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En esta España nuestra todo huele a podrido, como si fuera un albañal.

Cándido Marquesán Millán

Se ha convertido en noticia estos días que el (GUPC) Grupo Unidos por el Canal, liderado por la empresa española Sacyr (48%), junto con la italiana Impregilo, la belga Jan de Nul y la panameña CUSA, que ganaron la puja para determinadas obras de ampliación en el Canal de Panamá  con una oferta de 3.118 millones de dólares, muy inferior al precio de salida estimado por la Autoridad del Canal que era en 2006 de 3.481, amenazan con paralizar las obras, si esta no compensa con 1.200 millones de dólares extra.Conviene hacer un poco de historia.

 

En el 2009, el entonces presidente de la constructora española Sacyr, Luis del Rivero, se mostró eufórico al haber ganado a los estadounidenses el concurso. Llegó a cantar al estilo futbolístico “Así, así, así gana Sacyr”. La oferta de Sacyr fue la más barata, cuando los demás competidores presupuestaban casi el doble. En aquel entonces, los competidores manifestaron sus dudas de que el proyecto se pudiera llevar a cabo por ese presupuesto.

El Gobierno de Zapatero presionó para que la adjudicación del conocido como “contrato grande”, fuera a parar a manos españolas. La operación comenzó en el año 2007 con un viaje a Centroamérica. El 18 de julio de ese año, José Luis Rodríguez Zapatero acudió a Panamá acompañado por los presidentes de las principales constructoras: FCC, Acciona, Ferrovial, Adesa, Isolux, OHL y Sacyr-Vallehermoso. El viaje de ZP fue para defender los intereses de unas constructoras españolas privadas, no de la ciudadanía española. Lo mismo que está haciendo ahora  la ministra de Fomento en Panamá.

Sacyr confiaba en repetir en Panamá el modelo de puja habitual en España en los grandes concurso públicos: asegurarse la contrata ofreciendo un precio ínfimo (conocido en el sector con el nombre de “baja temeraria”) y negociar, recurriendo incluso a la presión, como acabamos de ver con la paralización de las obras, un ajuste al alza con las autoridades locales, alegando desviaciones imprevistas de costes, aprovechando conexiones personales o en otras vías, vinculadas con la corrupción.

Sacyr para ganar el concurso ya jugó la baza de incorporar a su consorcio a una empresa panameña, CUSA, una constructora propiedad de la familia del presidente de la Autoridad del Canal que adjudicaba las obras.

Estas prácticas han sido, reitero, las usuales en la política española. Y han sido así, por la confabulación mafiosa entre las grandes constructoras con el  mundo de la alta política. Si  pujaban por debajo del precio de licitación era porque sus contactos políticos les garantizaban que las administraciones que adjudicaban las obras aceptarían luego la revisión al alza de los precios. Las pequeñas empresas que no cuentan con estos contactos no podían pujar con precios tan bajos.

Por ello, toda la geografía española está salpicada de grandes obras públicas realizadas por estas grandes constructoras, que han superado con creces el presupuesto inicial. En Aragón, se denunció hace meses ante los juzgados el abono de supuestos sobreprecios irregulares desde  Plaza, la Plataforma logística  en Zaragoza, a empresas por valor de 15 millones de euros. El presupuesto inicial para el soterramiento de la M-30 de Madrid fue de 1.700 millones de euros, después pasó a 3.500 y acabó costando más de 6.000: casi cuatro veces más. La terminal T-4 de Barajas pasó de 1.033 a 6.200 millones, cinco veces más. La ampliación del aeropuerto de El Prat duplicó su precio, de 1.471 millones a más de 3.000. El AVE entre Madrid y Barcelona costó un 31,4% más de lo previsto, 1.400 millones más. Y la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia pasó de 308 millones a 1.282, cuatro veces más. La construcción del AVE ha costado 50.000 millones de euros.

No quiero llegar a pensar en la cantidad de millones de dinero público que se han ido por un sumidero en sobrecostos, mordidas y comisiones. Y todos esos millones robados a las arcas públicas, hoy forman parte de la deuda pública, mas deberían estar claramente incluidos en lo que se llama deuda odiosa, por lo que no la deberíamos pagar los ciudadanos.

Esta lamentable situación tiene un porqué. En la capital del Estado pululan unas élites financieras, empresariales, mediáticas y políticas perfectamente ensambladas e interconectadas entre sí e inaccesibles para otros sectores de la sociedad, que comparten unos mismos intereses y tratan no solo de mantenerlos, sino también de acrecentarlos. Determinados políticos forman parte de los consejos de administración de las grandes empresas, de los grandes bancos, de las grandes constructoras, en pago por los servicios prestados, conseguidos muchas veces producto de la corrupción. Aquí en la capital del Estado es donde se toman las grandes decisiones de política económica.

Como el reparto, cual si fuera un botín, de las grandes obras públicas, como estamos viendo, para beneficio de estas grandes empresas constructoras. A estas élites se les podría aplicar perfectamente un concepto mediático de éxito reciente, el de “élites extractivas”, divulgado por los economistas Daron Acemoglu y James A. Robinson  en su libro Por qué fracasan los países. Estas élites, son aquellas que se despreocupan totalmente del bien común y dedican exclusivamente sus esfuerzos a su propio bienestar y al del grupo al que pertenecen. Las instituciones extractivas concentran el poder en manos de una élite reducida. Estas élites establecen un sistema de captura de rentas que les permite, sin crear riqueza, detraer rentas de la mayor parte de la ciudadanía en beneficio propio. Por supuesto, no creo sea necesario señalar que esas élites empresariales donaban dinero a las cajas B de los dos grandes partidos. Todo esto es corrupción. Todo esto es podredumbre.  Esto es lo más parecido a un pozo negro.

Lo explica muy bien también todo esto Cesar Molinas en su libro encomiable Qué hacer con España “Desde que a Felipe II se le ocurrió colocar la capital en Madrid, la única razón para ir a Madrid era ver al rey. Y a verle iban porque, como gusta en señalar Luis Garicano, las únicas maneras de ser rico en España eran ser hijo de rico o estar próximo al rey. Al calor de la corte se desarrolló en España un capitalismo castizo, mal llamado capitalismo financiero, basado en la captura de rentas y en la proximidad al poder, que es típicamente madrileño y que sigue siendo hoy día la forma de capitalismo dominante en nuestro país. Hay una continuidad histórica, de concepción de los negocios y del mundo, entre personajes decimonónicos como Fernando Muñoz, el general Serrano y el marqués de Salamanca, por una parte, y los que hoy se sientan en el palco del Santiago Bernabeu, por otra. Es una misma manera de prosperar por el favor del poder político, gracias al BOE, que se ha mantenido inalterada a lo largo de los siglos.

Hasta ahora he procurado mantener cierta compostura en mis palabras. Como estoy al final, voy a tomarme la licencia de calificar a estas élites de auténticos buitres, que con una voracidad insaciable se han enriquecido vergonzosamente a costa de haber llevado a buena parte de la ciudadanía a un autentico genocidio social. En  esta España nuestra todo huele a podrido, como si fuera un albañal.

Por ello me parecen muy oportuna la pregunta que se hizo Manuel Azaña en una conferencia pronunciada el día 4 de febrero de 1911 en la Casa del Pueblo de Alcalá de Henares, titulada El problema español: ¿Vamos a consentir que la inmensa manada de vividores, de los advenedizos manchados de cieno usurpe la representación de un pueblo y lo destroce para saciar su codicia?  En nuestras manos está.

07/01/2014 13:30 dorondon Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Pensar desde la Izquierda

Cándido Marquesán Millán

En mi ciudad de residencia, Zaragoza, uno de mis mayores gozos es el visitar algunas librerías, especialmente aquellas más especializadas en temas de humanidades. En concreto son: la Librería Cálamo y la Central. En ambas aparece siempre un repertorio muy amplio de novedades bibliográficas, que, sobre todo a aquellos que estamos interesados por cuestiones de ética y política, nos tientan a salir la mayoría de las veces de cualquiera de ellas con un libro en la mano, aunque a la entrada hayas hecho el firme propósito de no comprar nada. En esta ocasión, volví a caer en la tentación. En la Librería Cálamo encontré un libro que por su título me impactó desde el primer instante: Pensar desde la Izquierda.

Mapa del pensamiento crítico para un tiempo en crisis, de diferentes autores, entre los cuales estaban: Badiou, ZizeK, Negri, Toscano, Hardt… Obviamente es un libro de actualidad, ya que habla de una necesidad imperiosa, y cada vez más lejana, de construir un pensamiento crítico desde la izquierda.

En la amplia recopilación de artículos que leído con auténtica fruición, hay uno que me ha merecido especial atención, el titulado Las mutaciones del pensamiento crítico de Razmig Keucheyan, profesor asociado de Sociología en la Universidad de Paris IV-Sorbonne, con una amplia bibliografía, entre la que destaca Une cartographie des nouvelles pensées critiques (2010).  Su tarea investigadora actual versa sobre sociología crítica del Estado.

En la entradilla del artículo escribe A propósito de Görand Therborn, autor de From Marxism to Postmarxism (2009). Además plantea una serie de cuestiones, a las que trata de dar respuesta en el artículo: ¿Cómo y en qué modalidades se puede seguir creyendo en la idea comunista desde la caída de la URSS? A esta cuestión trata de responder Therborn en el libro comentado, a través de una cartografía del conjunto de los “posmarxismos”. Mas -se pregunta Keucheyan- con un enfoque tan centrado en el marxismo, ¿no sé corre el riesgo de ignorar que este legado está lejos de representar la totalidad del pensamiento crítico contemporáneo? Con este preámbulo obviamente me lance con auténtico frenesí a leer el artículo, del que trataré de reflejar sus líneas fundamentales, tarea no fácil, ya que es muy denso y de profundo calado ideológico. En contrapartida sirve para propiciar la reflexión desde la izquierda, que buena falta nos hace. La derecha neoliberal tiene las ideas muy claras, y de acuerdo con ellas actúa políticamente con total coherencia.

Perry Anderson con motivo del tema del “fin de la Historia” en su libro “Los fines de la historia” de 1997 esboza cuatro destinos posibles para el socialismo. Uno primero sería que las experiencias socialistas de 1848-1989, sean para los historiadores futuros como una anomalía o un paréntesis, como el que supuso en los siglos XVII y XVIII el Estado jesuita de Paraguay. Los jesuitas organizaron unas comunidades guaraníes igualitarias, repartiendo equitativamente las tierras y respetando las costumbres indígenas. Estas comunidades fascinaron a Montesquieu y Voltaire. Es sabido que tras granjearse el odio de los propietarios del lugar, fueron disueltas por la Corona española. Según Anderson, podría decirse que el destino del socialismo –en particular de la modalidad derivada de la Revolución de Octubre de 1917- será del mismo tipo que del Estado jesuita de Paraguay. Tres siglos después sabemos que esta experiencia no consiguió desviar el curso capitalista de la historia. Estas experiencias hoy solo son un recuerdo, salvo para algunos especialistas. Ese sería el futuro del socialismo.

La segunda posibilidad es que en el futuro el socialismo sea sometido a una profunda reformulación. Puede que en unas décadas o unos siglos, ocurran acontecimientos que lo conducirán a fusionarse en un proyecto político más convincente. Anderson menciona las relaciones existentes entre las revoluciones inglesa y francesa. Ambas son concebidas  como partícipes de un mismo impulso democrático, aunque son sucesos muy diferentes. Cerca de 150 años separan a los niveladores de los jacobinos. El lenguaje de los revolucionarios ingleses es más religioso que el de los franceses, que es más político. Es posible que en el futuro se produzcan acontecimientos de los que los historiadores digan, a posteriori, que forman parte del mismo ciclo histórico que las experiencias de 1848-1989. Puede también que los que participen en ellos no perciban el lazo que les une con el socialismo, lo que no significa que no vaya haber relación. Un resurgimiento renovado del socialismo supondría una transformación doctrinal. Es posible que algunos dogmas se abandonen, como la centralidad del proletariado. O incluso que se organice en torno a temas ecologistas.

Una tercera posibilidad del socialismo sería similar al vínculo que existe entre la Revolución francesa y las revoluciones que la siguieron. La Revolución francesa fundó una tradición revolucionaria acumulativa. En 1830 las calles parisinas estaban con barricadas; luego 1848, la Comuna, el Frente Popular y Mayo del 68, fueron acontecimientos, que con sus matices, todos beben en la fuente de la “Gran Revolución”.  Puede suceder en el futuro el mismo tipo de relación entre el socialismo y aquello que lo suceda. En cierto modo el feminismo ya guarda cierta relación con él. No en vano el movimiento obrero es uno de los orígenes del feminismo, con la obra de Auguste Bebel Le femme  el le socialisme (1883).

Una cuarta es que el destino del socialismo sea similar al del liberalismo. En tiempos de la I Guerra Mundial, tras su esplendor durante la Belle Epoque, el liberalismo entró en crisis eclipsado por otras corrientes ideológicas como el keynesianismo o el marxismo, de la que no se recuperará hasta los años  setenta, cuando se inicia el neoliberalismo. No queda excluido que el socialismo conozca lo mismo que el liberalismo una redención después de haber estado eclipsado. Para ello será necesario que evolucione y que integre algo de las doctrinas rivales, como, por ejemplo, un mayor respeto por las libertades individuales. Pero incluso en este caso se trataría del socialismo tal como lo conocemos, con sus rasgos fundamentales.

Los 17 años transcurridos de la aparición del libro de Anderson nos permiten tener una misión más completa con respecto al período que estamos atravesando. Primera confirmación: el socialismo no seguirá la del Estado jesuita de Paraguay. Los historiadores no lo verán como un conjunto de experiencias insignificantes y sin futuro, visto el discurrir de la historia. Desde la insurrección zapatista de 1994 muchas luchas se han perdido, pero se han librado. Algunas se han ganado, como el que haya Estados que se autoproclaman adeptos al “socialismo del siglo XXI. El socialismo no se va a convertir a una curiosidad para el historiador.

Segunda conclusión: es improbable que el socialismo sea redimido como el liberalismo en el último tercio del siglo XX. Al contrario de ciertos análisis críticos un tanto apresurados hechos desde los años 70, la civilización industrial de la que surgió el socialismo no ha desaparecido. Pero se ha transformado considerablemente, si bien las condiciones  en las que el  núcleo histórico del proyecto socialista podría darse han desaparecido sin duda. Por tanto, el futuro del socialismo estará según Anderson entre la segunda o la tercera opción expuesta. O bien las experiencias del periodo 1848-1989 serán acumulativas, es decir, que darán lugar en breves espacios de tiempo a transformaciones sociales profundas, o quizás serán necesarios períodos de tiempo más largos y una mutación más profunda para que acontecimientos de esta naturaleza se produzcan. En la actualidad, esta segunda opción parece la más coherente. Nos encontramos en una temporalidad política análoga a los 150 años que separan las dos revoluciones inglesa y francesa.

Que tengamos que esperar para una reestructuración operativa del socialismo esto no significa que los discursos críticos escaseen. Hoy existe todo un conjunto de teorías enfocadas a entender el mundo después de la caída del muro de Berlín y preparar vías emancipatorias. Estos nuevos pensamientos críticos son los que estudia Göran Therborn en su libro citado. El sociólogo sueco y profesor de Cambridge propone una cartografía de los pensamientos críticos contemporáneos, sobre todo los surgidos a partir de los 90. Están Badiou, Zizek, Negri, Laclau, Wallerstein, Bauman, etc. La novedad de las ideas que estos proponen proviene de su intención de pensar el ciclo político abierto tras la desintegración de los países del Este. La obra de Therborn tiene una tesis central y otras secundarias.

El marxismo puede dibujarse desde sus orígenes como un triángulo con tres vértices que son: las ciencias sociales, la filosofía y la política. En esencia esta corriente pretende a la vez una descripción (geográfica, económica, sociológica) de la realidad social, una filosofía portadora de una visión del hombre y de una epistemología (la dialéctica),  y una estrategia para transformar la sociedad.  Para Marx, Engels, Lenin, Rosa Luxemburgo o Trotski estos tres elementos aparecen entremezclados.  Según Therborn el triángulo marxista se ha descompuesto y ha saltado hecho pedazos en la actualidad. Al contrario que sus predecesores, los pensadores críticos actuales se sitúan en uno de estos vértices, en raras ocasiones en dos. Ya no ostentan responsabilidades políticas y menos aún en organizaciones que tengan un impacto efectivo sobre la realidad del país en que se hallan. Una excepción es la del vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera, autor de ensayos sobre el indigenismo o sobre filosofía política. En cuanto a otros como Zizek o Laclau, en algún momento ha podido emerger su dimensión política, pero hoy se limitan a escribir o dar conferencias.

Esta separación entre teoría y práctica, no es nueva, ya que se da en el marxismo occidental, o sea, el marxismo del periodo 1923-1968 del que Lukács, Korsch y Gramcsi son fundadores. Este marxismo “occidental” –los marxistas clásicos son mayoritariamente de Europa del Este- aparece cuando la perspectivas de la revolución en el oeste europeo, y sobre todo en Alemania, se alejan. Sus principales representantes como Adorno, Sartre, Althusser o Marcuse se diferencian de la generación clásica, en que no son dirigentes, ni miembros de organizaciones obreras, además de ser filósofos puros, por lo que escriben en un lenguaje inaccesible a los militantes. El triángulo marxista comienza a descomponerse a mitad de los años veinte.

Una idea que Therborn adelanta es que actualmente se está produciendo un giro teológico en los pensamientos críticos. Badiou dedicó una obra a san Pablo. Negri y Hardt se apoyan en san Francisco de Asis. En Zizek el recurso a la religión no tiene la función, como en Badiou o Negri,  de construir una fuente de inspiración para reconstruir un proyecto de emancipación,  es por el contrario para defender el cristianismo por sí mismo, ya que este participa de la historia de la emancipación. Se podrían poner otros muchos ejemplos de estas referencias al hecho religioso en el pensamiento crítico actual. ¿Qué razones hay? Referencias religiosas han existido siempre en las teorías críticas. El marxista peruano Mariátegui (el fundador del marxismo latinoamericano) ya dedicó un texto a Juana de Arco en 1929. Ernst Bloch en Thomas Munzer. Teólogo de la revolución data de 1921. Estas referencias están vinculadas con el problema específico de la creencia.

De ahí las referencias a personajes como San Pablo o Job. La cuestión que plantean  estas figuras teológicas es la de saber  cómo es posible seguir creyendo y esperando cuando todo parece ir en contra de la creencia, cuando las circunstancias son totalmente hostiles. Es normal que los pensadores críticos sientan la necesidad de encontrar una respuesta a este problema. Las experiencias  de construcción de una sociedad socialista han finalizado todas de una manera dramática. ¿Cómo continuar creyendo en la posibilidad  del socialismo cuando los hechos han invalidado brutalmente en numerosas ocasiones esta idea? La teología puede servir, ya que esta disciplina el creer en lo inexistente es su especialidad.

La incorporación de lo religioso al pensamiento crítico puede explicarse también, desde la perspectiva de hacer frente a los fundamentalismos religiosos, y mostrar que existen formas progresistas de religiosidad. A este respecto puede resultar paradigmático el nuevo prefacio a los Evangelios de Terry Eagleton, bajo el título Terry Eagleton presents Jesus Christ.

En el libro de Therborn hay numerosas ausencias, ya que tan solo aporta autores enmarcados en el “Norte”.  Solo menciona europeos y norteamericanos. Es una grave carencia, porque hoy la geografía del pensamiento crítico se ha diseminado por todos los rincones del globo. Basta citar entre ellos al palestino Edward Said (fallecido en 2003), el boliviano García Linera, el esloveno Slavoj Zizek, el argentino Ernesto Laclau, la turca Seyla Benhabib, el brasileño Roberto Mangabeira, el japonés Kojin Karatani, el indio Homi Bhabha, el mexicano Néstor García, el camerunés Achille Mbembe o el peruano Aníbal Quijano. También es cierto que estos autores citados están afincados en los Estados Unidos, o bien enseñan allí con regularidad. Es conocido, aunque no justificable, que en todos los ámbitos del pensamiento ha existido y sigue vigente una concepción eurocéntrica. Además, esa autoproclamada superioridad europea lleva consigo algunas otras carencias.

En una conferencia impartida en septiembre pasado en Bolivia, Zizek señaló: Me disculpo por los intelectuales europeos, por la forma en que los tratan a ustedes. Cuando vienen acá y supuestamente los admiran hay mucho de hipocresía. La actitud típica de este tipo de intelectuales -que seguramente tienen una buena fuente de ingresos y lo hacen bien- es tener el dinero en el bolsillo derecho y su corazoncito a la izquierda. Les gusta participar en la Revolución pero siempre que esa Revolución ocurra lejos de su vida diaria, donde pueden participar en las formas de cuidar el dinero, las intrigas del trabajo, etc. Ellos dicen que su corazón está allá, con la Revolución. La izquierda -sobre todo la izquierda europea- siempre necesitó este tipo de lugares: la Unión Soviética, China, Cuba.

15/01/2014 11:48 dorondon Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.


El capitalismo no da más de sí.

Cándido Marquesán Millán

El  artículo que he escrito en esta ocasión ha sido propiciado por un Informe de Oxfam Intermón, que refleja una insultante y vergonzosa desigualdad económica en el mundo actual. Nada más leerlo me he sentido muy mal, como supongo que también les habrá ocurrido a la gran mayoría, aunque no faltará algún cenutrio, auténticas cabezas cuadradas, sin ninguna huella de sensibilidad humana, que tal estado de cosas lo consideren normal, de acuerdo con el criterio neoliberal de que cada uno tiene lo que se merece. Como dice Boaventura de Sousa Santos en la Segunda Carta a las Izquierdas, los neoliberales pretenden desorganizar el Estado democrático a través de la inculcación en la opinión pública de la supuesta necesidad de varias transiciones. Una de estas transiciones: de la responsabilidad colectiva a la responsabilidad individual.

 

Según los neoliberales, las expectativas de la vida de los ciudadanos derivan de lo que ellos hacen por sí mismos y no de lo que la sociedad puede hacer por ellos. En la vida tiene éxito quien toma buenas decisiones o tiene suerte, y fracasa quien toma malas decisiones o tiene poca suerte.

Lo he dividido en tres partes. La primera, refleja los datos más llamativos del Informe con algún breve comentario personal. La segunda es una explicación de las causas de esta situación, para lo que recurro al gran maestro de historiadores, Josep Fontana y al gran filósofo Zizek. La tercera consiste en una reflexión personal sobre el futuro del sistema capitalista.

El Informe de Oxfam Intermón, titulado Gobernar para las élites. Secuestro democrático y desigualdad económica  indica que en la actualidad, el 1% de las familias más poderosas acapara el 46% de la riqueza del mundo; y en España, las 20 personas más ricas poseen una fortuna similar a los ingresos del 20% de su población más pobre. El título es ya muy expresivo y clarificador. Se gobierna para las élites en lugar de para el pueblo, o lo que es lo mismo, la democracia está secuestrada, y como corolario, desigualdad económica. Tampoco supone el Informe nada nuevo bajo el sol, ya que es una realidad clara en nuestra sociedad.

Especifica que en los últimos años las políticas van e la dirección de beneficiar a los que más tienen. Véase la desregulación y opacidad financieras, la proliferación de los paraísos fiscales -no sé por qué razón no los llamamos “cuevas de ladrones”- sin que tomen medidas los gobiernos para su eliminación; la reducción de impuestos a las rentas de capital más altas, y los recortes en inversión pública o en el gasto social para el rescate de los bancos. "Desde finales de 1970, los impuestos sobre las rentas más altas se han reducido en 29 de los 30 países de los cuales se dispone de datos, por lo que los ricos no sólo ganan más, sino que también pagan menos impuestos".

El director de Oxfam Intermón, José María Vera, afirma que España "no escapa a esta dinámica”. Como en caso de Europa, donde "las presiones de los mercados financieros ha impulsado drásticas medidas de austeridad que han golpeado a las clases baja y media, mientras los grandes inversores se han aprovechado de planes de rescate públicos”. En Estados Unidos, la desregulación financiera ha propiciado que se incremente el capital acumulado por el 1% más rico hasta el nivel más alto desde la Gran Depresión.  En la India, los multimillonarios se multiplicaron  por diez en la última década, "gracias a una estructura fiscal muy regresiva y los contactos con el gobierno". En África, las grandes transnacionales (en particular del sector extractivo) "han aprovechado su influencia para renegociar contratos con condiciones fiscales mucho más ventajosos, limitando la capacidad de estos gobiernos para luchar contra la pobreza",

El informe estima que 21 billones de dólares se escapan cada año al control del fisco a nivel mundial, llevados  a paraísos fiscales". Haciendo un inciso a este tema,  la opacidad de estos territorios sirve de tapadera para la especulación, la evasión fiscal y las redes criminales.  El libro Paraísos fiscales. Los agujeros negros de la economía globalizada, de José Luis Escario, da un listado de 60 paraísos fiscales, clasificándolos según el nivel de opacidad. Entre un 95-100% de opacidad, 46, de ellos europeos: Suiza, Portugal (Madeira), Gibraltar, Austria, Linchenstein, Luxemburgo, Andorra, Isla de Man, Malta; entre un 75-94%, Chipre, Hungría, Letonia, Mónaco, Bélgica e Irlanda; entre el 40-74%, Holanda y Reino Unido (Londres). Una información exhaustiva sobre estos sumideros putrefactos nos la proporciona también el libro Las cloacas de la economía de Roberto Velasco, que los vincula con la crisis económica y financiera del 2008.


Concluye el Informe, por ello, en la actualidad casi la mitad de la riqueza mundial está en manos del uno por ciento más rico de la población, (110 billones de dólares) y la otra mitad se reparte entre el 99% restante. En Europa, la fortuna de las 10 personas más ricas supera el coste total de las medidas de estímulo aplicadas en la UE entre 2008 y 2010 (217.000 millones de euros frente a 200.000 millones de euros). Los datos son apabullantes.

Aunque ya el mismo título del Informe Gobernar para las élites. Secuestro democrático y desigualdad económica, explica el porqué de esta desigualdad, que es un insulto a la inteligencia, a la racionalidad y a la ética, me parece oportuno recurrir al gran maestro de historiadores, Josep Fontana para explicitar las causas de lo que está ocurriendo, y que, por supuesto, las élites económicas, en connivencia con la clase política, ya que son simples mayordomos del gran capital, no solo no corregirán esta pandemia de desigualdad, es que la seguirán incrementando. Es sabido que las clases poderosas solo han hecho concesiones cuando han tenido miedo  alguna revolución. Ha sido siempre así en la historia. Bismarck fue el primero en poner los seguros sociales para evitar la revolución. Después de la II Guerra Mundial el Estado de bienestar instaurado en el mundo occidental se debió al miedo al socialismo real de la Europa oriental. Tras la caída del Muro de Berlín: ¿a quién tienen miedo las clases poderosas?

Fontana en su conferencia Mas allá de la crisis nos da su versión. Esta redistribución hacia arriba no es el resultado natural del funcionamiento del mercado, como se pretende que creamos, sino el de una acción deliberada. Su origen es netamente político. El primer programa que inspiró este movimiento lo expresó Lewis Powell en 1971 en un “Memorándum confidencial. Ataque al sistema americano de libre empresa”, escrito para la “United States Chamber of Commerce”. Powell advertía: “No se debe menospreciar la acción política. El mundo de los negocios debe aprender la lección que hace tiempo aprendieron los sindicatos y otros grupos de intereses. La lección de que el poder político es necesario; y que hay que usarlo agresivamente y con determinación”.

Este llamamiento a la lucha política tuvo efectos de inmediato en la actividad de las asociaciones empresariales y sobre todo de la “United States Chamber of Commerce”. Estas no solo hicieron grandes campañas de propaganda, sino que acentuaron su participación en las campañas electorales a través de Comités de Acción Política. Los cuantiosos recursos proporcionados por los empresarios explican  que la United States Chamber of Commerce invirtiese en las elecciones norteamericanas de 2010 más que los comités de los dos partidos, demócrata y republicano, juntos. No son sólo donativos para las campañas, sino también pagos por sus servicios a los políticos, como el asegurarles una compensación cuando dejan la política. El conocido efecto llamado “puertas giratorias” Y, sobre todo, de la actuación constante de los llamados “lobbyists”, que atienden las peticiones de los políticos. En 2011 las empresas se gastaron 3.270 millones de dólares en atender a los congresistas y a los altos funcionarios federales. Las 30 mayores compañías gastaron entre 2008 y 2010 más en esto que en pagar impuestos.

Evidentemente el mundo empresarial no son ONGs, si invierten unas cantidades de dinero es para sacar y multiplicar los beneficios. ¡Vaya que sí los han conseguido! Continuando con Fontana. En julio del 2011, Michael Cembalest, jefe de inversiones de JPMorgan Chase, escribía, en una carta dirigida tan sólo a sus clientes, que se conoció porque la descubrió un periodista, que “los márgenes de beneficio han conseguido niveles que no se habían visto desde hace décadas”, y que “las reducciones de salarios y prestaciones explican la mayor parte de esta mejora”. Otro beneficio ha sido la disminución de sus contribuciones al estado. El peso político creciente de las empresas ha conducido a la situación paradójica de que éstas escapen a la fiscalidad por la doble vía de negociar recortes de impuestos y exenciones particulares, y de tener libertad para aflorar los beneficios en paraísos fiscales, donde apenas pagan impuestos. Hay un tercer aspecto de estos beneficios que es la desregulación de las leyes que controlan algunos aspectos de la actividad empresarial.

Todo lo expuesto, las grandes desigualdades, así como los procedimientos utilizados para generarlas,  paradigma de auténticos tramposos,  son un insulto a la inteligencia, a la racionalidad y a la ética. Y por supuesto es todo un ejemplo de deshumanización. Que haya gente con fortunas con cientos de millones de dólares y  a la vez podemos observar cada vez más  por calles y plazas de nuestras ciudades a muchas personas pidiendo y con el único refugio de un cajero para pasar la noche, parece algo intolerable.  Mas tampoco debe producirnos extrañeza esta situación, ya que es una consecuencia lógica del funcionamiento del sistema capitalista. Zizek  acierta de pleno cuando afirma que Bill Gates, o Slim, no es un genio; es tan solo un oportunista que supo aprovechar el momento y, en su caso, el resultado del sistema capitalista fue demoledor. La pregunta pertinente que deberíamos hacernos no es cómo lo consiguió Bill Gates sino como está estructurado el sistema capitalista, qué es lo que no funciona en él para que un solo individuo pueda adquirir tanto dinero, y, en consecuencia, tanto poder.

La historiografía ha afirmado que para corregir y sanear sus contradicciones el sistema capitalista provoca con una periodicidad de unos 50 años una conflagración mundial. Así ha sido en el siglo XX. A la gran guerra a inicios del siglo XX, siguió otra en su zona intermedia y la cadencia temporal era previsible la siguiente en torno al siglo XXI. Cada una fue más destructiva en pérdidas humanas y materiales que la anterior, aunque también supusieron avances espectaculares de I+D. En cada ocasión el sistema aumentó su eficacia, incrementó su poder y beneficios, y se reafirmó en su convicción de su dominio. Esta visión ahora puede ser errónea. Puede que el capitalismo salte hecho pedazos, no porque sea sustituido por el sistema comunista por el triunfo de la lucha obrera, sino por la locura de la clase capitalista misma, que irremediablemente explotadora, llegaría en su máximo delirio, a la autoexplotación brutal, plasmada en que la riqueza mundial está dividida en dos: casi la mitad está en manos del 1% más rico de la población, y la otra mitad se reparte entre el 99% restante. Así se cumplirían las predicciones de Marx: "El capitalismo lleva en si el germen de su propia destrucción por su insaciable sed de plusvalía y de ganancia.

22/01/2014 13:59 dorondon Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

“La izquierda no tiene ni puta idea del mundo en que vive”

Cándido Marquesán Millán

He tenido la gran suerte de que cayera en mis manos un extraordinario artículo titulado Repensar el neoliberalismo, de Christian Laval. Lo he leído en repetidas ocasiones, ya que es denso y lleno de calado ideológico. Me ha servido para conocer mejor y reflexionar sobre los procedimientos usados por determinados ideólogos para sembrar la semilla del neoliberalismo, cuyo dominio actual es apabullante y que explica esta auténtico infierno en el que estamos sumidos.  De momento, la izquierda retirada en los cuarteles de invierno, dando la razón a las palabras ya en el 2008 del gran Saramago: “La izquierda no tiene ni puta idea del mundo en que vive”. A mi intención, deliberadamente provocadora, la izquierda respondió con el más gélido de los silencios. Ningún partido comunista.

 

Tampoco ninguno de los partidos socialistas consideró necesario exigir una aclaración al atrevido escritor que había osado lanzar una piedra al putrefacto charco de la indiferencia. Nada de nada, silencio total, como si en los túmulos ideológicos donde se refugian no hubiese nada más que polvo y telarañas, como mucho un hueso arcaico que ya ni para reliquia serviría…”

De todo el contenido del artículo de Laval he tratado de reflejar lo fundamental, con algunas acotaciones y reflexiones personales.

Si queremos enfrentarnos desde la izquierda con unas políticas alternativas contundentes y claras a las vigentes del neoliberalismo,  es urgente comprender los mecanismos  por los cuales las ideas y políticas de este han llegado a ser preponderantes. Nadie se atreve a cuestionar el actual estado que nos está llevando a un auténtico genocidio social, aunque desde poderosos medios nos quieren convencer de que todo va bien. Nos dicen que es un día pleno de sol, cuando estamos inmersos en una noche tenebrosa.  Quien tiene la osadía de discrepar es acusado de irracional y de estar desconectado de la realidad.

Mas todavía hay margen de actuación para adoptar otro rumbo, aunque para ello se necesitan nuevas armas teóricas para luchar contra la fuerza de las constataciones y de los poderes que las encarnan. Es claro que la situación social, económica y política de la actualidad es producto de la imposición de  una determinada hegemonía. Cualquier ciudadano mediante consciente, ocupado y preocupado por la cosa pública, sabe que este auténtico holocausto social, en el que estamos inmersos, es producto de que la grandes grupos financieros, empresariales y mediáticos han alcanzado una hegemonía, lo que supone la implantación de sus planteamientos ideológicos.

Pero esta hegemonía es cuestionable, a través de unos poderes contra hegemónicos, que deberían estar en las fuerzas de la izquierda, tanto en el ámbito político, social, económico o sindical. Frente a esta imposición del austericidio, hay otras opciones. Vaya que si las hay. Se podría renegociar la deuda, o, incluso, negarse a pagar la deuda que fuera odiosa. O la reducción de la deuda pública, en lugar de por la vía del gasto social, hacerlo por la vía del incremento de los ingresos, con una reforma fiscal progresiva, o la persecución del fraude fiscal.  Esas otras alternativas hoy nos las muestran como irracionales y antinaturales. Esa ha sido su gran victoria neoliberal. La victoria además de costosa, estuvo muy bien programada. Todo empezó así.

Lo que para los observadores contemporáneos aparece como una batalla de intereses contrapuestos, que es zanjada por el voto de las masas, ha sido generalmente decidido mucho tiempo antes con una batalla de las ideas en un círculo restringido. En una entrevista en el diario “Le Figaro”, Sarkozy afirmó que: “en el fondo, he hecho mío el análisis de Gramsci: el poder se gana por las ideas”. Consciente de esta circunstancia la derecha ha sabido jugar sus cartas en esta batalla, y desde hace varias décadas tiene estratégicamente la hegemonía ideológica, y también la hegemonía política.

Mas no ha sido siempre así. Al final de la II Guerra Mundial, estaba vigente la doctrina de Keynes y se iniciaban en Europa occidental políticas dirigidas a la implantación del Estado de bienestar. Por ello, en abril de 1947 se reunió en el “Hotel du Parc”, en Mont-Pèlerin, en Suiza, un grupo de 39 personas entre ellas: Friedman, Lippman, Salvador de Madariaga, Von Mises, Popper.. con el objetivo de desarrollar fundamentos teóricos y programáticos del neoliberalismo, promocionar las ideas neoliberales, combatir el intervencionismo económico gubernamental, el keynesianismo y el Estado de bienestar, y lograr una reacción favorable a un capitalismo libre de trabas sociales y políticas.

Este combate de los neoliberales duro y contracorriente finalmente alcanzaría su éxito en la segunda mitad de los años 70, después de la crisis de 1973, que cuestionó todo el modelo económico de la posguerra. Su victoria fue producto de muchos años de lucha intelectual. Suele atribuirse al reaganismo, al thatcherismo y a la caída del Muro, pero la historia es más larga. Su triunfo se vio facilitado por la autocomplacencia de una izquierda autosatisfecha. Como dice Susan George “Si hay tres tipos de gente, los que hacen que las cosas sucedan, los que esperan que las cosas sucedan, y los que nunca se enteran de lo que sucede; los neoliberales pertenecen a la primera categoría y la mayoría de los progresistas a las dos restantes”. Estos son los hechos.

Es paradójico que los análisis que aportaron una profunda renovación al estudio del neoliberalismo fueron realizados, en gran parte, hace treinta años por Michel Foucault, sin que los movimientos sociales ni los intelectuales ligados a ellos hayan agotado sus enseñanzas. Algunos libros, como de Keith Dixon o Serge Halimi explican la manera en que los neoliberales tras la II Guerra Mundial divulgaron sus ideas en los medios de comunicación, en las universidades y fueron capaces de influir en líderes de la derecha. Nos dan luz sobre el trabajo eficaz de los think tanks y cómo el mundo político e intelectual anglo-norteamericano se ha visto progresivamente inmerso en la gran oleada neoliberal. Para  explicar la especificidad del neoliberalismo francés apareció en 2007  el libro de François Denord,  aunque faltan trabajos para explicar el neoliberalismo como ocurre en España. No obstante, recientemente ha aparecido el libro de Anton Losada bajo el sugerente título de Piratas de lo público.

Uno de los referentes para entender el neoliberalismo fue Michel Foucault, en la recopilación de sus cursos del año 1978-1979, que dio lugar a la obra titulada Nacimiento de la biopolítica.. Este curso marca el inicio, en numerosos países, de una corriente investigadora centrada en la «gubernamentalidad», concepto que Foucault consideraba esencial para comprender las nuevas formas de gobernación. El neoliberalismo aporta ante todo una reflexión sobre las técnicas de gobernación a emplear cuando el sujeto de referencia se constituye a la manera de un ente maximizador de su utilidad.

El proyecto político neoliberal desborda con creces el mero marco de la política económica, la cual no se reduce a la reactivación del viejo liberalismo económico, y todavía menos al repliegue del Estado o a una disminución de su intervencionismo. En todo caso, está guiado más bien por una lógica normativa que afecta a todos los terrenos de la acción pública y a todos los aspectos de los ámbitos social e individual. Basado en una antropología global del sujeto económico, pone en funcionamiento resortes sociales y subjetivos propios, como la competitividad, la «responsabilidad » o el espíritu de empresa, y aspira a crear un nuevo sujeto, el sujeto neoliberal. Se trata, en definitiva, de crear cierto tipo de hombre apto para dejarse gobernar por su propio interés. Por tanto, el propósito del poder no aparece determinado de principio, sino que se va realizando mediante los dispositivos que el gobierno crea, mantiene e impulsa.

A partir del análisis foucaltiano, la politóloga norteamericana Wendy Brown lleva a cabo un corrosivo diagnóstico de la crisis democrática en los países occidentales o, con mayor exactitud, del proceso de desdemocratización iniciado en estos países, comenzando por Estados. Unidos. En su ensayo «El liberalismo y el fin de la democracia»,  recuerda que las políticas neoliberales «activas» apuntan a la gobernación de un sujeto «calculador», «responsable » y «emprendedor en la vida», capaz de aplicar una racionalidad económica universal a cualquier terreno vital y a cualquier esfera: salud, educación, justicia, política. Todo tiene un precio.

Brown se propone demostrar que este proyecto político viene a sustituir la normativa política y moral hasta entonces vigente en «las democracias liberales», practicando una considerable labor de destrucción de las formas normativas precedentes. Un proyecto que certifica la eliminación del sujeto democrático que fuera referente idóneo de la democracia liberal. De este modo, poco a poco va desapareciendo la figura del ciudadano que, junto a otros ciudadanos iguales en derechos, expresaba cierta voluntad común, determinaba con su voto las decisiones colectivas y definía lo que había de ser el bien público, para verse reemplazado por el sujeto individual, calculador, consumidor y emprendedor, que persigue finalidades exclusivamente privadas en un marco general de reglas que organizan la competencia entre todos los individuos. Los criterios de eficacia y de rentabilidad y las técnicas de evaluación se extienden a todos los terrenos a manera de evidencias indiscutibles.

El sujeto moral y político se reduce a mero calculador obligado a elegir en función de sus intereses propios. A juicio de Brown, las consecuencias de este cambio son nefastas. Afectan a las libertades individuales y colectivas que las democracias liberales garantizaban. La gubernamentabilidad neoliberal mina la autonomía relativa de ciertas instituciones, justicia, sistema electoral, policía, esfera pública, entre sí, tanto como su autonomía  en relación al mercado. El proceso de desdemocratización neoliberal va más allá del deseo de Hayek de prohibir las políticas sociales  y redistributivas. Este, pese a su cruzada antisocialista, no pudo prever que potenciar los fines privados en detrimento de cualquier objetivo común iba a cuestionar la democracia misma.

Desde esa perspectiva, el neoliberalismo tiene que ser muy preocupante para los viejos liberales preocupados por las libertades civiles y políticas. Este deterioro de la democracia liberal condiciona también a la izquierda política. Así, la crítica social y política se resiente y se desestabiliza, pues debe olvidarse no solo del socialismo, sino también de las formas políticas del viejo liberalismo. En cuanto esta crítica deja de someterse con resignación a la nueva racionalidad, pasa a encabezar la defensa de las antiguas instituciones democráticas liberales ( de las libertades individuales y políticas, del laicismo), cuyo carácter incompleto, desigual había criticado hasta hace poco. Así a la izquierda le sería necesario formular un contraproyecto basado en otra racionalidad moral y política, y por lo tanto en otra concepción de lo humano, de lo que hasta ahora se ha mostrado incapaz. 

Para construir esta crítica desde la izquierda es imprescindible analizar las relaciones entre neoliberalismo y neoconservadurismo. Ambas racionalidades según Brown deben verse de forma conjunta. Si algo caracteriza a la derecha es su gran capacidad de adaptación, de desdoblarse, pertrechada de grandes dosis de cinismo. Por ello no tiene problema alguno de compaginar el neoliberalismo con el neoconservadurismo, aun siendo planteamientos no fáciles de ir juntos. La Nueva Derecha inglesa, desde su irrupción con Margaret Thatcher contiene en su seno las dos tendencias: la neoliberal y la neoconservadora.

Esta segunda se enfrenta a los problemas apelando a la tradición, la jerarquía y la moralidad que determinadas instituciones como el Estado, la familia y la iglesia aportan a la sociedad para restaurar o conservar los viejos valores. Si nos fijamos en el ámbito educativo, el neoliberalismo apuesta por la libertad de elección de centro, el cheque escolar y la privatización de la educación, adelgazando el papel del Estado. En cambio, la neoconservadurismo considera que la educación es muy importante para dejarla en manos del mercado, reclamando, por ende, un Estado fuerte capaz de restaurar e imponer los viejos valores. En base a lo expuesto en el thatcherismo se enfrentaron ambas tendencias y generaron fuertes tensiones, aunque su acierto consistió en diluir esas no pequeñas diferencias, promoviendo compromisos internos.

Como réplica a la destrucción del sujeto moral y político en la lógica empresarial y consumista, el neoconservadurismo serviría como una nueva forma política para recuperar la moral y la autoridad según presupuestos normativos de antaño, para dar ciertas dosis de seguridad a la sociedad, sobre todo a las clases populares cada vez más desprotegidas como consecuencia del desmontaje del Estado de bienestar. La derecha con gran habilidad llevaría a la vez una política beneficiosa para los ricos, como es obvio, pero consoladora para los pobres, recurriendo al patriotismo y a la autoridad para combatir la delincuencia y la marginalidad.

Mas para Brown, las cosas no resultan fáciles de encajar. Pone de manifiesto la heterogeneidad del neoliberalismo y mucho más del neoconservadurismo, como la incompatibilidad de ambas tendencias. Algunos moralistas conservadores se escandalizan ante la vorágine del consumismo insolidario y la ruptura de los vínculos sociales, consecuencias gravísimas e irrefrenables del capitalismo más voraz. Las visiones del mundo entre ambas tendencias tampoco sintonizan, divididas entre la defensa de lo nacional frente al orden planetario.
Pero también tienen concordancias, que predominan sobre las divergencias.

La moral, teñida a conveniencia, de valores religiosos, tradicionales y nacionales, puede ser utilizada para manipular a los ciudadanos. La guerra puede servir como dispositivo de asimilación y movilización en una sociedad escindida. Siguiendo el análisis de Foucault, puede observarse y comprenderse el espacio común entre neoliberalismo y neoconservadurismo en su referencia común al “individuo que debe responsabilizarse de sí mismo”, por lo que las expectativas de la vida de los ciudadanos derivan de lo que ellos hagan por sí mismos y no de lo que la sociedad puede hacer por ellos.

Como consecuencia de tal responsabilización conductual, de tal privatización de los problemas sociales,  y sirviéndose arteramente de la difícil situación económica y en buena parte causada por ellos, los dirigentes se han lanzado con un voracidad a desmontar los sistemas públicos de pensiones, educación y sanidad, adoptando el modelo del individuo como empresario de sí mismo, por un lado, y el de buen padre de familia trabajador, y previsor, por otro.   De ahí otro daño colateral del neoliberalismo, como es la despolitización de la ciudadanía, para así poder cometer sus tropelías. Ha calado la idea de que es decente quien no se mete en política, ya que va a lo suyo. Y ya es la culminación de la virtud si solo vive para su familia: de casa al trabajo y del trabajo a casa. De la política como algo abyecto hay que huir despavoridos. Lo único valioso es la vida privada, la familiar y laboral. De ahí que muchos alardean yo no soy político.

Para Brown se produce una articulación problemática entre neoliberalismo y neoconservadurismo. El nuevo sujeto neoliberal se siente liberado de los valores y las prácticas de la democracia liberal y al renunciar a su ciudadanía acepta mejor sus obligaciones. La actual  desdemocratización que promueven los políticos de la derecha, fue anunciada por el neoliberalismo impulsado tanto por la derecha como por la izquierda hace ya tres décadas.

El final de su ensayo Brown, se pregunta qué tipo de política de izquierdas y qué forma de renovación democrática podría oponerse a este proceso de descomposición pleno de las formas morales y políticas, para poder escapar de esta pesadilla: “¿Seguimos siendo realmente demócratas, seguimos creyendo todavía en el poder del pueblo y lo deseamos de verdad? Debemos salir de esta pesadilla, que es nuestra, y de la que debemos despertar.

28/01/2014 12:13 dorondon Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.


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