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OTRA GUERRA EN SOMALIA    

Ya es extraordinariamente compleja la situación en Oriente Medio. Los conflictos de Afganistán, Irán, Irak, el Líbano, el conflicto arabe-israelí lo corroboran, convirtiendo la zona en un auténtico polvorín, con el agravante de que no se vislumbra salida alguna  a ninguno de ellos. Cada día es peor que el anterior. Ahora se incorpora a este mar tenebroso otro más, el de Somalia, en el Cuerno de África.

Este país no ha disfrutado momento alguno de sosiego en su reciente historia. Ha conocido de todo pero nada bueno. Disfruta de importantes recursos (reservas de petróleo y gas, pesca y un extraordinario acuífero de 60.000 metros cúbicos compartido con Eritrea y Etiopía) y con una situación geoestratégica excepcional, ya que por sus costas pasa el 13% del comercio mundial, barcos que van y vienen por el canal de Suez, además de una parte importante del petróleo de Oriente Medio. Por ende, ha propiciado la codicia desde fines del XIX de distintas naciones o clanes regionales. Ha sido víctima del colonialismo clásico,  de la pésima descolonización, de la Guerra Fría, de la lucha entre los señores de la guerra, de enfrentamientos armados con países limítrofes, de una Guerra Civil, de dictaduras, de separatismos, de boicots económicos, de sequías, de  hambrunas bíblicas, de boicots económicos, de una invasión norteamericana y ahora del islamismo extremista.

Accedió a la independencia en 1960. Siad Barré llegó tras un golpe militar al poder en 1969, y  al alinearse con Moscú, se creyó con la fuerza suficiente para luchar contra Etiopía por la meseta de Ogadén, de mayoría somalí. Esta invasión no fue bien vista por la URSS, que buscaba el acercamiento con Etiopía, y en lugar de apoyar a Somalia, la aisló, por lo que Barré llevaría a cabo un cambio de alianzas, acercándose a los EE.UU. de la Guerra Fría. Esta situación se mantuvo, hasta que en 1991, islamistas y comunistas derribarían a Barré, ante tal viraje ideológico. A partir de entonces, sin un verdadero gobierno, con luchas fratricidas entre los señores de la guerra, se produjo la separación de facto de su parte Norte, donde se independizarían Somalilandia  y Puntlandia. Por ello fue necesaria la intervención de la ONU, con tropas de USA en 1993, que tras el fracaso de la batalla de Mogadiscio, con la voladura de un helicóptero y la muerte de 18 marines, tendrían que retirarse.

La inestabilidad hasta ahora ha sido constante. No tiene un Gobierno central. A instancias internacionales se creó un Gobierno de Transición en octubre de 2004, al que no obedecían algunos señores de la guerra. En junio de 2006 una parte importante del país, incluida la capital de Mogadiscio, caía en poder  del Consejo Supremo de Cortes Islámicas, mientras que el Gobierno Provisional, reconocido  a nivel internacional, debía refugiarse en Baidoa.

Estos son los procedentes que pueden servir para contextualizar la situación bélica actual, que no presagia buenos augurios. Por una parte, Etiopía con mayoría de población cristiana ortodoxa, temerosa del expansionismo islámico, ha desplegado ya tanques y artillería pesada en territorio somalí, con más de 10.000 soldados para defender al Gobierno Provisional. Por otro parte, los Tribunales Islámicos, con el apoyo de Eritrea con viejas enemistades con Etiopía, instan a todos los musulmanes del mundo a apuntarse a la yihad contra los infieles. En la capital Mogadiscio, los escolares y mujeres han formado cortejos espontáneos, invocando a Dios, gritando eslóganes antietíopes y lanzando piedras a los hombres que todavía no han marchado al frente. Sus calles están vacías: millares de hombres animados por un nacionalismo feroz, por la invasión del enemigo exterior, mezclado de fervor religioso, han partido a unirse a los campos de reclutamiento y de entrenamiento abiertos por los islamistas. En Somalia, el nacionalismo ha ido siempre unido a la religión, ha dicho un miembro importante de los Tribunales Islámicos.

La hora no es ya propicia para las exquisiteces oratorias. El único medio de reconciliarnos con Meles Zawi- 1º Ministro de Etiopía- es que se convierta al Islam o que nosotros nos convirtamos al cristianismo, declaraba recientemente, ante un auditoria enfervorizado, Cheik Yusuf Indhahe, jefe del Estado Mayor de los Tribunales Islámicos.

Con todos estos antecedentes el futuro no parece muy esperanzador para la paz. La Guerra abierta ya entre Somalia y Etiopía se anuncia mortífera y sin verdadero ganador. Etiopía no tiene los medios de invadir el conjunto de Somalia; los Tribunales Islámicos no tienen la potencia de fuego necesaria frente a un ejército nacional. El primer perdedor parece claro que será el Gobierno Provisional de Transición, totalmente desacreditado a los ojos de los somalíes y sobre el que sus mismos aliados etíopes no tienen más ilusión. Y sobre todo, el gran perdedor será el pueblo somalí. ¿Qué pecado han cometido los africanos para merecer esto?

Además de lo peculiar de Somalia, debemos considerar que como país africano que es, las causas del alto y creciente índice de conflictos en este maldito continente, como indica Paul Collier, se encuentran en su dependencia de  las materias primas y en su creciente pobreza. En general, dicha dependencia  aumenta considerablemente el riesgo de guerra civil, probablemente porque ofrece una rápida fuente de financiación para los grupos rebeldes. De modo parecido, la pobreza y la recesión económica aumentan el riesgo de rebelión, pues resulta más fácil para los grupos rebeldes reclutar combatientes. Puede servir de claro ejemplo la experiencia de la República Democrática del Congo. Cuando Laurent Kabila se dirigía, a través de la citada República, hacia Kinshasa, fue entrevistado por un periodista. En sus declaraciones, afirmó que en el Zaire la rebelión era sencilla: todo lo que necesitaba eran 10.000 dólares y un teléfono móvil. Con los dólares  se puede levantar un ejército, mientras que con el teléfono móvil es posible hacer negocios con la extracción de minerales. Al parecer, en esta ocasión Kabila cerró negocios mineros  por valor de 500 millones de dólares, antes de llegar a Kinshasa.

Mientras tanto el mundo desarrollado cruzado de brazos. Todo lo más es enviar a cualquiera de estos países, después de la visita de algún afamado actor cinematográfico,  algunas toneladas de arroz o de harina de trigo, que en la mayoría de las ocasiones no llega a su destino. Con ello tranquilizamos y sedamos nuestra conciencia.

 

CÁNDIDO MARQUESÁN MILLÁN

 

                                    EL PRESUPUESTO DE BUSH   

            La administración Bush acaba de presentar, el lunes pasado 5 de febrero, su proyecto de presupuesto para el año fiscal 2008, que se inicia en octubre de 2007.  En estas cuentas que suponen 2,9 billones de dólares (2,2 billones de euros) la prioridad esta dirigida, como en los años precedentes, a los gastos militares

Además ha revelado su intención de llevar de aquí a 2012 las cuentas públicas al equilibrio, todo ello rebajando los impuestos, especialmente a los ricos. También en este saneamiento se quieren recortar cerca de 66.000 millones de dólares del programa para jubilados Medicare, que beneficia a cerca de 43 millones de ciudadanos, y otros 12.000 millones de Medicaid, que ofrece ayuda sanitaria a gente sin recursos, durante los próximos cinco años, como también la reforma del régimen de la Seguridad Social, sobre todo en las pensiones. De lo que se trata es eliminar o reducir la financiación en un total de 141 programas sociales. Tampoco debería sorprendernos esta actuación. Es más de lo mismo. Y eso que las bolsas de pobreza son inmensas, sobre todo, entre la población negra o latina. Según la Oficina del Censo, el año 2006, aumentaron 1,5 millones los pobres con respecto al año anterior. Tras descender con Clinton, con Buhs han aumentado en un 20%. Según un Programa de desarrollo humano, de la ONU, un niño afroamericano de Washington tiene más posibilidades de perecer en el primer año de vida que en una ciudad india del estado de Kerala. En la capital norteamericana la tasa de mortalidad infantil es el doble que en la china.  En Estados Unidos ha aumentado la tasa de mortalidad infantil, algo que no ocurría desde el año 1958. En el año 2006 había 40 millones de pobres, la mitad de ellos niños. Existen 45,8 millones de ciudadanos sin protección de la Seguridad Social. Lo ha conseguido, aunque no lo cuenta, gracias a los recortes presupuestarios, las bajadas de impuestos y el incremento de gasto militar. Ha conseguido debilitar los servicios públicos de sanidad, educación o pensiones como nunca; siguiendo una política neoliberal a ultranza, inaugurada por Reagan, que preconiza el adelgazamiento del Estado, para traspasar todo, cuanto más mejor a la iniciativa privada, ya que esta acudirá presta y veloz a solucionar los problemas de los ciudadanos, allí donde estos aparezcan. Todo esto es obra del gobierno Bush.

Así era previsible el desastre de Huracán Katrina, ya que faltaba más de 1/3 de la Guardia Nacional de Luisiana y casi la mitad de Misisipí al estar en Irak. No actuaron, como debieran, los Servicios de Protección Civil, al estar más preocupados en la lucha contra el terrorismo y la vigilancia en las fronteras para controlar la entrada de emigrantes, que en proteger a los ciudadanos norteamericanos en un desastre de la naturaleza. 

Mi presupuesto refleja las prioridades a día de hoy de Estados Unidos, aseguraba el presidente, que intentaba justificar sus cifras recurriendo a la seguridad de la nación y su lucha contra el terrorismo. Con estas palabras intenta chantajear a los demócratas y a la sociedad americana en su conjunto, ya que si alguien no acepta estas prioridades presupuestarias será acusado de antiamericano. Y se queda tan tranquilo, ya que Bush se cree bendecido por Dios para realizar una misión histórica y tiene la convicción de estar dirigiendo el país del “Destino Manifiesto”. Fundamentalistas religiosos americanos le han hecho creer que es el enviado de Dios, en una especie de providencialismo. En la cruzada contra el Eje del Mal, Dios está de su lado. Su misión imperial es de derecho divino.

            Además, todo el discurso y la actividad política de Bush demuestra una concepción maniquea de tonos apocalípticos, que sirve de justificación para cualquier actuación El representa el Bien Absoluto y otros, en contraposición irreconciliable, el Mal Absoluto. Por ello Estados Unidos es el país que representa el Eje del Bien, como no podía ser de otra manera, de ahí su indiscutible legitimidad para luchar contra el mal.           Este maniqueísmo implica que hay que tomar postura; no vale la indiferencia o la neutralidad. O se está con el Imperio del Bien o se está con el Imperio del Mal. Esto justifica también una venganza implacable. El primer nombre que se dio a la operación militar contra Afganistán en respuesta a los atentados del 11-S, fue “Justicia Infinita”. Esta expresión supone la puesta en marcha la ley del talión. El conflicto por ello se convierte así en una Guerra Santa. Para conducirla a buen término no se deben reparar en medios, de ahí un militarismo a ultranza con los consiguientes y justificados incrementos en presupuestos armamentísticos. Debemos, tenemos que estar seguros. La defensa de la gran nación justifica la extensión de la violencia y de la muerte por todo el mundo, sin detenerse en la población civil, sean ancianos o niños, como está ocurriendo actualmente en Irak. Ya van más de 3.000 soldados estadounidenses, sobre todo hispanos y afroamericanos,  muchos miles de iraquíes civiles y el desplazamiento de más de un millón de personas.  Mientras tanto, como ha señalado recientemente Paul Kennedy, es un insulto que políticos, empresarios y profesores universitarios pidan desde sus cómodas poltronas un mayor despliegue de tropas en Irak, mientras sus hijos estudian en Harvard o Yale. Lamentable y vergonzoso.

  

Cándido Marquesán Millán

   

 THE AWOLS (AUSENTES SIN PERMISO)   Siento una mezcla de asco y hastío ante los acontecimientos sangrientos de Irak, una de las cunas de la civilización. Todos los días se suceden masacres y atentados. Ahora mi intención es fijarme en otros efectos colaterales de esta guerra, que pueden pasar desapercibidos.  Para gobiernos y militares los medios de comunicación, en tiempos de guerra,  forman parte del campo de batalla.  El desenlace de una guerra depende en buena parte de los armamentos disponibles por los contendientes, aunque es fundamental la  percepción que los ciudadanos tengan del conflicto. Por ende,  la cobertura periodística forma parte de la planificación bélica. En tiempos  de conflicto una sofisticada maquinaria de propaganda puede operar en contra del lector inadvertido, con pocas restricciones éticas.  Para los que están dispuestos a morir y matar mentir es un gaje más del oficio o, si prefiere, un mal necesario o menor. El Alto Estado Mayor proporciona la información de acuerdo con sus intereses, y, a veces, oculta el desarrollo de los acontecimientos bélicos. Durante años el Pentágono, conforme a la práctica castrense universal del triunfalismo,  proclamó que ganaba el conflicto de Vietnam; el público escuchó una y otra vez que bastaba  un pequeño esfuerzo adicional y el Vietcong terminaría reculando en forma definitiva. Como los corresponsales de guerra pretenden informar a su público con el mayor detalle posible, de ahí que las relaciones entre militares y periodistas hayan sido y lo sean  a menudo tensas y difíciles.  Nada nuevo bajo el sol. Muchos ciudadanos, americanos o británicos, desconocen el alto porcentaje de desertores de los ejércitos desplegados en Irak o Afganistán. El inglés creó una nueva palabra: Awol, que es la sigla correspondiente al concepto absent without leave o ausente sin permiso. En el Ejército británico, los “Awol” desde 2003 –inicio de la invasión de Irak- hasta principios de 2007, superan el millar. En marzo, el ejército estadounidense anunció que en 2006 se registraron 3.300 deserciones o Awol,-en este país un soldado se considera Awol tras una ausencia de 30 días-  comparado con 2.357 desertores en el 2004. En el primer trimestre de 2007 desertaron 1.871 soldados. Algunos casos se han hecho célebres. El de Agustín Aguayo, paramédico del ejército de USA condenado, en marzo de 2007, por un consejo de guerra estadounidense a ocho meses de prisión por negarse a participar en la guerra en Irak como objetor de conciencia. El del sargento de 28 años, Camilo Mejía, hijo del cantautor y activista sandinista Carlos Mejía Godoy, que fue puesto en libertad el 15 de febrero de 2005, después de ser condenado a un año de prisión militar por negarse a volver a Irak. O el de Pablo Paredes, de 23 años, condenado por negarse a embarcar en la nave USS Bonhomme Richard, que se dirigía a la región del Golfo, el 6 de diciembre de 2004. Hay otros muchos: Abdulá Webster, Kevin Benserman, etc. 

Las deserciones, problema crónico para el ejército, no son tan comunes como en los años más duros de la guerra de Vietnam, sostuvo recientemente The New York Times. No obstante, los soldados y sus familias se están organizando en contra de esta guerra mucho antes de lo que lo hicieron sus homólogos durante la Guerra de Vietnam. Es el caso de Fernando Suarez del Solar, un mexicano con ciudadanía norteamericana, que reside en California. Desde la muerte de su hijo, Jesús, en Irak en 2003, integra la asociación Military Familias Speak Out (familiares de militares que hablan claro), entidad que reivindica el fin de la ocupación militar de Irak y el retorno inmediato de los soldados norteamericanos a su país.

Que se produzcan tantas deserciones se explica porque las situaciones de combate y los atentados con coches bombas generan un enorme estrés. Dos meses bajo la tensión de resultar herido o morir termina minando la voluntad de los soldados. Por ello los ejércitos efectúan una rotación permanente, cuando pueden, de sus efectivos para reducir las crisis nerviosas, proporcionales al tiempo de la exposición a los riesgos.

  Hasta ahora, las misiones duraban doce meses, pero serán alargadas hasta los quince. Esto desalienta a los uniformados, separados de sus familias, que viven cercados en sus cuarteles a lo largo de esos dos Estados asiáticos. En ambos países están confinados permanentemente, sin contacto con la población. Están prohibidos los paseos y las salidas, que son frecuentes en otros países. Una vez cumplido el período, pueden regresar a EEUU para permanecer en suelo patrio durante, al menos, un año. Los procesamientos por deserción y otras ausencias no autorizadas en el Ejército de Estados Unidos "han aumentado sustancialmente en los últimos cuatro años" desde el comienzo de la guerra en Irak, para disuadir al número creciente de soldados que tienen dudas acerca del envío, o el retorno, a Irak; y a que también las fuerzas en servicio activo están extendidas casi a sus límites, informó el diario The New YorkTimes. Hoy, el Gobierno de Estados Unidos tiene desplegados 145.000 soldados en Irak. Sin embargo, el Pentágono considera esta cifra insuficiente para enfrentarse a la insurgencia iraquí. En su búsqueda de nuevos efectivos, el Pentágono se plantea revisar su política hacia los homosexuales y las lesbianas. Entre 1994 y 2005 el Ejército dio de baja a 11.000 uniformados por su orientación sexual. Aunque la política oficial es la de no investigar el comportamiento sexual privado de los soldados, algunos en el alto mando los rechazan. El general Peter Pace, comandante de Estados Mayores, declaró hace poco: “Yo creo que los actos homosexuales entre dos individuos son inmorales”. Pese a esta opinión, se estima que unos 65 mil homosexuales y lesbianas visten uniforme en la defensa estadounidense. Pero cualquiera sea la orientación sexual, el Pentágono tiene crecientes dificultades para reclutar tropas de primera línea para despachar a sus guerras.  En este contexto se explica también el reclutamiento de mercenarios en América Latina, que de simples guardias, se convierten en combatientes en Irak. Son fuerzas de choque, sin estar sometidas a control alguno. La Oficina en Washington para los Asuntos Latinoamericanos calcula que rondan el millar de los reclutados, que trabajan para empresas de seguridad norteamericanas en Irak.  CÁNDIDO MARQUESÁN MILLÁN



  

¿QUÉ ESTÁ  PASANDO EN OAXACA? 

             Siento especial predilección por Méjico, justificada  por varias razones, entre ellas, la cariñosa acogida que nos dispensó a muchos españoles al finalizar nuestra Guerra Civil. Dotado de todo tipo de recursos por la Madre Naturaleza. Tiene todo para estar entre los países desarrollados, o, cuando menos, en el grupo de desarrollo medio. Y sin embargo no es así: terribles desigualdades, corrupción generalizada, déficit de infraestructuras, carencias educativas, etc. Y eso que ya hicieron su Revolución, aunque de poco les sirvió  Y  los acontecimientos actuales no indican que las cosas vayan a cambiar.  

            El reciente proceso electoral fue una especie de sainete. Nada más conocerse los resultados, se presentó como vencedor a Felipe Calderón del PAN por un estrecho margen de 200.000 votos. A renglón seguido, Andrés Manuel López Obrador, del PRD manifestó que se había producido fraude. En  breve el primero recibirá de Fox las riendas de Méjico, aunque el segundo no ha dicho su última palabra.

            El 22 de mayo se planteó en el Estado de Oaxaca, con enormes riquezas turísticas, llámese arte, comida, playa o pirámides y patria de Benito Juárez, al que se atribuye la frase: Entre los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la PAZ,  un conflicto de los maestros dirigido por la Sección 22 del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Enseñanza, solicitando reclasificación de plazas y aumento de sueldos. Este hecho no es novedoso. Lo tradicional ha sido que los Gobiernos les concedan un ínfima parte de sus peticiones, por lo que al año siguiente, en torno al 15 de mayo (día del maestro) vuelven a la carga, haciendo plantones, rodeando el Palacio de Gobierno de Oaxaca, logrando paupérrimos triunfos; el paro duraba pocos días, pero ahora ya son varios meses.

            Los maestros se manifestaron pacíficamente e hicieron un plantón en el Zócalo (Plaza de Oaxaca), de donde el 14 de junio, cientos de policías intentaron desalojarles de manera contundente, a lo que respondieron los maestros con piedras y palos. El gobernador del Estado, Ulises Ruiz, del PRI, al que se atribuye la frase: Campaña (electoral) que no deja (dinero) para (adquirir) un rancho, no es campaña, prefirió el uso de la fuerza al diálogo, lo que supuso la radicalización de los maestros, exigiendo su la dimisión. Entre el 17 y 21 de junio se constituyó la APPO (Asociación Popular de los Pueblos de Oaxaca), conjunto de diferentes movimientos sociales, que ha llevado a cabo estos meses marchas multitudinarias, ha ocupado edificios de gobierno, vehículos oficiales, estaciones de radio y carreteras. Actualmente está celebrando un Congreso para institucionalizarse con sus propios estatutos, que para empezar a negociar exige la dimisión de Ulises Ruiz, al que acusa de fraude de malversación de fondos para apoyar a Roberto Madrazo en las últimas elecciones.

            Ante la radicalización de los acontecimientos desde el Legislativo Federal se le instó a Ulises a que dimitiese. Vano Intento. Por ende, llegó a Oaxaca la Policía Federal Preventiva (PFP) el 29 de octubre con material antidisturbios, actuando de una manera expeditiva para desalojar a maestros y miembros del APPO del centro histórico de la capital y la plaza del Zócalo, violando, incluso, la impunidad de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca. Van ya 17 muertos, 334 detenidos y decenas de desaparecidos. También han irrumpido grupos paramilitares, vinculados a Ulises Ruiz. El incendio va a más, ya que se extiende a los Estados vecinos. En Michoacán por solidaridad hay una huelga de maestros. Desde Chiapas hay una marcha hacia Oaxaca de los indígenas tzotziles, portando 5 toneladas de alimentos a la APPO.

La situación política mejicana es enrevesada. Aquí en Oaxaca hay muchos culpables. Uno, el primero, FOX, “El hombre de las botas”, que utilizó el problema de Oaxaca, lo azuzó con fines politiqueros; tuvo mucho que ver en las solicitudes de los maestros, no proveyéndoles de recursos para los aumentos de salarios. La  prestación del servicio educativo se otorgó a los Estados, sin embargo, no se les facilitó el presupuesto, que lo sigue controlando la Secretaría de Educación Pública, quien concede el dinero según el pelaje de los gobernadores. Oaxaca, con gobernador del PRI, se ha visto privado de él. También ha tenido mucho que ver Elba Esther Gordillo, que ni siquiera es maestra, “propietaria” de un sindicato del gremio más fuerte de América Latina, en alto grado de putrefacción el SNTE, que cambió sus estatutos para ser su Presidenta, algo inusitado en un sindicato; aliada de Fox, saturada de dinero  y poder; el primero, producto de cientos de miles de millones de pesos de las cuotas de los afiliados, a los que obliga a sindicarse; el poder, le viene de sus arreglos con gobernantes corruptos, a los que amenaza con huelgas o paros en la enseñanza. Azuzó en Oaxaca a través de la Sección 22 del SNTE, que sin serle totalmente afín, si está de acuerdo en tirar a Ulises Ruiz, lo que beneficiaba a Elba, quien de repente se volvió enemiga de Madrazo. Tampoco está libre de culpa el líder de la Sección 22 del SNTE, Enrique Rueda Pacheco, vinculado con el PRD de López Obrador, al que le interesa la explosión social.

El problema parece insoluble, a pesar de que los maestros se van a incorporar a las clases y que Ulises Ruiz haya presentado un plan basado en 6 puntos: reconciliación, rediseño de estructuras de Gobierno, reforma del Estado, reactivación económica, seguridad y avance en el cumplimiento de los acuerdos con la Sección 22 de  Magisterio.

Si como acabamos de ver, es la clase política la que ha metido a la sociedad de Oaxaca en este auténtico cenagal. Ella tendrá que buscar algún atajo. Por ende, hará falta que los Calderón, López Obrador, Madrazo o Fox se esmeren, para sacar a ese su pueblo de este túnel, para lo que se requerirá, como acaba de escribir recientemente su egregio paisano, el escritor Carlos Fuentes, mucha inteligencia, intuición e imaginación. Hasta ahora lo que están mostrando es mucha ignorancia, idiotez y mala fe. Méjico se merece algo mejor.

   

CÁNDIDO MARQUESÁN MILLÁN

             

 

UNAS IMPRESIONES  APRESURADAS TRAS LA MUERTE DE PINOCHET   

Acaba de morir hoy día 10 de diciembre de 2006, a las 14,25 horas en un Hospital  Militar,  Augusto Pinochet, el dictador que gobernó con mano de hierro Chile de 1973 a 1990.  La valoración sobre su actuación en la sociedad chilena es dispar. Para sus acérrimos defensores, que se agolpaban a las puertas del Hospital, su mérito radicó en haber librado a su país de las garras del comunismo, y por si todavía no fuera bastante, supo instalar  un modelo económico, desarrollado más tarde con gran éxito por gobiernos democráticos, que ha puesto a Chile a la vanguardia del desarrollo en América Latina. El equipo económico de Pinochet diseñó un conjunto de innovaciones de política económica que pusieron los cimientos del modelo liberal con el que Chile, ya en democracia, alcanzó unos niveles sin precedentes de estabilidad y crecimiento económico, con tasas de 6% y 8% por ciento anuales, que permitiría al país en una década que se duplicara el producto nacional y ganara un gran reconocimiento internacional. Nadie discute este hecho. La pregunta que todos ponemos hacernos es muy simple: ¿Es ésta una razón suficiente, moralmente válida  para justificar el otro legado que son las infames violaciones de los derechos humanos perpetradas por la dictadura y que constituyeron una de las mayores infamias en la Historia de Chile? Pienso que no, por varias razones.

Pinochet llegó al poder tras un cruento golpe de estado que derrocó el gobierno legalmente establecido y nada que pudiera venir después, podría ser legitimado. Nombrado por Salvador Allende, el presidente depuesto, como jefe de las fuerzas armadas, Pinochet no sólo traicionó brutalmente la confianza debida al mandatario sino sobre todo la obediencia al poder civil al que está obligado un ejército en un estado democrático. Las grabaciones divulgadas años después, en las que se oye la voz de Pinochet dirigiendo el golpe y ordenando manu militari, que se ofrezca salir a Allende del país en un avión militar para que, según quería el golpista, fuera precipitado al mar, muestran claramente la catadura moral de los militares que prepararon y ejecutaron el golpe. Los documentales del cineasta chileno Patricio Guzmán, reflejan la brutalidad y la deshumanización de todos los militares golpistas.

Por otro lado, los informes de las Comisiones de la Verdad y Reconciliación (1991) y sobre Prisión Política y Tortura (2004), elaborados durante los gobiernos de Patricio Aylwin y Ricardo Lagos, respectivamente, ponen de manifiesto el perfil moral de la dictadura. Pinochet y sus secuaces promovieron un escrupulosa y organizada  operación para asesinar a 4.000 personas, reprimir y violar los derechos humanos en unos 800 centros reconocidos de detención ilegal mediante, al menos, 18 métodos de tortura, según los testimonios válidos de unas 28.000 personas. La Dictadura actuó como una máquina perfecta y consciente de lo que estaba haciendo, en una mezcla perversa de psicopatía y de odio dirigida a personas y agrupaciones concretas, que no tenía nada que ver, como llegó a decir Pinochet, con salvar al país del marxismo, sino más bien como la forma más cruel de destruir al contrario.

El segundo de estos informes es desolador. Nos muestra que el 94% de los detenidos en esos años sufrieron algún tipo de tortura y casi todas las mujeres que testimoniaron fueron sometidas a algún tipo de violencia sexual. Muchas vidas no se recuperaron jamás por los daños físicos y psicológicos sufridos. Muchos de los relatos permanecieron en silencio durante treinta años por temor, por la parálisis psicológica que se produjo en las víctimas. Muchas personas callaron simplemente por dignidad ante la gravedad de las infamias cometidas.

Lo verdaderamente grave es que algunos en Chile, Londres o la CNN, para explicar, matizar e, incluso, justificar los crímenes, las vejaciones, las torturas, recurren al crecimiento económico. Cuando una parte de la sociedad, de los gobiernos o de las élites económicas sugiere que las vidas humanas, la dignidad de las personas o los derechos fundamentales  son bienes intercambiables, que no cuentan en aras al buen funcionamiento de la economía, entonces se produce una corrupción moral.  Una actuación así desde un punto de vista ético no tiene justificación alguna.

Por otra parte, habrá que estar atentos a la actuación del estamento militar. ¿Obedecerá al poder civil? ¿Rendirá el ejército honores militares a quien fuera su comandante en jefe por 25 años a Pinochet? El Gobierno de Bachelet ha dicho claramente que no habrá funeral de Estado, encabezado por ella. Si el ejército le rinde honores, estará haciendo un homenaje al responsable último de tantos crímenes y asesinatos y que llevó a cabo un fraude fiscal vergonzante. No es un tema baladí. Parece una auténtica prueba de fuego para la democracia chilena.

Por otro lado, ¿sobrevivirá el pinochetismo a Pinochet? En los últimos tiempos con demasiada ligereza se ha dicho que el pinochetismo ha muerto. Mas hay un pinochetismo que sigue vivo: es el cultural. No sólo son las acérrimas partidarias que se apostaron ante el Hospital Militar para rezar por su salud. Tampoco son personajes excéntricos. El pinochetismo cultural se muestra como una actitud difusa, a la que parece se han acostumbrado los chilenos. Los años de la dictadura sembraron un conjunto de valores: predominio de la fuerza y la prepotencia, la valoración de las figuras de la autoridad, desvalorización del diálogo y del consenso, el individualismo sin límites, la brutalidad de la discriminación de clases. A muchos chilenos les va a costar mucho librarse de toda esta escala de valores. Como también que Chile se vincule indisolublemente con Pinochet. De todo esto sabemos bastante por experiencia propia los españoles.

Alguien dijo que la muerte de cualquier hombre disminuye al resto de la humanidad. Esta afirmación no es válida en el caso de Pinochet.

   

CÁNDIDO MARQUESÁN MILLÁN

GUERRAS OLVIDADAS 

            En este mundo de la globalización, del neocapitalismo y de la democracia liberal, tal como indica Fukuyama, permanecen las jerarquías. Hay guerras de primera, segunda y tercera división. Lo mismo ocurre con sus víctimas. No son iguales la Guerra de los Balcanes, la de Irak o la de Sudán. La carne humana no vale igual en Sarajevo, Bagdad o Jartum. Esta circunstancia la tienen muy clara los diferentes medios de comunicación. Por ende, los despliegues mediáticos son distintos. No debemos escandalizarnos ni sorprendernos por ello La realidad es así de descarnada.

            Dicho lo cual, quiero ser una excepción a la norma. Pretendo, con tu beneplácito, querido lector, fijar mi atención en una de esas guerras de tercera división olvidadas y que, muy de vez en cuando, se convierten en noticia.

            Sudán, como indica Ryszard Kapuscinski, es de los primeros países africanos que tras la II Guerra Mundial alcanzó la independencia. Antes había sido una colonia británica, compuesta de dos partes, unidas artificial y administrativamente: el Norte, árabe-musulmán, y el Sur, negro-cristiano y animista. Entrambas mantenían odios y antagonismos multiseculares, ya que los árabes del Norte se habían acostumbrado a invadir el Sur para apresar a sus habitantes y venderlos como esclavos. Era difícil la convivencia entre ambos mundos. Circunstancia que obviaron los ingleses. En aquel entonces las potencias europeas creían que, aunque se independizasen sus colonias, en la práctica las seguirían controlando. En tal sentido los ingleses intentaron conciliar a los musulmanes del Norte con los cristianos y animistas del Sur. Fue en vano. Ya en 1962 estalló la primera guerra civil, que duró 10 años. Se sucedieron otros 10 de paz frágil, interrumpida en 1983, cuando el gobierno islámico de Jartum, al pretender imponer a todo el país la ley coránica (sharia), inició un nuevo período bélico, que se ha mantenido hasta fechas recientes.

            Profundizando en sus causas últimas, sigue diciendo Kapuscinski, comprobamos que el Norte es todo Sahara y Sahel, desierto de arena y pedregales, interrumpido por el río Nilo, que crea unas fértiles riberas, donde vivían millones de fellahs árabes y pueblos nómadas. Mas, a partir de la segunda mitad del siglo XX y sobre todo después de la independencia de 1956, se aceleró el proceso de expulsión de los fellahs por parte de sus congéneres ricos de Jartum, los cuales, junto con el generalato, el ejército y la policía, se apoderaron de las fértiles tierras del Nilo para convertirlas en grandes plantaciones para la exportación de algodón, caucho y sésamo. Así surgió la clase dominante de los latifundistas  árabes, que oprime al negro del Sur, así como a sus hermanos de etnia, los árabes del Norte. Estos expropiados, expulsados y despojados de sus tierras y rebaños, tienen que ganarse la vida en algún sitio. Algunos engrosarán las filas del ejército, de la policía o de la burocracia. A los otros se les expulsa hacia el Sur, donde existen dos grandes comunidades: los dinka y los nueros. Ambas se alimentan de leche, y de la carne de las vacas, a las que adoran y aman. Subordinan toda su vida a las exigencias y necesidades de estos animales. La estación seca la pasan junto a los ríos y cuando llega la estación de las lluvias marchan en busca de los pastos de los altiplanos. Por ello necesitan espacio, sin él enferman. Tampoco hay que olvidar que en el Sur existen además de tierras muy fértiles, importantes yacimientos de petróleo, níquel y uranio

Es probable que el inicio de esta sempiterna guerra surgiera porque el ejército del Norte les robase una vaca o porque éstos quisieran rescatarla. Da igual, la vaca fue la excusa. Los señores árabes del Norte no podían consentir  que unos pastores del Sur tuvieran los mismos derechos que ellos. Los de Sur no querían que les gobernasen unos traficantes de esclavos. El Sur quería la independencia. El Norte no lo admitía. Y así empezaron las masacres. Afirman algunos que ya se han producido 2 millones de muertos, además de cientos de miles de desplazados.

Sea lo que fuere, aunque la guerra pudiera iniciarse con unas motivaciones nobles: el Norte por mantener la unidad del país; el Sur por su liberación, ha degenerado y se ha podrido. Se ha convertido en una contienda entre castas militares, que luchan, a veces entre sí, pero en las más de las veces, contra su propio pueblo. Contra los indefensos: mujeres y niños, que son los destinatarios de la ayuda internacional de sacos de harina y de arroz o de cajas de leche en polvo.

Además de lo peculiar de Sudán, debemos considerar que como país africano que es, las causas del alto y creciente índice de conflictos en este maldito continente, como indica Paul Collier, se encuentran en su dependencia de  las materias primas y en su creciente pobreza. En general, dicha dependencia  aumenta considerablemente el riesgo de guerra civil, probablemente porque ofrece una rápida fuente de financiación para los grupos rebeldes. De modo parecido, la pobreza y la recesión económica aumentan el riesgo de rebelión, pues resulta más fácil para los grupos rebeldes reclutar combatientes. Puede servir de claro ejemplo la experiencia de la República Democrática del Congo. Cuando Laurent Kabila se dirigía, a través de la citada República, hacia Kinshasa, fue entrevistado por un periodista. En sus declaraciones, afirmó que en el Zaire la rebelión era sencilla: todo lo que necesitaba eran 10.000 dólares y un teléfono móvil. Con los dólares  se puede levantar un ejército, mientras que con el teléfono móvil es posible hacer negocios con la extracción de minerales. Al parecer, en esta ocasión Kabila cerró negocios mineros  por valor de 500 millones de dólares, antes de llegar a Kinshasa.

Mientras tanto el mundo desarrollado cruzado de brazos. Todo lo más es enviar a cualquiera de estos países, después de la visita de algún afamado actor cinematográfico,  algunas toneladas de arroz o de harina de trigo, que en la mayoría de las ocasiones no llega a su destino. Con ello tranquilizamos y sedamos nuestra conciencia.

  

CÁNDIDO MARQUESÁN MILLÁN

           

                                     LO QUE PASA EN DARFUR  

            Lo que está pasando en Darfur, una región al oeste de Sudán, tan extensa como Francia, debería hacernos sentir a todos los occidentales de motivo de reflexión y vergüenza. Se cuentan ya unos 250.000 muertos y  2 millones de desplazados. Todos creíamos que no se producirían jamás acontecimientos como el genocidio de Ruanda de 1994, o la masacre del pueblo  bosnio en Srebenica. Vano intento.         

En este mundo de la globalización, del neocapitalismo y de la democracia liberal, permanecen las jerarquías. Hay guerras de primera, segunda y tercera división. Lo mismo ocurre con sus víctimas. No son iguales la Guerra de los Balcanes, la de Irak o la de Sudán. La carne humana no vale igual en Sarajevo, Bagdad o Jartum. Lo mismo ocurre con los genocidios. Esta circunstancia la tienen muy clara los diferentes medios de comunicación. Por ende, los despliegues mediáticos son distintos. No debemos escandalizarnos ni sorprendernos por ello La realidad es así de descarnada.

            Sudán, como indica Ryszard Kapuscinski, es de los primeros países africanos que tras la II Guerra Mundial alcanzó la independencia. Antes había sido una colonia británica, compuesta de dos partes, unidas artificial y administrativamente: el Norte, árabe-musulmán, y el Sur, negro-cristiano y animista. Entrambas mantenían odios y antagonismos multiseculares, ya que los árabes del Norte se habían acostumbrado a invadir el Sur para apresar a sus habitantes y venderlos como esclavos. Era difícil la convivencia entre ambos mundos. Circunstancia que obviaron los ingleses. En aquel entonces las potencias europeas creían que, aunque se independizasen sus colonias, en la práctica las seguirían controlando. En tal sentido los ingleses intentaron conciliar a los musulmanes del Norte con los cristianos y animistas del Sur. Fue en vano. Ya en 1962 estalló la primera guerra civil, que duró 10 años. Se sucedieron otros 10 de paz frágil, interrumpida en 1983, cuando el gobierno islámico de Jartum, al pretender imponer a todo el país la ley coránica (sharia), inició un nuevo período bélico, que se ha mantenido hasta fechas recientes.

            En este contexto, en febrero de 2003 en Darfur,  el Ejército de Liberación de Sudán (ELS) se levantó contra el gobierno de Jartum porque no protegía a la región de Darfur y la mantenía subdesarrollada. Poco después se rebeló otro grupo el Movimiento por la Justicia y la Igualdad (MJI). El Gobierno respondió dando carta blanca a unas milicias árabes los janjawid (jinetes armados), que cometieron todo tipo de tropelías con el apoyo del ejército sudanés. Ha sido frecuente el que primero bombardeara los poblados el ejército y a continuación entraran a saco los jinetes armados. En estos años los crímenes han sido terribles sobre la población negra de origen africano. Parecía que se podría poner fin a esta masacre, cuando el 5 de mayo de 2006 se firmó un acuerdo de paz en Abuya, Nigeria. Mas sólo lo suscribió una facción del ELS, encabezada por Mini Minawi , con el gobierno  de Omar al-Bashir. El MJI y otras facciones del ELS no aceptan el acuerdo, argumentando que no existen garantías del desarme de los janjawid ni indemnizaciones para todas las víctimas de violaciones, por lo que son combatidos por las fuerzas armadas del Gobierno, las milicias janjawid y la facción del ELS de Mini Minawi.  En medio la que sufre es  la población civil., sin que pueda hacer nada la Mision de la Unión Africana en Sudán (AMIS), compuesta por unos 7.000 hombres mal equipados y peor pagados. La ONU, a través del Consejo de Seguridad, el pasado 31 de agosto, adoptó la resolución 1706,  para que sean las fuerzas de la ONU las que sustituyan a la AMIS, algo que debería hacerse antes del 31 de diciembre del presente año. Estarían compuestas por unos 17.300 militares, 3.300 polícías y unas unidades de mantenimiento de 2.000 hombres. Mas la respuesta del Presidente de Sudán ha sido contundente: Jamás entregaremos Darfur a las fuerzas internacionales, que nunca se alegrarán de estar en la región que se convertirá en su tumba. Y así podemos entender la expulsión por parte del Gobierno de Sudán del emisario de la ONU en Jartum, el holandés Jan Pronk, por haber realizado determinados comentarios sobre la situación en Darfur. Mientras tanto, sufriendo los de siempre.

   

Cándido Marquesán Millán