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ALGUNAS FIGURAS SUBJETIVAS DE LA CRISIS: El ENDEUDADO, EL MEDIATIZADO, EL SEGURITIZADO Y EL REPRESENTADO.

 

Cándido Marquesán

Un libro que acaba de caer en mis manos y que he leído con gran interés ha sido Declaración de Michael Hardt y  Antonio Negri. Ya conocidos ambos por haber escrito a cuatro manos y publicado tres libros que han revolucionado los estudios sociológicos: Imperio. Multitud: guerra y democracia en la era del imperio.  Y Commonwealth: el proyecto de una revolución de lo común. Retornando a Declaración, los autores indican que no es un manifiesto, ya que estos ofrecen un atisbo de un mundo por venir y engendran un sujeto que, aunque sea solo un espectro, tiene que materializarse para convertirse en el agente de cambio.

 

Los manifiestos funcionan como los antiguos profetas, que mediante su poder visionario creaban su propio pueblo. Los movimientos sociales de hoy han invertido ese orden, haciendo que los manifiestos y los profetas se vuelvan obsoletos. Los agentes de cambio ya han salido a las calles y han ocupado las plazas, amenazando y derrocando a gobiernos, y mostrando visiones de un nuevo mundo. Lo más importante es que las multitudes con sus prácticas y sus deseos, han declarado un nuevo conjunto de verdades y principios. El problema fundamental es cómo la multitud se convertirá en sujeto político.

En el capítulo I nos muestran que el triunfo incuestionable del neoliberalismo y su crisis han fabricado nuevas figuras de subjetividad: el endeudado, el mediatizado, el seguritizado  y el representado. Sobre estas figuras deben actuar los movimientos de resistencia y rebelión, ya que estos, según los autores, tienen la capacidad no solo de rechazar estas subjetividades, sino también darles la vuelta y crear figuras nuevas capaces de expresar su independencia y sus potencialidades de acción política.

Voy a referirme con más detalles a cada una de estas figuras de subjetividad. En cuanto al endeudado: estar en deuda se está convirtiendo hoy en la condición general para la vida social. No podemos vivir sin contraer deudas: crédito para estudiar, para el coche, para las vacaciones, hipoteca para el piso… Los préstamos se convierten en los instrumentos para satisfacer nuestras necesidades sociales. Sobrevivimos endeudándonos y vivimos bajo el peso de pagar nuestras deudas. La deuda nos controla, disciplina nuestro consumo, nos impone la austeridad y llega incluso a dictar nuestros ritmos de trabajo y nuestras elecciones.

Si tenemos una hipoteca debemos procurar no perder el puesto de trabajo y aceptarlo en cualquier condición. La deuda nos hace responsables y culpables por haberla contraído. Y además se produce una sorprendente paradoja, que aunque estemos endeudados, el sistema capitalista nos anima a consumir sin parar- la máquina tiene que seguir funcionando-, por ello no tiene inconveniente en hacernos nuevos préstamos, con lo que estamos cada vez más encadenados a la deuda. En definitiva, la deuda es una fuente de sumisión para una gran mayoría de la población. Hoy la creciente generalización de la deuda marca una vuelta a las relaciones de servidumbre que recuerdan otros tiempos.

Ni que decir tiene que es otra dinámica que tiene el capital para explotar y dominar a la gran mayoría de la población, incluso a los mismos Estados. La cuestión de la deuda pública, buena parte de origen privado, que está provocando tantos recortes sociales, además de aumentos de impuestos con los consiguientes sufrimientos a la gran mayoría, merecería un capítulo aparte. En la figura del endeudado, aquí comentada, solo me he fijado en la deuda que asumimos y pagamos a nivel individual.

El control sobre las redes de información y comunicación ha producido al sujeto mediatizado, que tiene muy a su pesar la atención constantemente absorbida. En otras épocas, teníamos la impresión de que los medios de comunicación nos ocultaban información de la acción política. También es cierto que hoy los gobiernos represivos limitan el acceso a páginas Web, cierran blogs y perfiles de Facebok, y persiguen a periodistas. Sin embargo, los sujetos mediatizados sufrimos el problema contrario, estamos saturados por un exceso de información, comunicación y expresión.  Deleuze explica, “El problema no radica en hacer que las personas se expresen, “sino en procurarles espacios de soledad y de silencio a partir de los cuales tendrán finalmente algo que decir”.

Las fuerzas represivas no impiden que nos expresemos, por el contrario, nos fuerzan a hacerlo. Tenemos derecho a no tener nada que decir, puesto que esa es la condición para que formemos algo raro o enrarecido que merezca un poco ser dicho. Es posible que en nuestra comunicación y expresión voluntarias, en nuestras entradas al blog y navegación en la Web, y en las redes sociales estemos colaborando con las fuerzas represivas en lugar de oponernos a ellas. En lugar de tanta información y tanta comunicación, lo que necesitamos a menudo es el silencio necesario para pensar. No es una contradicción. El objetivo no es el silencio, sino tener algo que merezca la pena decir. No es la cantidad de información, comunicación y expresión, sino la calidad. También los trabajadores estamos mediatizados por los nuevos instrumentos de comunicación, nunca descansamos, ya que con nuestro móvil u ordenador no dejamos de trabajar para nuestra empresa, vayamos donde vayamos y a todas las horas. De aquí que la división entre trabajo y vida es cada vez más borrosa.

El régimen de seguridad (Foucault) y el estado de excepción generalizado han construido una figura presa del miedo y ansiosa de protección, el seguritizado (vocablo que no existe en castellano, aunque es muy claro su significado). Nos da miedo  pensar en toda la información que es constantemente producida acerca de uno mismo. Sabemos, desde luego, que en determinados lugares y situaciones la vigilancia aumenta. Si pasamos por los controles de seguridad de un aeropuerto, nuestros cuerpos y nuestras maletas serán escaneados.

Si nos quedamos sin trabajo y nos sumamos al régimen del workfare, inspectores controlarán nuestros esfuerzos, nuestras intenciones y nuestro progreso. El hospital, la oficina pública, la escuela, hacienda: todos tienen sus propios regímenes de inspección y sus sistemas de almacenamiento de datos. En  la calle nos graban cámaras de seguridad, nuestras compras con tarjeta de crédito y nuestras búsquedas en Internet y llamadas telefónicas son controladas. Las tecnologías de seguridad han progresado extraordinariamente para espiarnos cada vez más. El miedo es el motivo por el que aceptamos no solo nuestro doble papel, observador y observado, en el régimen de vigilancia, sino también el hecho de que tantas otras personas lleguen a estar privadas de su libertad.  Vivimos con el miedo de una combinación de castigos y amenazas externas.

El miedo a los poderes dominantes y a su policía es un factor determinante, pero más importante y eficaz es el miedo a los otros y a las amenazas desconocidas, un miedo social generalizado. (…) Y en muchos casos uno de los mayores miedos es el de estar sin trabajo y por lo tanto no ser capaz de sobrevivir. Uno tiene que ser un buen trabajador, fiel a su empleador y no hacer huelga, o de lo contrario se encontrará sin trabajo e incapaz de pagar sus deudas. En ciertos aspectos quienes están encarcelados tiene menos que temer, además de estar menos vigilados que los que andamos por la calle.

Y la corrupción de la democracia ha forjado una figura extraña y despolitizada, el representado.  Nos dicen  que estamos inmersos en una larga trayectoria histórica que nos lleva de la tiranía a la democracia a través de la puesta en marcha del sufragio universal. Nos dicen que el mercado capitalista global siempre extiende el modelo de la  representación parlamentaria, como instrumento de inclusión política de las poblaciones. Y, sin embargo, muchos de los movimientos sociales se niegan a ser representados y dirigen sus críticas fortísimas contra el gobierno representativo. ¿Cómo podemos despreciar tal regalo que nos lo ha traído la modernidad? ¿Queremos volver a la tiranía? En absoluto. Para comprender sus críticas hay que reconocer que, en realidad, la actual representación no es un vehículo de la democracia, sino un obstáculo para su realización.

En primer lugar, los costos financieros impiden formar asociaciones políticas que puedan presentarse en campañas electorales. ¿Qué verdades pueden ser construidas políticamente si uno no controla los poderosos medios de comunicación? Los lobbies y los grandes grupos empresariales-financieros son los que llevan a determinados personajes a los gobiernos. Los poderosos medios de información solo dan cabida a las opciones políticas dominantes y bloquean las opciones independientes y críticas, imposibilitando cualquier forma emergente de participación política. Es cierto que votamos de una forma periódica.

Pero todo ciudadano preocupado por la polis es plenamente consciente de que no se puede validar una democracia que sea simplemente un apego, aburrido a instituciones fósiles con las que se cumplen rituales cada tres, cada cuatro o cada cinco años, para elegir a los que vendrán a decidir de mala manera sobre nuestros destinos, y que por supuesto, no nos representan. Al respecto me remito a una anécdota del filósofo Zizek en una conferencia impartida en Bolivia, bajo el título “La situación es catastrófica pero no es seria”.

“Si me permiten, quiero también contarles un viejo chiste -quizás alguno de ustedes ya lo conoce-, pero es un chiste que refleja y resume perfectamente cómo funciona la ideología, cómo opera en el Occidente desarrollado. Es una historia sobre Niels Böhr, uno de los mayores exponentes de la física cuántica. Él tenía una casa en el campo, a la que un amigo fue de visita. El amigo vio que en la entrada de la casa estaba colocada una herradura (no se cómo funciona acá pero en Europa éste es un tipo de objeto que, según las supersticiones, previene el ingreso de espíritus malignos a la casa). El amigo dijo: “Si tú eres un científico, sabes que esto no es cierto”. Böhr contesta: “Por supuesto, no soy un idiota. Sé perfectamente que esto no es importante. El amigo le pregunta: “Entonces, ¿por qué tienes la herradura ahí?”. Y Böhr responde: “Porque la herradura funciona incluso si no crees en ella”.

El mensaje de todo esto es bastante triste, tiene relación con la democracia: nadie cree en ella y sin embargo todos participamos en ella como si creyéramos

11/08/2014 15:30 dorondon Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

La traición de los economistas

Cándido Marquesán

Existe un colectivo de “profesionales”, que tiene una gran parte de responsabilidad de la crisis económica actual, a la que no se vislumbra salida alguna medianamente positiva para la gran mayoría de la sociedad. Me estoy refiriendo a los economistas. Entro directo. Si no supieron preverla es que son unos inútiles. Y si lo sabían y callaron, son unos canallas. A cual de ellas más vergonzosa. No obstante, me inclino personalmente por la segunda opción. Un ejemplo apabullante, ¿el gran Rodrigo Rato  al frente del FMI con 1.200 economistas a sus órdenes, ninguno supo prever el diluvio que se avecinaba? ¡Anda ya!

 

Lo que parece claro es que la mayoría de los economistas miraron hacia otro lado, por lo que son ampliamente recompensados, en unos momentos que el sector financiero acumulaba grandes beneficios. ¿Quién se atreve en una fiesta a apagar la música y llevarse el carrito de las bebidas?” Ni que decir tiene que siguen defendiendo las prácticas económicas neoliberales ya fracasadas, aun sabiendo que vamos hacia una auténtica catástrofe. Los economistas han perdido toda capacidad de imaginar el futuro, y solo saben insistir en los viejos dogmas ya fracasados: respetar los criterios de Maastricht, pagar las deudas y salvar a los bancos aunque sea a costa del sacrificio de la mayoría de los europeos. De ahí, que son unos canallas.

Un hecho ocurrido en noviembre de 2011 demuestra fehacientemente lo expuesto. Un  grupo de estudiantes de economía de la Universidad  de Harvard decidió retirarse en bloque de la cátedra de Introducción a la Economía, en protesta por el contenido y el enfoque sesgado desde el que se estaba impartiendo esta materia.  Los universitarios en una carta dirigida  al profesor y economista Gregory Mankiw,  antiguo asesor del Presidente George W. Bush,  justificaron el abandono de la clase por su parcialidad, al considerar que un estudio académico de esta disciplina debe mostrar las pros y los contras de las diferentes teorías económicas, las fuentes primarias y los artículos de revistas académicas, y al no ser así, no pueden acceder a aproximaciones económicas alternativas.

Les pareció injustificable que se presenten las teorías económicas de Adam Smith como más importantes que, por ejemplo, la teoría keynesiana. Fueron conscientes- como futuros graduados de Harvard que van a desempeñar un papel importante en las instituciones financieras y en la configuración de las políticas públicas mundiales- que si falla su Universidad a la hora de dotar a sus estudiantes con una comprensión amplia y crítica de la economía, sus acciones serán susceptibles de perjudicar el sistema financiero mundial, como ha ocurrido, en los últimos cinco años de crisis económica. Un reportaje de David Fernández nos proporciona datos demoledores de estas prácticas nefastas.

Hubbard, uno de los protagonistas de Inside Job,  decano de Columbia  exjefe del consejo económico en la Administración de George W. Bush, cobró 100.000 dólares por testificar a favor de los gestores de los fondos de Bearn Stearn, acusados de fraude; realizó un informe para Goldman Sachs alabando los productos derivados y la cadena de titulización hipotecarias. Martín Feldstein, profesor de Economía en Harvard y asesor de Ronald Reagan, participó en el diseño de la desregulación financiera y fue consejero de AIG. Larry Summers, otro impulsor de la desregulación en el mercado de derivados, presidente de Harvard, ha ganado millones de dólares asesorando a hedge funds (fondos muy especulativos).

Según Ángel Cabrera, un español que dirige una escuela de negocios en EE UU, la prestigiosa Thunderbird (Arizona) "Toda la teoría de la eficiencia de los mercados pasó a ser religión, se llegó a la conclusión universal de que cualquier intervención era mala. Los centros han estado dando forma al sistema de valores de Wall Street, creando una "plataforma de legitimidad" para determinadas conductas”.

Antonio Baños Boncompaín ha escrito  un sugerente libro Posteconomía. Hacia un capitalismo feudal. En cuanto al vocablo posteconomía, nos dice que la economía, como ciencia social, es incapaz de explicar la realidad que se le había asignado. Mucho Premio Nobel de esta disciplina no da una a derechas en sus previsiones. La “ciencia económica” debería tener la obligación de parecer científica, pero no tiene nada de ello. Un “economista” nos dice que mañana saldremos de la madre de todas las crisis, otro que la crisis aún no ha llegado y un tercero que ya no estamos en crisis. La economía ha dejado ser ciencia para convertirse en una religión con sus dogmas, rituales, sacerdotes, ritos, iglesias, etc.

La cuestión económica debemos dejarla en manos de expertos economistas, al estar muy lejos del entendimiento del hombre corriente, de lo que se encarga el lenguaje cada vez más arcano de la disciplina. La liturgia debe celebrarse en una lengua oscura, solo accesible a los iniciados. Para el resto, basta con la fe. Es el momento de la posteconomía, cuando la economía ya no es ciencia y se convierte sólo en una doctrina, cuando los economistas y su brazo armado (financieros y políticos) dictan sus instrucciones sin tomarse la molestia de justificarlas racionalmente.  En cuanto Hacia el capitalismo feudal, defiende la tesis de que nos estamos dirigiendo inexorablemente hacia una nueva Edad Media, época del feudalismo, en la que la sociedad estaba dividida en tres estamentos: los bellatores (los que luchan, dominan y protegen), los oratores (los que rezan, transmiten el saber y aleccionan a la sociedad), y los laboratores (que se encargan del trabajo, de la producción, del sustento de todos).

Hoy, los bellatores son  ese 1% que detenta gran parte de la riqueza del mundo, el que manda, al que están subordinados los Estados; son las élites  sobre todo financieras, que se reúnen en Davos o forman parte del club Bilderberg. Los políticos son sus mayordomos, que se limitan a ejecutar sus órdenes, por lo que son recompensados. Los oratores son los nuevos predicadores que han sabido construir un discurso para que la gran mayoría digiera la crisis. Usan una neolengua para paralizar toda crítica y toda contestación. La academia, antes se llamaba intelectualidad, tiene un nuevo papel en esta cosmovisión neofeudal -o si se quiere, neodeudal, la deuda es el mecanismo de dominio de la élite sobre la gran mayoría-: el respaldo obligado y leal de los bellatores, de los caballeros del dinero. En los nuevos cenobios se cocinan los textos que conformarán el catecismo posteconómico: son los think tanks. En ellos, se elabora una doctrina fina y destilada para alcanzar un pensamiento ortodoxo.

En la Edad Media los bellatores fundaban monasterios para que los monjes además de rezar por ellos, justificasen el statu quo, con el “Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el reino de Dios”. La gran obsesión de los oratores hoy es ingresar en un think tank. Ensalza, traga y disfrutarás de canonjías en congresos, conferencias, hoteles y canapés. Al intelectual crítico, calificado de iluso y desconectado de la realidad, se le cierran estas puertas.

En su libro La estrategia del malestar. El capitalismo, desde la caída del Muro hasta la crisis financiera José María Ridao  cita el libro Los Perros guardianes del filósofo francés Paul Nizan, publicado en 1932. Nizan reprochó a los filósofos de su tiempo, por lo que había que colocarlos contra la pared, el que de tanto preocuparse por elucubraciones estrictamente filosóficas, se olvidaron de los problemas auténticos de los hombres: la guerra, el paro, la política, la explotación obrera, el colonialismo… Y esa despreocupación estaba propiciando el que millones de jóvenes europeos gracias a la propaganda eran arrojados a las garras de políticos iluminados.

La cita al libro de Nizan está motivada porque la acusación hecha por este a los filósofos en los años 30,  Ridao la extiende a muchos economistas actuales, por lo que también habría que ponerlos contra la pared, al haber traicionado la ciencia, de la que se autoproclaman ser expertos. Ridao termina el libro con estas contundentes palabras: “Son clérigos que celosos de los juicios de análisis destilados de su ciencia, se desentendieron de los crueles efectos de aplicarlos sobre los europeos, a quienes arrojaron sin que les temblase el pulso, soberbios en el baluarte inexpugnable de especulaciones teóricas y de estrategias para las que el sufrimiento humano había dejado de contar, al paro, la miseria, el miedo y la desesperanza”.

Acabo con las reflexiones de un economista, pero de los de verdad, que deberían tener en cuenta los oratores, esos perros guardianes, ya que nombrarlos economistas es un insulto a la economía. Keynes creyó siempre en las ideas, convencido de que se paga un alto precio por las falsas y que las adecuadas son las que ayudan a resolver los dos problemas acuciantes de su tiempo (y del nuestro), la pobreza y el paro. A fin de cuentas, la calidad de una teoría se plasma en la capacidad que tenga de dar alguna luz a los temas que importan de verdad, que inciden en el margen de libertad y nivel de vida que disfrutemos.

27/08/2014 10:01 dorondon Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.


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