerra Mundial; y los horrores del fascismo, un régimen al que el capitalismo tiende a recurrir cuando se ve acosado. Como señala Antoni Domench  “Se han olvidado interesadamente que, además de unos cuantos mamarrachos del partido nazi, en los juicios de Nuremberg fue juzgada –y condenada—como responsable última y beneficiaria principal de los crímenes nacionalsocialistas la crema y la nata de la oligarquía industrial y financiera alemana: los Flick, los Siemens, los von Thyssen, los Krupp, etc., etc. Casi todos los seguidores actuales de Marx rechazan las villanías de Stalin y de Mao, mientras que muchos no-marxistas no hacen lo mismo con las del capitalismo. Marx estuvo allí para presenciarlo y lo denunció "El capital viene al mundo chorreando sangre y lodo por todos los poros, de la cabeza hasta los pies".
Como señala, Terry Eagleton, el auténtico sentido de los escritos de Marx se pueden resumir en determinadas preguntas que se hizo y que hace ya bastante han dejado de plantearse: ¿Por qué el Occidente capitalista ha acumulado más recursos de los que jamás hemos visto en la historia humana y, sin embargo, parece incapaz de superar la pobreza, el hambre, la explotación y la desigualdad? ¿Cuáles son los mecanismos por los cuales la riqueza de una minoría parece engendrar miseria e indignidad para la mayoría? ¿Por qué la riqueza privada parece ir de la mano con la miseria pública?

Un concepto clave del marxismo cual es la lucha de clases, el auténtico motor de la historia, expuesto en 1848 en uno de los libros más influyentes de la historia contemporánea y que sigue reeditándose El Manifiesto Comunista, no ha perdido actualidad. Warren Buffet lo ha dicho “la lucha de clases sigue existiendo, pero la mía va ganando“. Esto deja abierta una posibilidad escalofriante: que Marx no sólo diagnosticara correctamente el comportamiento del capitalismo, sino también su resultado. Si los políticos no encuentran nuevos métodos para asegurar oportunidades económicas justas, acaso los trabajadores del mundo decidan, simplemente, unirse, como  ya recomendó Marx en El Manifiesto Comunista “Proletarios del mundo uniros”. Puede que entonces Marx se tome su venganza.

02/09/2014 22:03 dorondon Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Triunfo inexorable del individualismo insolidario y egoísta

Cándido Marquesán

A la hora de organizar nuestra vida en sociedad las secuelas nocivas del neoliberalismo son numerosas. Una es la expansión imparable del individualismo insolidario y  egoísta, que socava cualquier proyecto político colectivo. El neoliberalismo encuentra su razón de ser en una referencia común al “individuo responsable de sí mismo”, que debe prosperar por sí mismo sin esperar nada de los demás.  Boaventura de Sousa Santos en la Segunda Carta a las Izquierdas, indica que  los neoliberales pretenden desorganizar el Estado democrático a través de la inculcación en la opinión pública de la supuesta necesidad de varias transiciones. Primera transición, de la responsabilidad colectiva a la responsabilidad individual.

 

Para estos, las expectativas de la vida de los ciudadanos derivan de lo que ellos hacen por sí mismos y no de lo que la sociedad puede hacer por ellos. En la vida tiene éxito quien toma buenas decisiones o tiene suerte, y fracasa quien toma malas decisiones o tiene poca suerte. Las condiciones diferenciadas de nacimiento o de país no deben ser significativamente alteradas por el Estado.  Esto es puro darwinismo social.

Tal como exponen Luis Enrique Alonso y Carlos J. Fernández Rodríguez en su libro extraordinario y de profundo calado ideológico Los discursos del presente. Un análisis de los imaginarios sociales contemporáneos, y en el Epílogo. El individualismo contemporáneo y el espacio de lo social, del que he tratado de sacar las ideas fundamentales,  esta explosión de individualismo contemporáneo ha generado que muchos autores hablen del declive del hombre público, como lo denomina¬ba Richard Sennett que preveía la progresiva disolución del ciuda¬dano moderno en proyectos individualizados.

Según Robert N. Bellah tras estudiar las comunidades locales norteamericanas de los años ochenta, el individualismo ha penetrado fuertemente en su vida, lo que les ha hecho perder el lengua¬je necesario para darle sentido moral a sus vidas y abando¬nar el compromiso con los demás. La idea, por tanto, es que el norteamericano de esas ciudades se percibía cada vez más sólo, independiente y preocupado por sí mismo, y carente de compromiso con todo aque¬llo que no le afecte individualmente.

Para Robert Putnam una peligrosa debilidad del tejido social de las democracias contemporáneas se manifiesta en una fuerte reticencia de los ciudadanos a identificarse, comprometerse y responsabilizarse con la vida pública. Para Putnam se ha producido un auténtico declive del capital social en los Esta¬dos Unidos tras la Segunda Guerra Mundial, pero sobre todo a partir de los años setenta, lo que significa un empobrecimiento generalizado de las relaciones sociales, asociado a problemas claros de cohesión cívica y de individualización de la vida cotidiana.

Todo ello lleva a la soledad y aislamiento como manifiesta en su obra Solo en la bolera; descripción de esa sociedad civil americana cada vez más fragmentada, indivi¬dualizada y solitaria y, a la vez, menos interesada por las insti¬tuciones de gobierno, el sistema político o la acción colectiva, al quedar encerrada en su propia privacidad.

El uso del concepto de capital social como confianza generalizada, -encarnado en forma de normas y redes de compromiso que mejoran la efi¬ciencia de las instituciones facilitando las acciones coordina¬das-, es la importancia de la lealtad y de la cantidad y calidad de los vínculos sociales en el funcionamiento de todo tipo de estructura organizacional, sea política o económica; así como la quiebra de esta confianza interpersonal en las democracias occidentales y especialmente en los Estados Unidos.

Tanto Putnam, como Francis Fukuyama del uso que hacen del concepto de capital social dictaminan con matices diferentes, pero en sintonía, la quiebra o al menos la fuerte erosión de las jerar¬quías burocráticas y del sistema de autoridad racional-legal organizado y estable, propio e indispensable en las sociedades industriales, tal como nos lo había descrito Max Weber. Destrozadas hoy, según estos autores, las certidumbres, autori¬dades y normas de la sociedad industrial; debido a la rapidez del tratamiento de las informaciones, la descentralización de las formas económicas de producción y comercialización, la subjetivación de las formas de conocimiento y la enorme ex¬pansión de una sociedad de consumo muy poco dependiente de los valores de ahorro, esfuerzo y paciencia, etc.; parece definitiva, pues, la llegada de una cultura del individualismo feroz y la pérdida de confianza tanto en los demás como en las instituciones económicas.

Utilizando la misma idea Ralf Dahrendorf dijo que la transición a formas más flexibles e informacionales de organización socioeconómica ha aumentado vertiginosamente las opciones y ha disminuido las ataduras (los seres humanos siem¬pre han conocido muchísimas más ataduras que opciones). Pero en esa banalización de las ataduras, si no conservamos formas de vínculos sociales cooperativos y respetuosos de las instituciones, también experimentamos el peligro de arruinar los fundamentos de nuestra propia sociedad, porque las op¬ciones vitales individuales sólo pueden realizarse si existen instituciones, que no son otra cosa que sistemas de obligacio¬nes mutuas. Un individualismo ha sustituido a los valores que animaron a lo que Putnam llamó para los Estados Unidos las grandes generaciones cívicas, nacidas en las dos postguerras mundiales y volcadas hacia los grandes problemas públicos. Olvidado el atractivo que tuvieron para muchos jóvenes los dilemas cívicos, la ge¬neración de los hijos de la televisión y el ordenador personal esta volcada al ámbito personal.

Recurro ahora para apuntalar las ideas ya expresadas y por si acaso alguno anda un poco desorientado o despistado a la politóloga norteamericana Wendy Brown que lleva a cabo un corrosivo diagnóstico de la crisis democrática en los países occidentales o, con mayor exactitud, del proceso de desdemocratización iniciado en estos países, comenzando por Estados Unidos. En su ensayo  El liberalismo y el fin de la democracia el proyecto político neoliberal viene a sustituir la normativa política y moral hasta entonces vigente en «las democracias liberales», practicando una considerable labor de destrucción de las formas normativas precedentes.

Un proyecto que certifica la eliminación del sujeto democrático que fuera referente idóneo de la democracia liberal. De este modo, paulatinamente va desapareciendo la figura del ciudadano que, junto a otros ciudadanos iguales en derechos, expresaba cierta voluntad común, determinaba con su voto las decisiones colectivas y definía lo que había de ser el bien público, para verse reemplazado por el sujeto individual, calculador, consumidor y emprendedor, que persigue finalidades exclusivamente privadas en un marco general de reglas que organizan la competencia entre todos los individuos.

Según Francesc Serés,  las reuniones de comunidad de vecinos son terribles pero es mucho peor que no las haya. He visitado países que dan fe de ello. Ves fachadas precarias y zonas comunes que mejoran con la hierba crecida. Las puertas blindadas marcan un privado y un público distinguibles frente a escaleras sin luz y ataúdes que son ascensores.

¿Realmente somos conscientes del monstruo que estamos construyendo y tolerando?

10/09/2014 10:35 dorondon Enlace permanente. sin tema Hay 1 comentario.


LA MARCA “ESPAÑA”

Cándido Marquesán

En esta España nuestra es tanto el servilismo hacia los poderosos, especialmente hacia los que detentan el dinero, que me produce una extraordinaria repulsión. De entrada, mi profundo respeto por Emilio Botín, deseando que descanse en paz. Mas en la línea expuesta al principio  los panegíricos  y los ditirambos hacia su persona tras su muerte, presentándolo como todo un paradigma de la Marca España, me parece que han sobrepasado los límites de lo razonable.  O puede que sean acertados, porque quizá lamentablemente ha sido un buen representante a esta España nuestra. Una España impregnada exclusivamente por los valores del puro economicismo, al cual se subordinan todos lo demás, sean lo que sean. El dinero todo lo legitima.

 

Ya lo dijo Tony Judt en Algo va mal  “Hay algo profundamente erróneo en la forma en que vivimos hoy. Durante treinta años hemos hecho una virtud de la búsqueda del beneficio material: de hecho, esta búsqueda es todo lo que queda de nuestro sentido de un propósito colectivo. Sabemos qué cuestan las cosas, pero no tenemos idea de lo que valen. Ya no nos preguntamos sobre un acto legislativo o un pronunciamiento judicial: ¿es legítimo? ¿Es ecuánime? ¿Es justo? ¿Es correcto? ¿Va a contribuir a mejorar la sociedad o el mundo? Estos solían ser los interrogantes políticos, incluso si sus respuestas no eran fáciles. Tenemos que volver a aprender a plantearlos”.

Las palabras de Judt son aplicables a la España nuestra, y, por supuesto, a Emilio Botín. Trataré de mostrarlo con algunos ejemplos. Tal como aparece en las páginas 230-231 del libro Las cloacas de la economía, del catedrático de Economía Aplicada (UPV/EHU) Roberto Velasco, en junio de 2010, Hacienda comunicó a los Botín, que tenía información sobre unos fondos depositados en el HSBC Private Bank Suisse, requiriendo que presentaran las liquidaciones complementarias del IRPF y del Impuesto de Patrimonio del periodo 2005-2009, que todavía no había prescrito. Esas liquidaciones, que llegaron casi a los 200 millones de euros ingresados en las arcas públicas, las calificaron los técnicos del Ministerio de Hacienda (Gestha) como trato de favor, al suponer una segunda oportunidad para pagar voluntariamente, algo que no se ofrece al resto de los ciudadanos.

Poderoso caballero es Don Dinero. En mayo de 2012 el titular del Juzgado de Instrucción nº 4 de la Audiencia Nacional, Fernando Andreu, archivó la causa abierta contra Emilio Botín y algunos de sus familiares, indicando que “la regularización practicada por los denunciados es correcta y anterior a que se hubiera incoado, por parte de los órganos de la Agencia Tributaria, un procedimiento de inspección de verificación. Exactamente lo que se temían los técnicos del Ministerio de Hacienda. Comportamiento evidentemente no muy ejemplar.

Afortunadamente desde la sociedad civil irrumpen organizaciones que defienden todavía a contracorriente  unos valores éticos. Lamentablemente sus acciones son muy poco conocidas, ya tienen especial cuidado los grandes medios de comunicación, vendidos a los grandes poderes económicos, que sea así.

Una de ellas es El Centre d’Estudis per la Pau J.M. Delàs, de Justícia i Pau, nacida el año 1999 como resultado del trabajo desarrollado desde 1988 por la Campaña Contra el Comercio de Armas (C3A) y funciona como un Centro de Investigación y Documentación sobre temas relacionados con el desarme y la paz. Pretende, tal como aparece en su página Web, el fomento de una cultura de paz y la construcción de una sociedad desarmada y por esto se dedica a sensibilizar sobre los efectos perversos de las armas y el militarismo. Realiza diversas actividades y entre ellas sobresale la campaña “Banca Armada” con el objetivo, según sus propias palabras, de crear una opinión pública que favorezca un cambio de actitud de las entidades financieras y del Grupo BBVA, Banco Santander y CaixaBank para que cancelen sus inversiones en empresas de armamento y anulen la financiación de empresas altamente contaminantes. E igualmente promover un auténtico respeto de los derechos humanos y del medio ambiente, mediante una práctica más ética en las inversiones y métodos corporativos de las empresas financieras, con la finalidad de conseguir un planeta más justo y habitable para la humanidad.

Con la recogida de participaciones de accionistas, adquieren el derecho de poder intervenir en las Juntas de Accionistas de estas entidades financieras. Estas intervenciones están en su propia página Web, incluso el video. Merecen la pena. Hay que leerlas, verlas y escucharlas. Una de las que me parece más significativa es la realizada en la Junta de Accionistas del Banco de Santander el 22 de marzo de 2013.

Albert Sales dijo con coraje y con agallas lo siguiente: La realidad social del Estado español nos obliga a recordarles que paz no es tan solo la ausencia de guerras. La paz se construye creando las condiciones adecuadas para evitar la violencia. La recesión que vivimos, que hunde sus raíces en las disfunciones del sector financiero, golpea la realidad cotidiana de muchas familias que viven formas de violencia inaceptables por culpa del sector financiero y de unas políticas públicas a su servicio. Este banco tiene su parte de responsabilidad en  el endeudamiento del sector público español y, en consecuencia, tiene su parte de responsabilidad en los recortes de servicios tan esenciales para la cohesión social como la educación, la sanidad o los servicios sociales. Como bien saben, el Banco Central Europeo otorga crédito a bajo interés a las entidades financieras privadas, con el objetivo declarado de garantizar el flujo de crédito a la economía real, es decir, a empresas y familias.

Es conocido, por ser un dato público, que el BS había recibido hasta finales de 2012, 62.608 millones de euros y que este banco dedicó durante 2011, 41.807 millones de euros a la compra de títulos de deuda pública. Sin duda se trata de un negocio redondo y exento de riesgo por el cual esta entidad habrá obtenido y obtendrá interesantes beneficios.

Jordi Calvo con no menos coraje y agallas dijo: Año tras año descubrimos nuevas inversiones del BS en el negocio de las armas, el de la guerra, el que produce millones de víctimas cada año. De nuevo tenemos que decirles que se están lucrando de manera inmoral. El BS financia a empresas que fabrican armas nucleares. Como Boeing, EADS, Finmeccanica, General Dynamics, Honeywell International, Rolls-Royce, Safran o Thales. Estas armas son capaces de destruir la vida en el planeta con solo apretar un botón y usted Sr. Botín las está financiando con 1.141 millones de euros en créditos y bonos.  El BS ayuda a desarrollar, fabricar y vender armas a la industria militar española, una de las industrias menos éticas del mundo, ya que exporta sus armas a más de 30 países en conflicto armado, en situación de tensión interna o donde se vulneran de manera flagrante los derechos humanos.

¿Puede decirnos Sr. Botín cuántas armas financiadas por el BS van destinadas a la guerra o a regímenes dictatoriales y represores? ¿Dónde van a parar las armas de sus participadas Núcleo de comunicaciones y control, Indra, Amper, Grupo Ezentis, Avanzit, Ibérica del Espacio, Sistemas y vehículos de alta tecnología, FCC servicios industriales y energéticos? Las armas, señores y señoras accionistas, una vez han sido vendidas, no se sabe en manos de quién pueden caer. Son muchos, demasiados, los casos en que las armas antes o después cambian de manos y acaban alimentando conflictos que cada año acaban con la vida de millones de personas.

Quien favorece que estas armas existan, son también responsables de su sufrimiento. El BS lo es y ustedes lo deben saber.  El BS ha dado créditos a Maxam, una empresa cuya filial, Expal, fabricaba minas antipersona y bombas de racimo, y que ahora sigue produciendo y vendiendo todo tipo de bombas. Gracias al apoyo de este banco. ¿Saben ustedes, accionistas y clientes del BS, que sus ahorros pueden estar invertidos en fondos de inversión de armas? ¿Se les informa adecuadamente de que con su dinero se está contribuyendo a la carrera armamentística, a que haya más conflictos armados, a que el mundo sea cada vez menos seguro? ¿Es el BS honesto con sus clientes? ¿O esconde que ha dedicado más de 2.160 millones de euros al negocio de las armas durante los últimos años?

Sr. Botín, ¿se siente usted orgulloso de que parte de su fortuna provenga de tan repudiable negocio? Sres. accionistas, ¿no les remuerde la conciencia cuando saben que parte del dividendo que van a recibir tras esta Junta puede estar manchado de sangre? Ni las becas, ni los anuncios, ni los coches de Fórmula 1... podrán limpiar su imagen, que no es otra que la de un banco que hace dinero gracias al sufrimiento de tantas y tantas víctimas de la violencia armada. Puede que el BS sea una de las entidades financieras con mayor éxito comercial, con mayor capitalización, con mayores beneficios económicos...pero, desde un punto de vista ético, es uno de los peores bancos del mundo, todo un líder en mala reputación, más de dos mil millones invertidos en armas lo demuestran.
Esta es la Marca “España”. Pues venga, adelante.

16/09/2014 11:57 dorondon Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

NO ME QUEDA MÁS REMEDIO QUE HABLAR OTRA VEZ DE CATALUÑA

Cándido Marquesán

He escrito ya en diferentes ocasiones sobre la cuestión catalana, entendida como la problemática planteada a la hora  de encajar Cataluña dentro de la estructura del Estado español. Tema ya viejo. Para ello conviene recordar algunas palabras de Manuel Azaña en su discurso de defensa del Estatuto de Cataluña en mayo de 1932 en tiempos de la II República. “A nosotros, señores diputados, nos ha tocado vivir y gobernar en una época en que Cataluña no está en silencio, sino descontenta, impaciente y discorde. Es probable que el primer Borbón de España creyese haber resuelto para siempre la divergencia peninsular del lado de allá del Ebro, con las medidas políticas que tomó.

 

Sigue un largo silencio político en Cataluña; pero en el siglo XIX vientos universales han depositado sobre el territorio propicio de Cataluña gérmenes que han arraigado y fructificado, y lo que empezó revestido de goticismo y romanticismo no se ha contentado con ser un movimiento literario y erudito, sino que ha impelido, robustecido y justificado un movimiento particularista, nacionalista como el vuestro,  que es lo que constituye hoy el problema político específico catalán.

Cuando este particularismo, cuando este sentimiento particularista, alzaprimado por todos los elementos históricos y políticos de que acabo de hacer breve mención se precipita en la vida del Estado español, cuando esto invade los sectores de la opinión catalana y no catalana, cuando esto determina la vida de los partidos políticos, sus relaciones, sus encuentros, sus choques, entonces es cuando surge el problema político y su caracterización parlamentaria, delante de la cual nos encontramos. Y ésta es nuestra ambición. Cataluña dice, los catalanes dicen: “Queremos vivir de otra manera dentro del Estado español”. La pretensión es legítima… Palabras que podrían decirse hoy mismo. Como vemos es un tema muy antiguo. No lo trajo bajo el brazo ZP ni Artur Mas.

Es probable que muchos sientan unas lógicas dosis de hartazgo ante el tema. Yo también. Me gustaría no tener que ocuparme de  él. Si retorno otra vez es porque el problema está sin resolver, tal como nos ha demostrado la cadena humana del 11 de septiembre en forma de V en el centro de Barcelona exigiendo el poder decidir su futuro político. Cualquier español medianamente preocupado por el futuro de España, no debería permanecer al margen del tema susodicho. Hay mucho en juego. Es un tema fundamental para el futuro de Cataluña y para el de España. Dicho de otra manera, no es un problema catalán, es un problema de España.

Afirmo con rotundidad que me siento profundamente español, como también aragonés, en este orden. Esto no significa que sea nacionalista español. Dicho esto con claridad, admito sin ningún tipo de resquemor ni desconfianza que determinados catalanes puedan pensar y sentir que Cataluña es una nación, por las razones que sean: por historia, lengua, tradiciones, sentimientos o lo que sea; y que por ello quieran tener su propio Estado. Como también admito que otros catalanes puedan pensar todo lo contrario y por ello quieran seguir formando parte del Estado español. Las dos actitudes me parecen igualmente legítimas.

Me parece pertinente hacer algunas matizaciones sobre el concepto de nacionalismo, del que se hace frecuentemente un mal uso. Germà Bel en Anatomía de un desencuentro señala: "Cuando los ciudadanos de estas pequeñas nacionalidades (Cataluña o Euskadi) muestran una fuerte identificación nacional, son tachados e insultados de "nacionalistas" por los grandes estados-nación, sin darse cuenta que ellos mismos son un producto histórico del nacionalismo. Así, según Billig creador del concepto de nacionalismo banal, el nacionalismo propio se presenta por el estado-nación como una fuerza cohesiva y necesaria bajo la etiqueta de "patriotismo", mientras que el nacionalismo "ajeno", aplicado a las nacionalidades subsumidas en tales estados, son una fuerza irracional, peligrosa y etnocéntrica.

¿Cómo calificar la obsesión de José María Aznar por las banderas, que el 12 de octubre de 2001, mandó izar en la plaza Colón una con un mástil de 21 por 50 metros, de 294 metros cuadrados (21 por 14) y de 35 kilos? Tan grande era su peso, que se cayó el 2 de agosto de 2012, afortunadamente no hubo víctimas, aunque tuvieron que reponerla bomberos, policía local y personal de la Armada. ¿Y a la fugitiva Esperanza Aguirre que dice: “Nosotros no nos disfrazamos de nacionalistas, porque la nación española no es cosa discutible ni discutida; España es una gran nación”.

Retornando a la cuestión catalana, la realidad es la que es, nos guste o no. Los datos son suficientemente explícitos, en una década los catalanes frente al Estado de las Autonomías, prefieren en una buena parte de la sociedad  la independencia, o cuando menos poder autodeterminarse.. Este cambio de opinión tan radical en la sociedad catalana nos debería llevar a una profunda reflexión. Tengo claro que la intransigencia e insensibilidad hacia la realidad catalana del PP tanto en la oposición como en el gobierno ha contribuido en un porcentaje muy alto en esta nueva actitud, como también el aprovechamiento de la crisis por parte de determinados partidos políticos catalanes.  Entre todos la matamos y ella sola se murió.

Por ende, a este problema creado hay que darle alguna solución. Y yo no veo otra que hable la sociedad catalana. Mas también soy consciente que  poner la unidad nacional española a votación de los ciudadanos es en nuestro país obscena e innombrable, y palabras como autodeterminación nacional o referendo de independencia exigen ser exorcizadas no bien se mencionan, blandiendo el sagrado hisopo de la Constitución. Mas también parece claro que quien no está dispuesto a poner su idea de nación a votación popular es porque no confía de verdad en ella, porque, como escribió Manuel Aragón: "Un pueblo de hombres libres significa que esos hombres han de ser libres incluso para estar unidos o para dejar de estarlo”.

Insisto la situación actual me parece insostenible. Hay que tomar el toro por los cuernos y buscar una solución política al problema. Para eso existe la política. Retorno de nuevo a Azaña: “Se me dirá que el problema es difícil. ¡Ah!, yo no sé si es difícil o fácil, eso no lo sé; pero nuestro deber es resolverlo sea difícil, sea fácil.  Por ello, ante una petición democrática, expresada pacíficamente en la calle, un Gobierno democrático debería darle una salida, como hemos visto en Escocia. Enviar por delante al Fiscal General del Estado blandiendo el Código Penal, no solo no soluciona el problema es que lo agrava mucho más.

23/09/2014 10:11 dorondon Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

DEMOCRACIA DE CONSENSO EN NUESTRA CULTURA DE LA TRANSICIÓN

Cándido Marquesán

No contemplo hoy nada, en todo caso es muy reducido, en los programas de los partidos políticos vinculado con una defensa de la democracia, cuando es una necesidad imperiosa para salir de este auténtico infierno. Muchos filósofos, politólogos, sociólogos e historiadores corroboran esta opinión. Quienes rondamos los sesenta y vivimos la dictadura franquista así como todo el proceso de la Transición tenemos que sufrir inevitablemente hoy un profundo desencanto. De verdad, todo aquello que luchamos y arriesgamos por la llegada de la democracia, al final del camino para qué sirvió. ¡Vaya engañifa!

 

Creíamos  que nuestra Carta Magna sería producto del libre ejercicio político de las principales fuerzas políticas,  y que luego sería respetada y aplicada tanto en su parte orgánica, como en la de los derechos humanos. Ambas incumplidas. Por ello, la fiesta que con gran pompa y boato se celebra anualmente para conmemorarla, es una burla a toda la ciudadanía.

Quien, nos dijeron, fue el gran adalid de nuestra transición, ha quedado desnudo  con sus vergüenzas al aíre. Ni condenó al cruel dictador a quien debía su poder; ni su trayectoria ha sido tan ejemplar, como nos hicieron creer. Desaparecido el blindaje mediático, hemos constatado que su conducta es idéntica a la de sus ancestros familiares: libertinaje,  insensibilidad hacia los débiles, falta de transparencia. Ahora pretenden regenerarla con la transmisión hereditaria. ¡A buenas horas! 

Todos creíamos que, por fin, seríamos dueños de nuestro destino, y que podríamos expresar nuestras aspiraciones, sirviéndonos del voto, al que estábamos poco acostumbrados. Que nuestros representantes electos las tendrían en cuenta en su práctica política. Mas, nuestros deseos defraudados. Un presidente de gobierno, que convierte la mentira en virtud y costumbre, que tras las elecciones olvida sus promesas a los ciudadanos, más pendiente de  instituciones que nadie ha elegido; que cobarde sus acciones políticas las explica en un plasma, que permite una corrupción pestilente en su partido y que hunde en la miseria a la gran mayoría, está totalmente desacreditado y deslegitimado. Si fuera una democracia de verdad, no una pantomima, habría tenido que dimitir por dignidad y por respeto a sí mismo, y al resto de los españoles.

Creíamos también que en la Carrera de San Jerónimo estaría el Sancta Sanctórum de la democracia, la sede de la soberanía popular. Así lo explicaba convencido a mis alumnos. Pero, estamos observando que ese lugar, tiene que estar protegido con empalizadas y policías de los ciudadanos, a quienes debería representar y defender. ¡Vaya sarcasmo!

Que la justicia emanaría del pueblo y se administraría por jueces independientes, inamovibles, responsables y sometidos únicamente al imperio de la ley, y ante la que todos los españoles seríamos iguales, se convirtió en creencia generalizada.  Mas, era una ilusión. Nos sorprende, aunque aquí ya nadie se sorprende de nada, que un juez con una trayectoria impecable y ejemplar de lucha contra el narcotráfico, el terrorismo, la corrupción y la dictadura fascista es expulsado de la carrera judicial, merced a la denuncia de la extrema derecha, envidias corporativas y presiones políticas; y  que para la justicia los criterios más importantes siguen siendo el poder, el dinero o la sangre azul.

Que los partidos políticos expresarían  el pluralismo político, serían  el instrumento fundamental para la participación política y que su estructura interna y funcionamiento serían democráticos. Otra decepción, ya que se parecen a una casa cerrada habitada por unos extraterrestres, en la que se respira un aire contaminado

Que la élite empresarial sería la vanguardia de nuestro desarrollo económico. Otra falacia, ya que  impulsada solo por los intereses económicos y desconocedores de cualquier principio ético, no le importa que a sus compatriotas se les esté arrebatando a dentelladas el Estado de bienestar, mientras esconde sus pingües beneficios en paraísos fiscales. Que los sindicatos serían el baluarte de los trabajadores, mas cierto sindicalismo ha pervertido esa misión tan loable.

Lamentablemente, al final del camino la verdad desagradable asoma. Si esto es democracia que venga Dios y lo vea.

Para  los que consideren que mis juicios son sesgados y parciales, y que no reflejan la realidad de nuestra democracia, me remito a un libro impresionante de título sugerente La nación singular. Fantasías de la normalidad democrática española (1996-2011 de la profesora Luisa Elena Delgado, venezolana, nieta de exiliados e hija de inmigrantes, y profesora titular de Literatura Española de la Universidad de Illinois en los Estados Unidos. Tengo la impresión de que para conocer nuestros avatares políticos son más adecuadas las investigaciones de científicos sociales foráneos que las de los propios españoles, al estar los primeros más libres de prejuicios que los segundos, lo que les permite presentar una visión más equilibrada e imparcial. Un ejemplo sirve para reafirme en este juicio. La visión historiográfica sobre la cuestión catalana es totalmente dispar en función del lugar en que haya sido construida, lo que no deja de ser lamentable, además de cuestionar gravemente el carácter científico de esta disciplina.

En el libro mencionado de Luisa Elena Delgado, se indica con buen  criterio que desde la caída de la URSS, la actividad política de las democracias occidentales está marcada por la concepción del “estado de consenso”. En este marco, todo litigio se entiende como problemático, ya que atenta contra la normalidad de una comunidad definida por su cohesión y cuyos componentes se presumen bien integrados, y representados en el todo. Esto va en contra de lo que la política representa de verdad: el momento en que los excluidos del orden político, la parte sin parte del sistema, renuncian a su lugar preestablecido en el statu quo y demandan ser escuchados, reorganizando la topografía social. Como los nacionalismos periféricos.

En el caso español, la “democracia de consenso” se ajusta al ideal político democrático consolidado y petrificado con la inmaculada, intocable y mitificada Transición, que propugnaba sobre todo, una equivalencia entre normalidad democrática y la unidad y estabilidad del país.

Que esos fueran los objetivos del gobierno en 1978 es comprensible por las circunstancias históricas del momento, mas que la política del consenso haya permanecido inalterable hasta hoy, y que además sea la única forma legítima de actuación democrática tiene sus múltiples implicaciones, muchas de ellas no positivas para el buen funcionamiento de un auténtico sistema democrático, las cuales han servido para que Guillem Martínez haya acuñado el término de Cultura de la Transición (CT) para calificar el paradigma dominante en la España democrática, caracterizado por su verticalismo, la desproblematización de la realidad y la permanente obsesión por la cohesión y la estabilidad.

Luisa Elena Delgado nos remite a un artículo espléndido de Amador Fernández-Savater titulado La cultura de la Transición y el nuevo sentido común, que analiza el funcionamiento de esta CT, “entendida como ámbito de lo decible, visible y pensable. La CT es una fábrica de la percepción donde trabajan a diario periodistas, políticos, historiadores, artistas, creadores, intelectuales, expertos, etc. Lo que allí se produce desde hace más de tres décadas son distintas variantes de lo mismo: el relato que hace del consenso en torno a una idea de la democracia (“representativa, liberal, moderada y laica”) el único antídoto posible contra el veneno de la polarización ideológica y social que devastó España durante el siglo XX. Ese consenso funda un “espacio de convivencia y libertad” que se presenta a sí mismo como algo frágil y constantemente amenazado por la posibilidad de  la ruptura de España.

La CT  es  la siguiente alternativa: “normalización democrática” o “dialéctica de los puños y las pistolas”. O yo o el caos. La CT define el marco de lo posible y a la vez distribuye las posiciones. Prescribe lo que es y no es tema de discusión pública: el régimen del 78 queda así “consagrado” y fuera del alcance del común de los mortales. Fija qué puede decirse de aquello de lo que sí puede hablarse (sobre todo cuestiones identitarias y valores).

Existen dos opciones básicas: progresista y reaccionaria, ilustrada y conservadora, izquierda y derecha. La alternativa PP/PSOE (y su correlato o complemento mediático: El Mundo/El País, Cope/Ser) materializa ese reparto de lugares. La CT no es una de las opciones, sino el mismo tablero de ajedrez: el marco regulador del conflicto. Por último, dispone también quién puede hablar, cómo y desde dónde.

La CT manifiesta una profunda desconfianza en la gente, que se plasma bien como desprecio, bien como miedo, bien como paternalismo. La voluntad de la gente -demasiado ignorante, incapaz, y  visceral- debe ser depurada, reemplazada, sustituida: representada por los que saben (políticos o expertos).

Los lugares privilegiados de palabra serán siempre por tanto las instancias de representación (partidos, sindicatos, medios de comunicación, academia). En definitiva, la CT es un espacio de convivencia sin pueblo.

Una arquitectura política sin gente. En su orden de clasificaciones, la calle queda marcada como el lugar de la anti-política. Quizá un lugar necesario en condiciones de “déficit democrático” pero siempre como algo provisional.

Así se entiende que la apatía ciudadana haya sido interpretada tantas veces por la CT como una señal de “maduración democrática”: la buena política es aburrida porque se hace lejos y la hacen otros (aunque la CT sea algo esquizofrénica y a veces también deplore esa apatía: el ideal para ella sería la participación entusiasta y continua dentro de los canales establecidos, como el voto y la militancia en partidos políticos). En nombre de la convivencia, la cohesión, la estabilidad y la responsabilidad, la gente debe desaparecer. Quedarse en su lugar y dejarse representar por los que saben. Ausentarse”.

Ni que decir tiene que las masivas manifestaciones en Cataluña por el deseo a decidir no encajan dentro de esta CT, ya que puede poner en grave peligro la convivencia, la paz y la concordia entre los españoles.
Por ende, los catalanes deben quedarse en casa, ya que sus aspiraciones tienen otros canales según la CT para manifestarse. Por supuesto, en esta CT, tal como se refleja en los debates más frecuentes en prensa escrita, tertulias en radio y televisión, los “nacionalismos”, entre los que nunca se encuentra el del Estado que se identifica como patriotismo constitucional exento de ideología- han sido presentados como el gran problema de nuestra democracia. Si hoy estamos empantanados en un problema gravísimo de vertebración territorial, de encaje de determinados territorios en el Estado español, en buen parte se explica por esta  democracia de consenso que ha impregnado la Cultura de la Transición.

30/09/2014 12:44 dorondon Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.


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