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Se muestran los artículos pertenecientes a Octubre de 2008.

¿Crisis del neoliberalismo?

 

 

Todos los acontecimientos relacionados con la crisis financiera de los Estados Unidos me generan un profundo malestar. Lo que parece incuestionable es que la crisis debería liquidar de una puñetera vez ya, el dogma neoliberal de que el mercado lo arregla todo. En una ironía de la historia: ha tenido que ser el que empezó su mandato presidencial proclamando que el Estado era el problema y el mercado la solución, defendiendo  la desregulación a ultranza de la actividad financiera para permitirle ser más "eficiente", el que se despida proponiendo que el Estado aporte 700.000 millones de dólares para comprar activos privados de dudoso valor y evitar una quiebra general del sistema financiero. Bush sostuvo que si el Congreso no aprueba su plan, el daño para la economía de EEUU será "doloroso y duradero". "Quiero asegurar a nuestros ciudadanos y a los ciudadanos del mundo entero que éste no es el fin del proceso legislativo", agregó. "Poco importa qué senda toma un proyecto de ley hasta que se convierte en ley. Lo que importa es que tengamos una ley. Estamos en un momento crítico para nuestra economía".

 Pero no sólo es el ínclito Bush. Ahora resulta que la mayoría de los políticos, tratan de competir en demandas de regulación, de refundación, incluso, del capitalismo mundial. No es la primera vez que lo hacen: en las últimas reuniones del G-8, Alemania y Francia pidieron regular las actividades especulativas de un sistema financiero sin control, que se había convertido en un casino regentado por dirigentes con sueldos fantasiosos, asumiendo riesgos crecientes financiados por montañas de deudas. Hemos pasado sin solución de continuidad,  de pedir a los responsables políticos que no interfirieran, que no regulasen, que dejasen libertad a los mercados, a reclamar que arreglen los desaguisados a los que den lugar, incluso cuando la crisis, por sus causas y consecuencias, está más allá de sus competencias y capacidades locales-nacionales.

            Y debemos preguntarnos quiénes han sido los que creado este desaguisado. Muchos han coincidido en afirmar que la culpa de la crisis actual, además del neocapitalismo está en Estados Unidos. El más incisivo ha sido el iraní Ahmadineyad, que ha afirmado que los elevados gastos militares de Estados Unidos en Irak y Afganistán son los que la han producido. Y, si miramos a la historia, no le falta razón. La intervención americana en Vietnam durante los años 60 acabó disparando la inflación y eso, unido a que el precio del petróleo se triplicó en 1973, causó una depresión económica entre las décadas de los 70 y los 80. Ahora podría estar pasando algo parecido. Pero, más allá de la incidencia de las guerras de Irak y Afganistán, la economía americana tiene dos problemas muy graves y casi imposibles de resolver a la vez: un enorme déficit comercial y un enorme déficit presupuestario. Eso tenía que estallar tarde o temprano. Y lo peor es que el plan para rescatar a los bancos americanos puede que ponga orden en Wall Street, pero no reduce ninguno de esos dos déficits históricos e incluso puede aumentar el presupuestario.

            En la misma línea se expresa el premio Nóbel de Economía Joseph Stiglitz en su nuevo libro, La guerra de los tres billones de dólares, en el que calcula los verdaderos gastos del conflicto y asegura que la invasión ha agravado los problemas económicos que el país padece actualmente. El caos económico del presente está relacionado en buena medida con la guerra de Irak”. Para Stiglitz, la guerra de Irak –la primera en la historia norteamericana que no ha exigido un sacrificio económico a los ciudadanos mediante un aumento de impuestos- fue parcialmente responsable del enorme aumento de los precios del petróleo. Además, el dinero invertido en la invasión no estimuló la economía en la misma medida que lo habrían hecho los dólares gastados en Estados Unidos. “A fin de encubrir estas debilidades de la economía estadounidense, la Reserva Federal dejó salir una cascada de liquidez; esto, combinado con normas laxas, dio origen a la burbuja de la vivienda y a un auge del consumo”, argumenta.

Ha sido  en las cloacas espirituales de Wall Street, donde se ha cocinado la mayor crisis financiera de los últimos tiempos, todo ello motivado por la sed de dinero, la avaricia y el afán desmedido de lucro de unos tipejos, que serán los menos perjudicados de la crisis. Ahí van algunos. El presidente de LEHMAN BROThers, Richard Fuld, el hombre a quien se le quebró en sus manos esta compañía con 158 años de existencia, se ganaba US.000 por hora. El año pasado se metió al bolsillo millones de dólares. Hoy reclama con el descaro y el desafuero aprendido en la escuela yuppie (young urban profesionals) que han cabalgado en el lomo de la economía mundial en los últimos 25 años, una indemnización por los servicios prestados durante sus 30 años en la compañía. Resultado que consiguió el presidente de Merill Lynch, otro de sus colegas del desplume empresarial al momento de su despido: una indemnización de 1 millones de dólares como reconocimiento por el maltrecho estado en el que dejó la compañía a su cargo. Así son los yuppies, desaforados y codiciosos. Arrogantes y pretenciosos. Viven en nubes de irrealidad, desconectados del acontecer diario del común de los mortales, a quienes miran con suficiencia y desprecio.

             Mas mucho me temo  que la ideología del libre mercado está lejos de estar acabada.  Nadie debería creer en que la crisis actual marca la muerte de la ideología del "libre mercado". Esta ideología siempre ha estado al servicio de los intereses del capital, y su presencia fluctúa dependiendo de su utilidad para esos intereses. Durante los tiempos de auge es rentable predicar el "laissez-faire", porque un gobierno ausente permite inflar burbujas especulativas. Pero cuando esas burbujas estallan, la ideología se convierte en un estorbo y se pone a dormir mientras el gobierno acude al rescate. Pero debemos estar tranquilos: la ideología regresará triunfal cuando el rescate esté hecho. Las deudas masivas que el público está acumulando para afianzar a los especuladores se convertirán entonces en una crisis presupuestaria global, que servirá de excusa racional para profundos recortes en los programas sociales y para un renovado impulso a favor de privatizar lo que queda del sector público.

 

Cándido Marquesán Millán

 

 

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03/10/2008 17:50 dorondon Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

¿Refundación del sistema capitalista?

           

 

                                  

 

                                                                                             

 

 

 

Todos los acontecimientos relacionados con la crisis financiera actual me traen a la memoria los vaticinios sobre el porvenir de la historia, manifestados por el ínclito Fukuyama. Con lo que está cayendo, y no sabemos cuánto va a seguir haciéndolo, cualquiera que estuviera en lugar del célebre politólogo norteamericano, se  escondería bajo tierra. Realmente no estuvo muy certero en sus juicios.

            Hace unos 20 años, tras la caída del Muro de Berlín, nos obsequió con una contundencia ilimitada que la pugna de las ideologías había finalizado, que la economía se había sobreimpuesto a la historia, que se iniciaba una nueva época, un nuevo siglo americano, siguiendo un plan maestro diseñado por un grupúsculo de los neocons, y que ha inspirado las acciones políticas de Bush. Fukuyama ahora acaba de afirmar, al contemplar el devenir caótico de los mercados, que estaba equivocado; todavía más, que han entrado en crisis además de los bancos de inversión, una cierta manera de entender el capitalismo. Aquella que irrumpió con el gobierno de Reagan. Según Fukuyama, dos  han sido las grandes aportaciones ideológicas norteamericanas, que han dominado sin discusión alguna desde los 80, por cierto adormecimiento de la izquierda. El escritor José Saramago ha llegado a afirmar que la izquierda no piensa y no tiene puta idea del mundo en el que vive. Hasta ahora los aludidos siguen mirando hacia el cielo.

La primera era una concepción del sistema capitalista, puesta en práctica en Estados Unidos e imitada en buena parte del mundo, que consideraba que con impuestos bajos, mercados desregulados, y cada vez menos Estado, sería posible un crecimiento económico irreversible. En la línea expresada por el economista norteamericano Milton Friedman, al proclamar que los mercados alcanzan su mayor grado de perfección cuanto menor es la intervención de factores ajenos como, por ejemplo, agencias gubernamentales. Cuanto menos intervención estatal en ellos, mejor funcionarían los balances entre oferta y demanda, así como la libre competencia. Esto era lo que la banca necesitaba: una creciente desregulación que le permitiera entrar en campos que le estaban vedados a causa de la gran crisis de la década de los treinta. Todo ello se hizo en el nombre de uno de los valores más queridos para toda la humanidad: la libertad.

La segunda idea era que la democracia norteamericana sería el referente mundial, el modelo a imitar,  y que además serviría para propiciar un nuevo orden mundial más justo y duradero.

Hoy constatamos que la realidad es muy diferente. La economía norteamericana está pasando uno de los momentos más críticos de su historia, además de arrastrar en su caída a muchos otros países. Y este hecho se ha producido, precisamente por falta de regulación, que ha permitido la irrupción de auténticos tiburones de las finanzas, un puñado de hombres, que logró con sus conocimientos y su enorme productividad algo que ni el mayor movimiento antiglobalizador o de protesta social habría soñado jamás, el poner en tela de juicio al capitalismo financiero, y de paso pasarle una factura al contribuyente norteamericano de casi un billón de dólares. Entre ellos están: Dick Fuld, presidente de la hoy quebrada Lehamn Brothers; Daniel Mudd, el principal ejecutivo de Fannie Mae; Richard Syron, director principal de Freddie Mac, y John Thain, consejero delegado de Merril Lynch. También,  es cierto que Fukuyama confiaba en que los mercados se autorregularían. Con lo que estamos contemplando desde la aparición de las hipotecas subprime hasta la aprobación del Plan de Rescate, eso de la autorregulación nos tiene que producir risa a cualquier persona sensata, y sonrojo a cualquiera que pudiera emitir semejante idea.

En cuanto a la segunda, del modelo de democracia norteamericano exportable y a imitar, ha fracasado también. La palabra de democracia se ha utilizado como señuelo para la intervención militar y el cambio de régimen en un país extranjero. Y en el colmo de la desfachatez y de la desvergüenza, no ha tenido inconveniente moral alguno en pactar con un país como Arabia Saudita- lo más lejano de un sistema democrático- y negarse a dialogar con  los representantes de Hamas, o el gobernante de Venezuela, que llegaron al poder por la vía electoral. Eso, por no hablar del permiso para torturar. Como vemos, el modelo norteamericano en ambos aspectos parece haber entrado en crisis.

Quiero acabar con unos juicios muy breves. Aquí no pretendemos, cara el futuro más o menos próximo vender de nuevo el Paraíso Terrenal. En absoluto. Pero, lo que parece incuestionable que el sistema capitalista tiene que ser refundado o reinventado, y para que esta tarea llegue a su buen término serán necesarios cambios en la cúspide de los grupos dominantes que han dirigido la política y la economía hasta ahora, así como también el abandono de determinados dogmas que ya no sirven. Aquí la izquierda, la auténtica, la de verdad, tiene y debe asumir un protagonismo imprescindible, para quitarle la razón al gran Saramago cuando dice estas palabras:  La izquierda ni piensa, ni actúa, ni arriesga "una pizca" y queda patente su cobardía en su impavidez ante una "burla cancerígena" como la de las hipotecas en los Estados Unidos.

 

 

Cándido Marquesán Millán

 

           

 

 

08/10/2008 00:06 dorondon Enlace permanente. sin tema Hay 1 comentario.


¡Despierta socialdemocracia!

 

 

                                  

 

                       

 

 

Todos los acontecimientos históricos tienen unas causas, más o menos escondidas. Nada ocurre en la Historia de una manera azarosa o fortuita. En estos momentos, la mayoría de los politólogos, sociólogos, periodistas o historiadores culpabilizan al neoliberalismo  de esta crisis financiera mundial, de cuyo devenir y gravedad nadie se atreve a comentar. Para todos ellos ese apogeo neoliberal se inició en la segunda mitad de los años 70 del siglo pasado, después de la crisis de 1973, que cuestionó todo el modelo económico de la posguerra; y que supuso la imposición de un discurso "casi único" sobre el mundo. Sus "cantores" -Fukuyama, Huntington, Hardt y compañía- quisieron convencernos de que el mundo global debía ser irremediablemente capitalista, liberal y democrático, en una versión radical desde luego, en la que asumieron que el mercado era la fuerza esencialmente reguladora de la vida social. Su victoria fue producto de muchos años de lucha intelectual. Suele atribuirse al reaganismo, al thatcherismo y a la caída del Muro, pero la historia es más larga. A ella quiero referirme.

 Tal como indica Raimon Obiols, al final de la II Guerra Mundial, el keynesianismo era el modelo claramente dominante en la economía y el capitalismo occidental entraba en esa fase expansiva “los treinta años gloriosos, con un crecimiento rápido y sostenido de la economía y un amplio desarrollo, en muchos países europeos occidentales, de las instituciones y procedimientos del Estado del Bienestar de inspiración socialdemócrata.

Para contrarrestar estas tendencias, en abril de 1947 se reunió  en el “Hotel du Parc”,  en Mont Pélérin, en Suiza, un grupo de 39 personas entre ellas: Friedman, Lippman, Salvador de Madariaga, Von Mises, Popper, Rappard, Röpke….con el objetivo de desarrollar fundamentos teóricos y programáticos del neoliberalismo, promocionar las ideas neoliberales, combatir el intervencionismo económico gubernamental, el keynesianismo y el Estado del Bienestar, y lograr una reacción favorable a un capitalismo libre de trabas sociales y políticas. El objetivo del encuentro se halla sintetizado en el discurso de apertura realizado por Rappard: “La mayor parte de las políticas que se llevan a cabo en el mundo son, de hecho, no liberales y es porque creemos que deberían ser liberales que nos reunimos hoy aquí”. Este combate de los neoliberales fue duro y contracorriente, ya que el momento no era especialmente propicio para tal empeño. También es cierto que no les faltaron apoyos muy poderosos. El mismo Hayek no se escondió a la hora de afirmar los ayudas que recibió de banqueros e industriales suizos, así como fundaciones estadounidenses conservadoras, como la William Volver Charities Trust, a los que pidió financiación para esta reunión internacional con el objetivo de: luchar contra el peligro socialista y estatalista. En definitiva, de lo que se trataba era de plantear una lucha sin tregua para influir ideológicamente en las elites intelectuales, económicas y políticas. Lo que para los observadores contemporáneos aparece como una batalla de intereses contrapuestos, que es zanjada por el voto de las masas, ha sido generalmente decidido mucho tiempo antes con una batalla de las ideas en un círculo restringido. Recientemente, en una entrevista en el diario “Le Figaro”, Sarkozy afirmaba que: “en el fondo, he hecho mío el análisis de Gramsci: el poder se gana por las ideas. Conscientes de esta circunstancia todos los egregios economistas partidarios del neoliberalismo, reunidos en Mont-Pelerin supieron jugar muy bien sus cartas  ganando esta batalla, y por ello desde hace varias décadas el neoliberalismo ha tenido estratégicamente la hegemonía ideológica, y también, en muchas ocasiones, tácticamente la hegemonía política. No obstante, también esa apabullante victoria ha sido posible por el adormecimiento de una izquierda autocomplaciente e ensimismada. Como señala Raimon Obiols,  si hay tres tipos de gente, los que hacen que las cosas sucedan, los que esperan que las cosas sucedan, y los que nunca se enteran de lo que sucede; los neoliberales pertenecen a la primera categoría y la mayoría de los progresistas a las dos restantes. Y así ha pasado lo que tenía que pasar. Y lo que parece más grave, es que hasta hoy, determinados valores y principios del neoliberalismo la izquierda, incluida la socialdemocracia, no sólo no los cuestiona, es que además desorientada los ha asumido sin ningún rubor. Mas estos valores y principios de la derecha no son, ni pueden ser los  de la izquierda del siglo XXI, ya que tal como Eric Hobsbawn diagnostica con claridad: la distinción entre izquierda y derecha seguirá siendo central en una época que ve crecer la separación entre los que tienen y los que no tienen, pero el peligro de hoy es que este combate sea subsumido en las movilizaciones irracionalistas de carácter étnico, religioso o de otras identidades de grupo.

 Mas no hay mal que por bien no venga. Confío que ahora, precisamente ahora, en que la socialdemocracia salga de ese sopor. Que su proyecto de sociedad no se limite a un capitalismo acicalado con filantropías que llaman políticas sociales. Ni mucho menos a erigir alternativas revolucionarias anti-status, pero lo que si parece su tarea irrenunciable es a, tras criticar de una manera sistemática las esencias de esta capitalismo global, reconocer sus potencialidades y antagonismos, y, por tanto, definir políticas que obedezcan a cosmovisiones propias y que coadyuven a transformaciones progresistas graduales.

 

 

Cándido Marquesán Millán

14/10/2008 01:32 dorondon Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

El efecto Bradley en las elecciones norteamericanas

           

 

 

 

Quedan ya pocos días para que se celebren las elecciones presidenciales en los Estados Unidos. El bombardeo mediático sobre el tema,  al que nos han sometido los diferentes medios de comunicación es tal, que ya se nos está agotando la paciencia a todos aquellos que estamos interesados en los asuntos de política internacional. ¡Qué se acabe de una vez! Obama o McCain, el que sea, pero que se acabe.

 

La campaña electoral ha pasado por distintas fases. Se inició con las primarias. Siguió con la elección de los puestos de vicepresidentes. Vinieron luego los tres debates electorales. Ahora, por lo que parece, todo el pescado está ya vendido, tal como se manifiestan las encuestas. Obama aventaja en intención de voto en dos dígitos a McCain, y su triunfo se atribuye no sólo a su carisma y elocuencia sino a la ansiedad y angustia por el que el país atraviesa debido a la economía, a lo impopular de la guerra en Irak, al disgusto general en torno a George W. Bush y al clamor de la ciudadanía por un cambio. Por ende,  todo parece conjuntarse para que la votación se incline hacia el candidato demócrata, el primer afroamericano que logra la nominación presidencial de un partido mayor. Además se ha visto beneficiado por la campaña más disciplinada jamás vista, ha recaudado grandes cantidades de dinero que le van a permitir intensificar estos últimos días  sus mensajes electorales; y además ha inspirado a millones de personas con su vida y sus puntos de vista.  Mas todavía no ha ganado, y la realidad es que también podría perder por diferentes motivos. Hay ya quienes hablan de una posible conspiración de los blancos el día de la elección, se menciona también la posibilidad de un fraude y lo más grave, no faltan quienes han dejado entrever que el país podría estallar en caos con manifestaciones callejeras violentas de frustración, inconformidad y enojo. De la misma forma que la crisis financiera le ha favorecido a Obama, un ataque terrorista u otro incidente internacional que amenazara la seguridad de Estados Unidos potenciaría nuevamente a McCain.  Vale la pena recordar que en la contienda presidencial de 2004, un video de Osama Bin Laden que se dio a conocer poco antes de las elecciones, jugó precisamente en contra de John Kerry y a favor de Bush. 

 

Los asesores de Obama con buen criterio no quieren echar las campanas al vuelo, por ello instan a todos sus seguidores a votar, y especialmente se muestran preocupados por el Efecto Bradley. De hecho, este efecto, les parece más peligroso que el propio McCain, y ya no digamos de la ínclita Sarah Palin, que después de 7 semanas de campaña al lado del candidato republicano a la Casa Blanca, la gobernadora de Alaska de 44 años convence cada vez menos, por diferentes motivos: el abuso de poder cometido como gobernadora, ciertas respuestas en varias entrevistas que hicieron la delicia de los humoristas, su desconocimiento del papel a desempeñar por un vicepresidente, y, como guinda, los 150.000 dólares gastados en ropa y maquillaje para la campaña electoral por parte del partido republicano.

El mencionado Efecto, de lo que se trata es de un fenómeno que se ha presentado en distintas elecciones en los Estados Unidos, consistente en “mentirle” al encuestador sobre la intención de voto frente a un candidato “negro” por temor a ser tildado de racista.  El nombre hace referencia a la derrota de Tom Bradley, candidato demócrata afroamericano para el puesto de gobernador de California. En 1982, Bradley iba delante en las encuestas por un margen amplio y terminó perdiendo apretadamente. Analizando aquella elección, resultó que un porcentaje anómalo de quienes se declaraban indecisos, terminó votando por el candidato republicano, y blanco, George Deukmejian. La teoría del Efecto Bradley dice que muchos electores blancos que tenían decidido votar por el republicano se declararon indecisos para no parecer racistas ante el entrevistador. En aquella ocasión nueve de cada 10 indecisos terminaron votando republicano. Podría ocurrir ahora lo mismo, y así  abundan las voces de blancos y negros que en público y en privado sostienen que si Obama no resulta electo será debido al color de su piel y al racismo que persiste aquí. Tampoco debemos olvidar el impacto que las palabras de sus opositores podrían producir, ya que han propagado que es un musulmán disfrazado, que está casado con una mujer negra radical y que como presidente favorecerá a los negros por encima de los blancos. Aunque Obama jamás ha involucrado el tema racial en su candidatura, si triunfa, el capítulo de segregación habrá quedado atrás. Si pierde, probablemente la división y las relaciones entre blancos y negros serán peores que ahora, pero ambos tendrán que resignarse a la idea de que McCain ganó la elección.

 

Tengo la impresión de que en el personaje de Obama hay mucho de fachada, Como acaba de señalar Noam Chomsky en una entrevista realizada por el catedrático Vicenc Navarro, los asesores de Obama, los dirigentes de su campaña, han creado una imagen, que básicamente es una hoja en blanco. En sus discursos, todos ellos muy bonitos, suenan palabras como esperanza, cambio, unidad -slogans totalmente huecos pronunciados por una persona agradable, con buen aspecto y que comunica bien- los expertos en comunicación hablan de "retórica en alza", y cada cual puede escribir lo que le parezca en esa hoja en blanco. Es cierto que Obama habla de cambio, aunque no está nada claro qué es lo que va a cambiar exactamente. Mas en la campaña, como acaba de señalar el Wall Street Journal, no se ha hablado nada de los temas importantes, los que de verdad interesan a la gente, como pueden ser los de educación y sanidad entre otros.

En definitiva muchas palabras huecas, vacías de contenido, que no son más que un reflejo del funcionamiento de su sistema político. Pienso que debería ya cuestionarse esa tendencia que trata de divulgarse desde determinados ámbitos europeos, en considerar el sistema político norteamericano como el paradigma de la democracia. Los Estados Unidos son un país muy libre, pero todo esta muy controlado, es muy difícil salirse de la ortodoxia; que marcan unas élites empresariales, perfectamente en connivencia con la clase política. Existe mucho miedo a los cambios profundos. Por tanto, pienso que los norteamericanos van a seguir teniendo los mismos problemas, sea el que sea, el que salga elegido tras las elecciones del 4 de noviembre. Tiempo al tiempo.

 

Cándido Marquesán Millán

23/10/2008 22:09 dorondon Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Transición inacabada

Se ha dicho con excesiva autocomplacencia por parte de muchos historiadores, más españoles que foráneos, que la Transición Democrática en España, el paso de un régimen dictatorial a uno de libertades, al haberse llevado a cabo sin traumatismos ni enfrentamientos civiles, ha sido ejemplar y modélico; y que, por ello era exportable a otros países, sudamericanos o de Europa Oriental.
Todavía más, que al haber sido un proceso tan perfecto, ha merecido la atención de numerosos politólogos, historiadores, sociólogos de todo el mundo; por lo que nos hemos convertido otra vez en referencia mundial, como lo fuimos antes por la Guerra Civil, aunque los motivos son muy diferentes. También se nos ha dicho que los grandes pilotos de este proceso histórico han sido la figura del Rey y la de Adolfo Suárez. Esta línea de pensamiento ha sido interiorizada por la mayoría de los españoles de tal manera, que aquel que se atreva a discrepar de ella es acusado de insensatez o de falta de patriotismo. Aunque sé que voy a verme sometido a todo tipo de dicterios o ataques furibundos, me coloco en el grupo de esa minoría discrepante.

Entiendo que no fue tan modélica, ya que se hizo dejando muchos cabos sueltos, por no molestar a determinados poderes fácticos, por lo que todavía quedan determinadas asignaturas pendientes en estos acontecimientos iniciados en 1975, que hasta que no se salden, podría decirse que la Transición Democrática, todavía no ha finalizado. Como atenuante de estas carencias, podría servir que en el momento que se hizo, se hizo lo que se podía hacer, y que si se hubiera tenido la pretensión de hacerlo de otra manera, quizás podrían haberse producido de nuevo enfrentamientos civiles, a los que tan acostumbrado hemos estado los españoles. Sin negar lo que pueda haber de cierto en esta afirmación, esta nunca puede servir de pretexto para ocultar la verdad, y así presentar como modélico lo que realmente no lo fue.

Una de las asignaturas pendientes de la Transición Democrática en nuestro país es la cuestión religiosa. Las relaciones Iglesia-Estado tal como se establecieron en los Acuerdos de 1976 y 1979, como la redacción de algunos artículos constitucionales, como el 16.3 y el 27 no parecen ser las idóneas en una sociedad democrática. En esas fechas, tanto la Iglesia católica española y el Vaticano por un lado; y, por otro, la clase política, en su mayoría, estaban de acuerdo que el Estado confesionalmente católico heredado del franquismo era un anacronismo en la Europa democrática del momento. Había que establecer las relaciones Iglesia- Estado sobre unas nuevas bases. Los principales partidos políticos, conocedores de la historia de la II República, no quisieron que nuevamente la "cuestión religiosa" volviera a envenenar la convivencia entre los españoles; y además siendo conscientes de que la Iglesia era todavía una poderosa institución capaz de perturbar una transición tranquila a la democracia, si no se alcanzaba pronto algún acuerdo con ella, se marcaron el objetivo de llegar lo más pronto posible a un acuerdo negociado con ella. Si éste no se hubiera conseguido, probablemente nuestra Transición Democrática hubiera sido diferente. Todos estos Acuerdos se alcanzaron en un determinado contexto político, que hoy es muy diferente, ya que la democracia es irreversible y las fuerzas políticas dominantes son otras, por lo que deberían ser denunciados, o cuando menos ser revisados en profundidad. 

Igualmente otra asignatura pendiente es la que hace referencia a la forma de Estado. No debemos olvidar que el 21 de julio de 1969 Franco designa a Juan Carlos de Borbón como su sucesor a la Jefatura del Estado, con el título de "Príncipe de España". Así es proclamado por las Cortes como sucesor de Franco el 22 de julio de 1969 cuando Juan Carlos jura: "fidelidad a los principios del Movimiento Nacional y demás Leyes Fundamentales del Reino".

A la muerte del dictador, fue entronizado, sin que los españoles pudieran pronunciarse al respecto. En realidad, de una forma explícita, nunca han podido hacerlo. Los defensores de la transición arguyen que el voto favorable a la Constitución fue una forma de hacerlo. Se suele olvidar, sin embargo, que el 6 de diciembre de 1978, los españoles hubieron de pronunciarse sobre esa y otras 168 cuestiones más (la Constitución tiene 169 artículos). Además, dicho referéndum tuvo lugar en un clima de chantaje socio¬político que asimilaba el "no" a una nueva guerra civil. Independientemente, del papel que esté desempeñando la figura del Rey en estos años, pienso que ya va siendo hora de plantear la posibilidad de que el pueblo español pueda expresar su opinión sin ningún tipo de trabas sobre República o Monarquía. 

Y, por último, quiero referirme a la última asignatura pendiente, la de llevar a cabo una reparación auténtica de todas las víctimas republicanas. Como muy bien escribió recientemente Antonio Muñoz Molina: He sentido un fondo de desconsuelo al ver que la democracia restaurada no se esforzaba demasiado en honrar a los perseguidos, a los silenciados, a los encarcelados y asesinados por el franquismo, a los que salieron de España al final de la guerra y continuaron combatiendo al nazismo en Europa, a los cautivos y supervivientes de los campos alemanes. Hubiéramos querido que se les hiciera justicia mientras estaban vivos, y también que los valores que ellos defendieron tuviesen más presencia en la política española: un sentido de la austeridad y la decencia, de la ciudadanía solidaria y responsable, una vocación franca de justicia social, un amor exigente por la instrucción pública, un verdadero laicismo, un respeto a la ley entendida como expresión de la soberanía popular.

Aunque tarde, el auto del juez Garzón puede saldar esta deuda, y para todos los demócratas se trata de una decisión de una trascendencia incomparable. Se acabó el contrasentido de dejar que España fuese el único lugar en que a los asesinos no se les diera el tratamiento merecido. Alemania tuvo los juicios de Nuremberg, Italia se tomó la justicia por su mano ejecutando a Mussolini y colgándolo cabeza abajo en la Plaza Loreto de Milán, Francia persiguió a sus colaboradores de Vichy en una serie de polémicos juicios que se extendieron hasta los años 90. El 16 de Octubre fue finalmente el turno de España. Un Estado que se reputa democrático y de derecho, debe establecer los límites entre el bien y el mal, entre las urnas y las sublevaciones armadas que las rompen, entre la política y el crimen, entre lo civil y lo militar, de lo contrario no es un Estado digno de ese nombre ni merece respeto alguno.



24/10/2008 22:17 dorondon Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.


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