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El desempleo: un drama rutinario

                

 

Eurostat acaba de revelar que España ha superado los 6,1 millones de parados, una tasa del 26,6 %, la más alta de los Veintisiete. En cuanto al juvenil  el  57,6%. Estos datos además de rutinarios, son dramáticos. No solo no se reducen sino que se incrementan inexorablemente. Ya no son noticia. Nos hemos acostumbrado. ¿Este calvario tendrá fin algún día? Es lamentable que nuestros gobernantes ya no se sientan obligados a explicarlos. Poco ha, alguien del Ministerio de Trabajo, aparecía en los medios de comunicación para justificarlos, argumentando que era el final de la campaña de la vendimia o del turismo. O cualquier otra razón. Ahora nadie aparece. ¿Qué va a decir? Mas como todo es susceptible de empeorar, lo más grave está por llegar. En los medios de comunicación, más de lo mismo: despedidos 16.000 trabajadores de la banca, 2.800  de Iberia, 900 de TeleMadrid… Los populares nos avisan de la futura reforma de la administración. ¿Qué se esconde tras este eufemismo? Más empleados públicos a la calle. Y tiro porque me toca. ¿Llegaremos a los 7 millones?

¿Ya no hay otra alternativa que el despedir trabajadores en una mala situación económica presente o futura tanto en el sector privado como en el público? Por lo que parece, no. Tampoco requiere mucha imaginación, ni tampoco preparación académica el despedir trabajadores. Eso lo sabe hacer cualquiera. Cuando un empresario “no tiene beneficios o expectativa de ellos”, coge la lista de trabajadores y los más díscolos  a la puta calle. Entraría en la lógica que ante esta dinámica de destrucción de empleo en el sector privado, el público la contrarrestara manteniendo o creando puestos de trabajo. Muy al contrario. Es una auténtica máquina de destrucción masiva de empleo. Con el pretexto de hacer ajustes fiscales, por motivo de la deuda, en buena parte odiosa, se eliminan miles de empleados públicos. Para eso sobran ministros y secretarios de Economía, y sus numerosos asesores. Para ese viaje no se necesita ni media alforja. Eso sabe hacerlo un alumno de 1º de Bachillerato matriculado en Economía. Mas hace ya años que siempre se rompe la cuerda por el punto más débil. Tengo la impresión de que los ejecutores del sector privado y del público de estas draconianas medidas, nunca piensan en que sus efectos recaen sobre personas, que no son simples números en una estadística. Son seres humanos, que tienen unas necesidades básicas, familiares y sociales, no son una mera fuerza de trabajo que se coge o se tira sin contemplaciones.

El paro, su existencia y magnitud es la mayor manifestación del fracaso de las medidas económicas puestas en marcha para salir de este pozo. Es irrelevante, que nuestra constitución diga  que los poderes públicos realizarán una política orientada al pleno empleo. Keynes mostró su convicción en el poder de las ideas, persuadido que se paga un alto precio por las falsas y que las adecuadas  son aquellas que ayudan a resolver  los dos problemas más acuciantes de su tiempo: la pobreza y el desempleo.  Palabras claras.

Lo que parece claro es que el desempleo en España es el mayor problema. No es el déficit. Personalmente lo tengo claro. Mas  para aquellos que no comparten mi opinión les recomendaría la lectura del discurso titulado Empleo y Bienestar, pronunciado por Olof Palme el 3 de abril de 1984 en la Universidad de Harvard. Comenzó haciendo una referencia a otro discurso, el de Bruno Kreisky líder del Partido Socialdemócrata austríaco, en el que este habló del problema del desempleo, que según las previsiones iría in crescendo, y admitió su gran preocupación por un encuentro en Washington con representantes del Banco Mundial y del FMI. El presidente de este último, Jacques de Laroisiere dijo que para consolidar la expansión económica se debían tomar las siguientes medidas: reducir la inflación, disminuir el déficit público, cambios estructurales en la industria, liberalización económica. No dijo nada sobre qué había que hacer para reducir el desempleo. Ni siquiera lo mencionó.

 

            Palme señaló que el primer objetivo de su política era corregir el desempleo por tres razones.  En primer lugar, porque suponía un terrible despilfarro el tener los medios de producción infrautilizados  en todo el mundo, cuando existen muchas necesidades humanas insatisfechas.  En segundo lugar, el desempleo significaba sufrimiento humano, ya que el trabajo está relacionado con valores como la confianza en uno mismo, con la dignidad humana y el sentido de la vida. Por ello, su existencia suponía un incremento de los índices de mortalidad, la mala salud, los suicidios, muchas familias rotas, el incremento de la prostitución... En tercer lugar, porque su expansión masiva suponía una amenaza cierta para la democracia. El desempleo mina el cimiento sobre el que debe levantarse una sociedad democrática. Cuando la gente intenta conseguir un trabajo para integrarse en la sociedad, no hay sitio para ellos, por lo que amargados y desesperados pierden la confianza en la democracia y en  su armazón institucional.

Como acabamos de ver, estas palabras de Palme de hace 20 años no han perdido actualidad. Son muy claras, además de convincentes. El problema estriba en que este tipo de verdades no son expuestas muy a menudo hoy en día. Necesitan ser repetidas, para que no caigan en el olvido. Las comparte cualquier ciudadano dotado con ciertas dosis de sentido común y de solidaridad, aunque no sé  si en este colectivo está  incluida nuestra clase política.

 

Cándido Marquesán Millán

 

 

Evisceración de las clases medias

 

 

Se ha convertido en un tema de estudio por parte de sociólogos la situación de las clases medias en las sociedades occidentales, incluida España. Y están de acuerdo en que han entrado en un nítido deterioro sus condiciones socio-económicas como consecuencia de esta crisis. Cabe citar algunos libros destacados que tratan sobre esta cuestión, de José Félix Tezanos La sociedad dividida del 2004, de Branko Milanovic La era de las desigualdades del 2005, de Massimo Gorgi y Eduardo Narduzzi El fin de la clase media y el nacimiento de la sociedad de bajo coste del 2006, y también numerosos foros y congresos.

No entro en una definición de los componentes y características de las clases medias, ya que sería algo muy prolijo y excedería las líneas de este artículo. No obstante, están dentro de ellas todo un conjunto de profesionales: médicos, ingenieros, abogados, arquitectos, profesores, autónomos, trabajadores del sector servicios, funcionarios, etc. A todos ellos la crisis económica está pegando muy duro, de manera que está disminuyendo a marchas forzadas e implacables su nivel de vida. Lo estamos comprobando, desde autónomos que tienen que cerrar sus negocios o que ven reducidos sus niveles de ingresos; abogados o médicos con menos clientela; muchos trabajadores del sector servicios, unos con sueldos reducidos y otros enviados al paro con unas edades cercanas a los 50 años; funcionarios a los que se reducen sus salarios, se les incrementan horas de trabajo, y también millares de interinos que van al paro. Además soportan un aumento de la imposición directa e indirecta y una brutal reducción de las prestaciones del Estado de bienestar. La gravedad de lo descrito no queda circunscrita a los padres de las "clases medias", sino que también repercute en la situación de sus hijos, muchos de ellos condenados al paro y los afortunados a un empleo en precario, lo que les impide ahora y en el futuro el independizarse, al no poder acceder a una vivienda. Según el poema de Jaime Gil de Biedma "Y la verdad desagradable asoma": nuestros hijos van a vivir peor que nosotros. En definitiva, se ha roto una línea evolutiva basada en la creencia en un progreso permanente al que nos habíamos malacostumbrado, por lo que cada generación viviría mejor que la anterior y peor que la posterior. A muchos padres que contemplamos las crecientes dificultades de nuestros hijos, nos cuesta mucho entender y asumir la condena a esa movilidad social descendente a la que se ven sometidos. Esta situación no entraba dentro de nuestras previsiones, como tampoco en las de ellos, que se sienten justamente defraudados y engañados, al no ver cumplidas las expectativas laborales y de un proyecto de vida que les habíamos prometido. Esta es la cruda y dura realidad, que sorprende mucho más todavía, si consideramos que hasta hace muy poco, los españoles nos identificábamos cada vez más como clase media y cada vez menos como clase obrera, como si fuera motivo de vergüenza el recibir tal denominación.

Las consecuencias de todo lo expuesto es que en muchas personas de esta clase media predominan unos sentimientos diversos: desorientación, al no entender lo que está ocurriendo; miedo aterrador ante el incierto futuro; insolidaridad que propicia el sálvese quien pueda, una fuerte desafección hacia la política y mucha indignación, puesta de manifiesto en las mareas multicolores. Todo ello debería tener un lógico reflejo en el plano político, algo que resulta difícil de predecir. En cualquier caso, lo que parece claro es que el voto moderado de una buena parte de las clases medias hacia opciones políticas conservadoras y centristas ya no está asegurado. O al menos no está tan asegurado como hace unos pocos años, en los que desempeñaban un papel equilibrador y moderador. No obstante, la historia nos puede proporcionar alguna luz. Tal como Ignacio Muro nos describe en un artículo La centrifugación ideológica de las clases medias, Whilhem Reich un analista de la Alemania de los años 30 del siglo XX, en su obra Psicología de masas del fascismo --deberían leerla nuestros dirigentes políticos-- concluyó que las clases medias pueden ser liberales o fascistas según las circunstancias. Tras conectar los efectos de la crisis del 29 y el ascenso de Hitler, deduce tres características específicas de las clases medias: el pavor al descenso social, identificado con el trabajo manual y un futuro peor para sus hijos, se convierte en una fuente inagotable de angustia. Ese miedo rompe cualquier equilibrio que las hacía parecer indiferentes o moderadas. Sometidas a esa presión, desarrollan, y ese es su segundo rasgo, una enorme energía política, una fuerza social más potente y activa en esas circunstancias, que las clases obreras. El tercero es que esa energía entronca con una estructura propensa a pivotar en torno a un núcleo subjetivo de ideales abstractos y morales (nación, familia, dignidad, religión) presentados con coberturas emocionales que pueden ser fuente, también, de intensos rechazos (fobias, rencores y odios).

Ha pasado mucho tiempo desde entonces y las cosas han cambiado. Mas la crisis actual y la del 29 tienen muchos rasgos en común. No deberían caer en saco roto estas advertencias de la historia

 

EL GOBIERNO DE LOS PATRIOTAS

                    

 

 Desde el ámbito de la política con el apoyo incondicional de la academia a muchos españoles nos han querido convencer de que nuestra Transición fue modélica. Un ejemplo del paso sin traumas de una dictadura a una democracia moderna y plenamente consolidada y por ello hoy equiparable a las de países como Reino Unido, Suecia o Dinamarca. Y lo han interiorizado. En relación a la Transición, al haber escrito en este periódico el artículo La Inmaculada Transición, cuestionando esa supuesta perfección, no voy a detenerme. No obstante, si alguno quiere profundizar le recomiendo el libro La Transición contada a nuestros padres. Nocturno de la democracia española de Juan Carlos Monedero. Sí que lo haré al segundo aspecto, el de tener una democracia moderna y consolidada.

 

 

             En un aviso a navegantes despistados y malintencionados quiero dejar claro que todos los casos de corrupción política los condeno con todas mis fuerzas, vengan de donde vengan. Me da igual que sean del PSOE o del PP. Hecha la advertencia, prosigo en mi disertación.

 

Estamos asediados estos días con el caso de corrupción del tesorero del PP, Luis Bárcenas. Todo en el produce una mezcla de asco, hedor y hastío, sentimientos que se acrecientan con el discurrir de los acontecimientos. Se asemeja cada vez más a una fosa séptica. Todo huele a podrido. Los dirigentes populares no solo han perdido el respeto a la ciudadanía, sino que también se la han perdido a sí mismos. Un día nos dicen que “no me consta”, otro “que hay que llegar hasta el fondo, caiga quien caiga”, todo ello aderezado con sus palabras altisonantes de que su gran objetivo es el de la transparencia. Las intervenciones de Dolores de Cospedal y Carlos Floriano para explicar y justificar la situación laboral  en el PP de Bárcenas son tragicómicas, además de ser un insulto a la inteligencia.

 

            Que la publicación de unos papeles en un periódico de tirada nacional, en los que aparece implicada con presuntos sobresueldos la cúpula dirigente del PP, incluido el presidente del Gobierno, producto de unas donaciones ilegales de determinadas empresas, no suponga una intervención contundente y aclaratoria de los citados, y todo se limite exclusivamente a presentar una denuncia, solo puede ser posible en una democracia de chirigota. Si fuera una democracia moderna y consolidada, en el primer instante el presidente de Gobierno, en una conferencia de prensa de verdad ante los medios de comunicación y en el Parlamento, “sede de la soberanía popular” hubiera dado las explicaciones pertinentes. Hemos visto que no ha ocurrido así. Probablemente porque no pueden explicar nada, ya que tienen mucho que ocultar. Podrán decir lo que quieran, podrán presentar todas las querellas o demandas, que quieran, mas lo que no podrán evitar es lo que piensa la gran mayoría de la ciudadanía: que unas empresas pagaban cantidades de dinero al PP, a cambio de beneficiarse con la concesión de obras públicas. Esta es la realidad. El dinero que se han llevado presuntamente Bárcenas y algunos dirigentes populares, no son más que migajas, si los comparamos  con los pingües beneficios de las empresas, que además de quedarse con las obras públicas, estas han soportado un sobrecosto añadido a la cantidad en principio presupuestada, que hemos pagado los ciudadanos con nuestros impuestos. Estas situaciones las hemos visto.  ¿Cómo estos ahora tienen la desfachatez de exigirnos a todos los españoles austeridad para salir de la crisis? Hace falta tener la cara más dura que el cemento armado. Y precisamente nos piden estos  sacrificios estos caballeros que han pretendido darnos lecciones de patriotismo, que además de esquilmar presuntamente los dineros públicos, luego se los llevan a los paraísos fiscales. Son los mismos que nos acusaban de antipatriotas por secundar una huelga contra una reforma laboral que nos devuelve a los trabajadores a la situación de los inicios de la Revolución Industrial, e incluso todavía peor. ¡Vaya patriotismo!  Para estos, patriotismo es sinónimo de patrimonio. Como también el envolverse en la bandera y besarla con pasión, el entonar el himno nacional, el festejar la fiesta del 12 de octubre --sin saber qué se celebra exactamente, si es la Fiesta de la Hispanidad, la de la Raza, de España, de la Virgen del Pilar--, el presenciar desfiles militares, o descorchar botellas de champán con el triunfo de la Roja. Este es un patriotismo muy pobre. Ser patriota es otra cosa. Ser patriota es poner lo público por delante de lo privado. Es querer lo mejor para tu país y tus conciudadanos, lo que se consigue entre otras cosas pagando los impuestos. Así se empieza a ser patriota. Para Maurizio Viroli “patriotismo” es la capacidad de los ciudadanos de comprometerse en la defensa de las libertades y de los derechos de las personas. Es querer que ningún ciudadano, ninguna ciudadana quede expuesto a la miseria ni abandonado a su suerte en tiempos de desventura; que todos tengan exactamente los mismos derechos, los mismos deberes y las mismas libertades y oportunidades, de verdad, sea cual sea su cuna o su sexo; que cada persona esté protegida en sus necesidades elementales; que todo el mundo adquiera tanta cultura, tanta educación y tanta formación como sea posible, para vivir mejor, para ser útiles y para ser difíciles de manipular y someter; que la justicia sea igual para todos, y que las cargas y alivios sociales sean escrupulosamente proporcionales a las posibilidades de cada cual; y que, en caso de duda, nos pongamos siempre de parte de los débiles. Este es el verdadero patriotismo.

 

Cándido Marquesán Millán

 

Democracia y partidos políticos

                                   

 

            Que nuestra democracia está gravemente enferma no es decir nada novedoso. Muchos son los que han contribuido a esta situación lamentable. Entre todos la matamos y ella sola se murió. Entre los más destacados asesinos aparecen los partidos políticos. A estos últimos quiero dedicar las líneas que vienen a continuación.  

 

 El papel de los partidos políticos es fundamental en un sistema democrático.  De acuerdo con el catedrático de la Universidad de Zaragoza, Manuel Rámirez, nuestra Constitución de 1978 los reconoce expresamente. Ni siquiera, en la Constitución de la II República de 1931 encontramos una referencia tan clara a ellos, ya que en su artículo 62 que trata sobre  la composición de la Diputación Permanente de Cortes, se habla de las distintas “fracciones políticas” llamadas a integrarla en función de su fuerza numérica. Sin embargo, en el artículo 6º de nuestra actual Constitución y por primera vez en nuestra historia constitucional, se hace un reconocimiento contundente.

 

Veámoslo:

 

 “Los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política. Su creación y el ejercicio de su actividad son libres dentro del respeto a la Constitución y a la Ley. Su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos.”

 

 

Si se hace un reconocimiento tan explícito de los partidos políticos y de su protagonismo en nuestro texto constitucional es explicable por el contexto internacional Se convirtió en norma que tras la II Guerra Mundial se constitucionalizaran, como en la Constitución  italiana de 1947, la Ley Fundamental de Bonn de 1949 o la francesa de 1948. Mas también los constitucionalistas españoles quisieron darles un papel relevante, visto el  desprestigio que venía de tiempos de la dictadura. Después de haber sido prohibidos, perseguidos y castigados, ahora llegaba el momento de hacerles justicia, que, de acuerdo, con la redacción, eran exaltados. Sea bien recibido tal reconocimiento del que los políticos han hecho un mal uso, como veremos más adelante.

 

 

Retorno al susodicho artículo 6º.  Es de una claridad meridiana. Los partidos políticos sirven para expresar el pluralismo político, aunque este es previo a ellos. Concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política, lo que no excluye que esta misión puede ser compartida con otros grupos que el texto no cita. También sienta el principio de libertad de creación y de actividad, siempre que se respete la Constitución y la Ley. Y por último que su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos.

 

 

Hoy los partidos incumplen nuestro texto constitucional, ya que ni expresan el pluralismo político, ni concurren a la formación de la voluntad popular ni son instrumento fundamental para la participación política, tal como estamos constatando con las manifestaciones masivas en las calles. El Parlamento tiene que estar protegido del pueblo por parte de las Fuerzas del Orden Público. Y en cuanto a que la creación y el ejercicio de su actividad tendrán que ser libres dentro del respeto a la Constitución y a la Ley y que su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos, circunstancia que también la señalan categóricamente, no faltaría más, los estatutos de los diferentes partidos, también se incumple por el aparato de los partidos, pues son sus dirigentes, quienes toman las decisiones marginando a las bases, a las que únicamente recurren para llenar los pabellones deportivos cuando llega un destacado dirigente del partido en las campañas electorales.  Existen muchas agrupaciones en los partidos que no se reúnen nunca. El aparato (en manos de unos pocos, que permanecen largos periodos de tiempo, sin saber cómo ni por qué, ni cuáles son los méritos contraídos), la excesiva burocracia interna, la lucha por el poder en el seno del partido y el culto a la alabanza y la sumisión, son absolutamente incompatibles con la opinión, la sana discrepancia y el debate transparente. Por ello, la renovación de ideas y personas es imposible. Y no lo es porque sus dirigentes tienen auténtico pavor a la "democracia", es decir, al debate de ideas, a permitir las discrepancias, a que el voto sea "libre, igual, directo y secreto" en todas sus elecciones de cargos directivos y de candidatos. La elección no se hace por el mérito ni por los valores éticos del candidato, sino por su capacidad para la sumisión y la obediencia absoluta a los de arriba. Sorprende la pasividad de muchos de sus militantes ante estas circunstancias. Lo que estoy diciendo es lo que todo el mundo piensa y pocos se atreven a decirlo. Y no se atreven a decirlo por temor a ser castigados, por lo que  la libertad de expresión que es un derecho que asiste a todo ciudadano en la vida cotidiana, se le niega a un militante dentro del partido. ¿Pero esto qué es? Cada cual puede ponerle el nombre que le parezca oportuno.  Insisto, no deja de ser sorprendente la falta de coraje de sus militantes ante esta circunstancia. También es cierto que muchos de ellos en los pasillos durante la celebración de sus diferentes congresos se muestran muy críticos con los dirigentes, aunque luego cuando entran al salón  a votar se muestran sumisos y obedientes a las consignas que vienen emanadas desde arriba. Lamentablemente esta es la deriva por la que caminan todos los partidos.  Esta situación no es nueva, ya nos la señaló Robert Michels en su conocida "ley de hierro de la oligarquía" en 1911 en su libro, basado en la dinámica institucional de Partido Socialdemócrata alemán (SPD), Partidos Políticos. Un estudio sociológico de las tendencias oligárquicas en la democracia moderna. La tesis fundamental es que no es posible la lucha obrera sin organización, pero que esta trae consigo especialización de funciones, división del trabajo, y con ellas, burocracia, jerarquía y el gobierno crecientemente oligárquico de una cúpula cada vez menos sometida al control de las bases. Expone cómo y por qué mecanismos los dirigentes políticos del partido tienden a integrarse en el sistema social y económico vigente, en contra de la opinión mayoritaria de las bases; cómo se perpetúan y se reproducen por cooptación; y cómo, finalmente, los de abajo que aspiraban a llegar arriba establecen un relación clientelar con los dirigentes. La conclusión es desoladora, ya que si en el partido de vocación más democrática, como el SPD alemán, se cumple esta "ley de hierro de las oligarquías", entonces tiene que suceder con más intensidad en el resto de partidos. Por ello, la obra de Michels debería ser de obligada lectura para los dirigentes de nuestra clase política.

 

 Por ello, una de las asignaturas pendientes en nuestra joven democracia es la democratización interna de los partidos políticos. Esto es de dominio común. Lo que no deja de de ser contradictorio es que los dirigentes políticos nos obsequien continuamente a los ciudadanos con las excelencias del sistema democrático, y sean ellos precisamente los que menos la pongan en práctica en sus propios partidos. Mas, esta es la teoría, que se incumple sistemáticamente por el aparato de los partidos, lo que podría suponer que todos los partidos políticos fueran situados fuera de la ley, si alguien presentara una denuncia ante los tribunales de justicia por incumplimiento de nuestra Carta Magna. El profesor Ignacio Sotelo acaba de señalar de una manera contundente que como consecuencia de la ausencia de democracia interna en los partidos políticos “Hoy somos conscientes de que el lastre más pesado que arrastramos en nuestra democracia son los partidos políticos, totalmente desconectados de los ciudadanos.

 

Por si no fuera bastante con lo ya expuesto para desacreditar a los partidos políticos, éramos pocos y parió la burra, recientes acontecimientos vinculados con el caso Bárcenas, nos muestran otra lacra, cual es su financiación ilegal por parte del mundo de la gran empresa y la gran banca. En los 90 muchas siglas quedaron con las vergüenzas al aire: Filesa (PSOE), Naseiro (PP), el caso 'Casinos' (CiU) o el 'tragaperras' (PNV), por citar los más sonados. Y en las últimas fechas el caso Gürtel. «Si arañas un poco, en un gran número de casos de corrupción acaba apareciendo la financiación de algún partido político», sentencia Fernando Jiménez, profesor de Derecho Político de la Universidad de Murcia. La constatación cada cierto tiempo de que existen cajas 'b' o incluso 'c', revela uno de los grandes agujeros negros del sistema democrático español: la corrupción metida hasta la médula dentro de las entrañas de los partidos políticos. Estos deberían arrancarla de cuajo de sus estructuras, también tendrían que ser más escrupulosos a la hora de seleccionar para sus listas electorales a determinados individuos, como también el ser contundentes y borrarlos de ellas a aquellos incursos en delitos de corrupción. Tampoco deberían usar la corrupción como arma arrojadiza, y regocijarse cuando aparecen casos en el partido contrincante. Mucho hablar de transparencia, pero para el vecino.

 

Mas los pecados de los partidos políticos no se circunscriben a los problemas ya descritos, que ya son suficientemente graves. Otro problema viene como consecuencia  de la omnipresencia de los partidos políticos en todas las esferas de la vida social, cultural, política, económica, etc. En lugar de limitarse a  ser unos adecuados instrumentos para canalizar las demandas políticas, para facilitar los procesos electorales, los partidos tienen la pretensión y la alcanzan de estar en todas partes en la Universidad, en el Poder Judicial, en las Cajas de Ahorro, en empresas públicas, con el agravante de que a la hora de designar a sus representantes, no  se tiene en cuenta su competencia, sino su sumisión a quien les ha designado. No es de recibo que una sentencia del Tribunal Constitucional sea conocida previamente, en base a que hay unos jueces conservadores y otros progresistas, que han sido nombrados por sus respectivos partidos políticos, a los cuales deben obedecer.

 

Quiero finalizar con un aspecto que me preocupa enormemente, cual es la necesidad de la socialización política, en este caso de transmitir y crear unos valores democráticos en nuestra sociedad, si tenemos en cuenta que nuestra democracia es reciente, si la comparamos con la de otros países europeos, que ya tienen una larga tradición democrática. Existen diversos agentes, como la familia, la escuela, los medios de comunicación para socializar la democracia. Mas, otro agente importantísimo son los partidos políticos. Ustedes mismos, si han llegado hasta aquí, pueden sacar sus propias conclusiones, sobre si ejercen esta función de socialización democrática.

            Por todo lo expuesto es comprensible los resultados que refleja La Encuesta sobre Tendencias Políticas y Electorales que todos los años realiza el Grupo de Estudio sobre Tendencias Sociales (GETS) hecha mediante 1724 encuestas entre las fechas 15 de septiembre y 17 de octubre de 2012, según la cual, en 2012 un 75% de los españoles no tienen ningún interés o un escaso interés por la política. Tendencia que aparece bastante más remarcada en el año 2012 respecto a años anteriores. De igual manera, en 2012 solamente un 18% de la población mayor de edad pertenece a alguna asociación u organización, siendo estas en su mayor parte de carácter cultural, deportivo, benéfico, religioso, o Asociaciones de Padres de Alumnos. Únicamente un 3% pertenece a alguna asociación de carácter político o sindical. Lo cual significa que buena parte de los españoles viven de espaldas a la política. Cada vez en mayor grado. En correspondencia con esta situación, y en gran parte como causa de ella, los datos indican que cada vez  es mayor la falta de confianza que manifiestan los ciudadanos ante diversas instituciones y entidades políticas. Así, en una puntuación de uno a diez, en los últimos años hemos asistido a unas valoraciones que ya eran de por sí bastante críticas (por debajo del 5 como promedio), respecto a los Partidos políticos, el Parlamento, el Gobierno y los Sindicatos. En concreto, las valoraciones más bajas en confianza las merecen los partidos políticos, que han caído de un 3,8 en 2004 a un 2,5 en 2012.

 

 

Cándido Marquesán Millán

 

 

 

 

HISTORIADORES CON COMPROMISO ÉTICO

 

 

 

 

                    

 

 

Acabo de leer el último libro del gran historiador Josep Fontana, colaborador como articulista de este mismo periódico, titulado El futuro es un país extraño. Una reflexión sobre la crisis social del siglo XXI, y como siempre, he encontrado lo que esperaba, lecciones de un maestro de la historiografía. Según sus propias palabras,  esta obra nace de las preocupaciones que le surgieron tras haber concluido su libro anterior  Por el bien del imperio. Una historia del mundo desde 1945,  al apercibirse de que la crisis siguió avanzando, pero de la que no había acabado de ver la trascendencia. En estos momentos, la profundidad del desastre y la evidencia de que se trata de un cambio de larguísima duración, que puede continuar y tener unas consecuencias catastróficas, es una realidad muy clara.

           

Son abundantes los historiadores de relumbrón, que utilizan sus cátedras para ponerse al servicio incondicional de los poderes políticos y económicos dominantes, impartiendo conferencias en esplendorosos salones de entidades financieras, empresariales o políticas; recibiendo encargos para realizar congresos, estudios, publicaciones o artículos para determinados  think tanks, por lo que son recompensados espléndidamente. No es el caso de Fontana. En 1989, con motivo del bicentenario de la Revolución Francesa, desde el Instituto de Morella le invitamos a una mesa redonda, a lo que se prestó siendo catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona. Es un ejemplo de historiador comprometido, sin que la edad-tiene ya 82 años- haya aminorado su espíritu reivindicativo. Sus extraordinarios conocimientos históricos, los utiliza para tratar de entender este dramático presente y buscar alguna salida de este siniestro túnel. Esa es la misión de la Historia: estudiar el pasado, para entender el presente y forjar un futuro mejor.

 

En la misma introducción del libro más reciente, al observar la perdida de los derechos sociales, el empobrecimiento de la gran mayoría y el enriquecimiento de una minoría, el desmantelamiento del Estado de bienestar para beneficio privado, las restricciones de la democracia, nos advierte que deberíamos revisar nuestra concepción de la Historia, como un relato de progreso continuo, para darnos cuenta que estamos en un período regresivo. Los momentos de progreso no han sido propiciados, porque las clases dominantes han tenido unos arrebatos de humanidad o altruismo, muy al contrario, han sido por el miedo a la revolución que les obligó a hacer concesiones. En definitiva, la presión desde abajo de la gran mayoría ha servido para alcanzar unas conquistas sociales. Además estas, con cierta ingenuidad habíamos creído que estaban aseguradas para siempre. Pues observamos que no es así, ya que están siendo dinamitadas, por lo que para recomenzar una nueva etapa de progreso habrá que volver a ganarlas con métodos nuevos, porque las clases dominantes han aprendido a neutralizar los que usábamos hasta hace poco.

 

Sigue diciéndonos que de lo que nos está ocurriendo ahora, aunque ya se inició a mitad de los 70 en el mundo anglosajón, debemos aprender que ninguna conquista social se consigue sin lucha, la cual solo puede alcanzar el éxito, cuando se ha forjado una conciencia colectiva de que no podemos resignarnos ante la injusticia, sino que tenemos que fijar unos objetivos comunes de progreso y luchar por ellos. Para construir esta conciencia es imprescindible la comprensión de la realidad social en la que vivimos, que hoy está oculta por una información proporcionada por unos medios de comunicación en manos de las clases dominantes, que nos imponen una visión única y conformista de la realidad: es la que es y no puede hacerse nada para cambiarla. La derecha ha sido muy hábil en esta tarea, repitiendo tópicos simplistas y mensajes falsos, presentados como verdades absolutas. Como, por ejemplo, el excesivo gasto social en educación, sanidad, o pensiones hace inevitables las políticas de ajustes fiscales, que nos llevarán en volandas al crecimiento económico, con el consiguiente incremento del empleo. Si fuera verdad, ¿qué clase de empleo? Un estudio del F.M.I. sobre 173 casos de austeridad fiscal registrados en los países avanzados entre 1978 y 2009 confirmaba  que las consecuencias fueron mayoritariamente negativas: contracción económica y aumento del paro. Entonces, ¿cómo podemos entender el empecinamiento en estas políticas? Observando el caso de España, Mark Weisbrot opina que la política del gobierno de Rajoy, es debilitar el movimiento obrero como parte de una estrategia a largo plazo para desmantelar el Estado de bienestar, lo cual no tiene nada que ver con resolver la crisis actual ni con reducir el déficit público. La crisis es la excusa para destrozar todo.

 

El deber que debe asumir en estas circunstancias el historiador es el de contribuir a denunciar la mentira de estos análisis tramposos, realizados por auténticos trileros para contribuir, en la medida de sus fuerzas, a reinventar un nuevo futuro, que de momento es un país extraño y desconocido, una vez que han sido barridas las posibilidades de realizar el viejo, surgido en la Ilustración y que alimentó nuestras esperanzas hasta la mitad de los años 70 del siglo XX.

 

Más desigualdad, menos derechos y más represión para que nadie lo cuestione. Este es el ‘extraño’ futuro que el maestro vaticina a no ser que los movimientos de contestación social metan el miedo a los de arriba.

 

Cándido   Marquesán Millán

 

 

 

 

 

Desaparecen las fuentes públicas

Cándido Marquesán Millán | Profesor de Secundaria. Zaragoza
nuevatribuna.es | 22 Marzo 2013 - 13:50 h.

A nivel ideológico en las últimas décadas se ha extendido la idolatría descontrolada y obsesiva hacia el sector privado y, en particular, hacia la privatización. En contrapartida, se ha sembrado la idea de que lo público es sinónimo de ineficacia económica y  de despilfarro de los impuestos de la ciudadanía. De ahí los ataques a los empleados públicos. Esta ideología impone la creencia de que los agentes privados tienden a ser más productivos y eficientes que los públicos y que, por tanto, el Estado debe adelgazarse para ser más eficiente y permitir que el sector privado sea el encargado de generar riqueza. Esta línea de pensamiento ha calado en amplios sectores de la sociedad. De no evitarlo, se va a pasar en menos de 100 años a que el pronóstico de la izquierda revolucionaria de desaparición del Estado lo haga la derecha ultraliberal.

El término privatización es confuso, impreciso y ambiguo. En sentido estricto se entiende por la enajenación o transferencia de propiedad o control del sector público al privado. Sus objetivos según los gurús de la economía: el aumento de la eficiencia, de la competencia en el mercado, mejora de las finanzas públicas, creación de un capitalismo popular, ampliación de los mercados de capitales… Mas el objetivo claro es: hacer negocio. En relación al menor costo de la privatización, numerosos estudios demuestran que cuando se privatiza la prestación de un servicio público hay que pagar, además del coste del mismo, el beneficio del que lo presta. Esto encarecerá su coste, a no ser que la empresa privada tome medidas para rebajarlo, como pagar menos a los trabajadores, reducir personal, o que sea menos cualificado, limitarse a aceptar usuarios que no sean caros o proporcionar solo prestaciones baratas. Esto es de cajón. Que no nos vendan la milonga de que la privatización es para proporcionar un mejor servicio a la ciudadanía

En este contexto, podemos entender que este fenómeno haya alcanzado un gran protagonismo en las últimas décadas, afectando a la mayoría de los países. En España, la primera etapa de las privatizaciones se inició a mediados de los años 80 hasta 1996 con gobiernos socialistas. El principal factor que las impulsó no se basó en motivaciones ideológicas o políticas, sino en restricciones estratégicas, presupuestarias y tecnológicas.  A partir de 1996 con el Gobierno de Aznar, las privatizaciones formando parte del programa electoral, planificándose como un programa gubernamental completo, se vendieron las empresas más rentables y los objetivos políticos fueron tan importantes o más que los económicos. Así las joyas de la corona de nuestras empresas públicas fueron vendidas como Seat, Repsol, Endesa, Telefónica, Gas Natural… El holding de la banca pública Argentaria, privatizado entre 1993 y 1998, se fusionó en 1999 con el BBV. ¡Qué bien nos vendría ahora una banca pública para financiar nuestra deuda!

La ciudadanía permaneció impasible ante la pérdida de todo este patrimonio colectivo. Hoy nos queda poca empresa pública atractiva para el capital privado. No obstante, están pendientes de este proceso Las  Loterías y Apuestas del Estado, los Paradores….  Mas, según Mariano Fernández Enguita, como el capitalismo es extraordinariamente voraz, el actual asalto está dirigido, ya lo estamos constatando, hacia los servicios públicos del Estado del Bienestar, entre otros  en educación, sanidad, y dependencia, con una demanda cada vez más creciente ya que la sociedad se ha acostumbrado y no sabría renunciar a ellos, tanto  es así que se han considerado como derechos. Hay capitales abundantes con unos mercados cautivos y muy prometedores. Pero todavía más.  Además de capitales ávidos, las políticas de privatización cuentan también con consumidores deseosos y contribuyentes bien dispuestos. Como la universalización de estos servicios genera quejas al no poder ser atendidas todas las demandas, como las listas de espera en el sector sanitario, esto provoca una disposición creciente hacia la oferta privada. Por otra parte, cuando una prestación que era antes un privilegio se generaliza, las anteriores clases privilegiadas buscan diferenciarse de nuevo accediendo a niveles superiores (más educación o más sanidad) o a tipos distintos (mejor u otra educación o sanidad). El diferenciarse no solo lo pretenden los que quieren conservar sus privilegios, sino también los que intentan acceder a ellos por primera vez. La educación y la sanidad privadas se pueden convertir en un símbolo de esta diferenciación. Por todo ello, se abre un mercado inmenso al capital en el ámbito de los servicios públicos.

Mas como la voracidad de determinados empresarios del sector privado es inagotable, perdón emprendedores, auténticos tiburones a la caza y captura de presas fáciles y desprevenidas, ahora mismo acabó de leer el artículo Los montes públicos, ¿a la venta? de Josefina Gómez Mendoza en el que nos advierte “Parece que les ha llegado la hora de la privatización a los montes, a la naturaleza en suma. La Comunidad de Castilla-La Mancha parece dispuesta a emprender la venta de los montes de utilidad pública (MUP) que en principio son inalienables, imprescriptibles e inembargables, como establece la Constitución (artículo 132) y la ley de montes vigente. Y además el Estado, a través de su Administración forestal, ha invertido mucho esfuerzo en hacer los catálogos que los incluyen y los protegen. Se dice que empezarán las ventas por cuatro MUP de Toledo: el Dehesón del Encinar de Oropesa al pie de Gredos, la Nava de Don Diego en los Navalucillos —muy cerca de Cabañeros— y Quinto de Don Pedro y Cardeñosa en los Yébenes. Para la pluriempleada Dolores de Cospedal  la excusa es el corregir el déficit público, para lo que hay que conseguir ingresos, y así, se garantizará a los ciudadanos de Castilla La Mancha los servicios básicos del Estado de bienestar.  Y luego les quiere convencer, aunque tampoco les importa mucho a los dirigentes populares el conseguir tal objetivo.

Si esto no lo detenemos, pronto veremos la privatización del Museo del Prado, el Monasterio de El Escorial y el Parque Nacional de Ordesa.  Tiempo al tiempo. Allí donde hay negocio, el sector privado entra en tromba. No sé si la ciudadanía española es consciente de las secuelas de esta deriva privatizadora, en la que todo está en venta. Para advertencia de algún despistado le pongo una cita del ya desaparecido Tony Judt extraída de su libro Pensar el siglo XX:

“El agua constituye un ejemplo particularmente llamativo para mí, porque muestra hasta qué punto puede degenerar la civilización y no obstante creer que se avanza haciéndolo todo privado. La ética de que si entras en un sitio y pides un vaso de agua te lo deberían dar ha quedado añeja. Y la versión moderna de esto, que durante casi toda mi vida ha prevalecido en este país, era que había fuentes en lugares públicos. Unas fuentes que poco a poco van desapareciendo".  Yo quiero añadir que también los urinarios públicos, por lo que hoy si quieres satisfacer tus necesidades fisiológicas, tienes que pagar.

Al  respecto parece muy oportuna la reflexión de Ugo Mattei en su artículo Límite a las privatizaciones. Cómo frenar el saqueo de los bienes comunes, aparecido  recientemente en Le Monde Diplomatique, en el que  plantea la necesidad de proteger la propiedad colectiva, y más todavía ahora que los gobiernos se deshacen de los servicios públicos y privatizan el patrimonio colectivo para equilibrar los presupuestos; ya que toda privatización decidida por la autoridad pública –representada por el gobierno de turno– priva a cada ciudadano de su cuota de bien común, exactamente como en el caso de una expropiación de un bien privado. Pero con una diferencia sustancial: la tradición constitucional liberal protege al propietario privado del Estado, con la indemnización por expropiación, mientras que ninguna disposición jurídica –y menos aún constitucional– ofrece ninguna protección cuando el Estado neoliberal traslada al sector privado los bienes de la colectividad. Debido a la evolución actual de la relación de fuerzas entre los Estados y las grandes empresas transnacionales, esta asimetría representa un anacronismo jurídico y político.

En un aviso a navegantes, Tony Judt en su libro Algo va mal nos señala que Edmund Burke en sus Reflexiones sobre la Revolución Francesa ya nos advirtió “Toda sociedad que destruye el tejido de su Estado no tarda en desintegrarse en el polvo y las cenizas de la individualidad. Al eviscerar los servicios públicos y reducirlos a una red de proveedores subcontratados hemos empezado a desmantelar el tejido del Estado. En cuanto al polvo y las cenizas de la individualidad, a lo que más se parece es a la guerra de todos contra todos de la que hablaba Hobbes.”

ESTO TIENE QUE REVENTAR


Que estamos inmersos en unos momentos de hegemonía ideológica según la concepción de Gramcsi, de la derecha neoliberal en Europa y en España, no es decir nada nuevo. Esa derecha domina y controla el contenido y la forma de los mensajes políticos. En cuanto al primer aspecto, ahí están ya asumidos conceptos como: control del déficit público, predominio de la privatización y sacralización del mercado frente a la ineficacia del sector público, desprestigio de los empleados públicos, desregulación de las relaciones laborales, inutilidad de los sindicatos, renuncia al progreso humano. En cuanto a la forma, es muy hábil en el uso de las palabras, plenamente consciente de que para controlar las mentes ajenas, una de las mejores herramientas es el lenguaje. Según Maeder, H. "Todo el que pretenda imponer su dominio, incluido el político, al hombre, ha de apoderarse de su lenguaje". Alguien señaló con muy buen criterio, "ya que no podemos cambiar el mundo, cambiemos al menos de conversación o de lenguaje". Como señala Juan Carlos Monedero en su libro El gobierno de las palabras. Política para tiempos de confusión desde los poderes establecidos las palabras nos han sido hurtadas, los significados han sido violentados, los discursos han sido encanallados, desde determinados Think tanks que además aparecen recubiertos con el disfraz de honorabilidad, debido al prestigio que siempre rodea al saber. Por ello, el capitalismo es un vocablo que ha desaparecido casi por completo, sustituido por economía de mercado. Si se habla de socialismo es casi siempre para mal: obsoleto, caduco, cuando no negador de la libertad. A los empresarios de siempre se les denomina hoy emprendedores. Tal como indica en un artículo Capitalismo Mon Amour: Más allá de Wert Enrique Javier Díez Gutiérrez “La reforma educativa del ministro Wert ha optado por convertir el “emprendimiento” en un programa estrella que se trabajará en todas las áreas en la ESO. Elimina los contenidos referidos a los derechos humanos y la igualdad de la asignatura Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos, sustituyéndolos por la defensa de la iniciativa económica privada en la generación de riqueza y el fomento del espíritu emprendedor con su nueva asignatura Educación Cívica. Hemos pasado así de aquellas transversales de “educación para la igualdad”, “educación para la convivencia”, etc., a estas nuevas transversales de “educación para el beneficio” y “educación para la especulación”. A los recortes brutales en servicios básicos fundamentales en educación, sanidad y asistencia social en Castilla la Mancha, su Presidenta la de “no me consta” los llamó "Plan de Garantía de los Servicios Sociales Básicos". Al copago sanitario se le llama ticket moderador. La Reforma Laboral contribuirá a la creación de empleo cuando la economía se recupere, aumentará la flexibilidad interna para evitar despidos, y actuará contra la precariedad laboral. La vergonzosa amnistía fiscal del ínclito Cristóbal Montoro para una banda de chorizos y que además alardean de patriotas, se denomina "proceso de regularización de activos ocultos". El ejercicio de un derecho constitucional, como es de la huelga es calificado como antiespañol. Todos estos mensajes edulcorados en el envoltorio acaramelado de Súmate al cambio. En los actos conmemorativos de la Constitución de Cádiz, el Presidente del Gobierno nos obsequió con estas palabras "Los constitucionalistas gaditanos nos enseñaron que en tiempos de crisis no hay que tener miedo a hacer reformas, sino que hay que tener la decisión y la valentía de hacerlas. Fue así como el espíritu reformista se alzó frente al inmovilismo y a la resignación en estas tierras andaluzas. Gracias a su decisión e iniciativa, la reforma trajo el cambio. Y hoy, como entonces, el cambio es la reforma." ¡Qué manera de tergiversar y retorcer la historia con fines espurios! ¡Qué cinismo! Quienes no nos sumamos al cambio corremos el riesgo de ser equiparables al Fernando VII que dinamitó todas las reformas de los diputados gaditanos.
En definitiva, relatos al servicio de modelos que sirven para la reproducción del marco existente, para la creación de una actitud conformista, herramienta de intereses particulares presentados como intereses generales e "instrumento de la mentira de Estado y del control de las opiniones". Ese es el principal estigma de nuestra época. Nunca fue tan eficiente el gobierno de las palabras. En definitiva, un increíble atraco al imaginario. Tampoco es nada nuevo, ya lo dijo Carlos Marx en La Ideología alemana: "En efecto, cada nueva clase dominante se ve obligada, para poder sacar adelante los fines que persigue, a presentar su propio interés como el interés común de todos los miembros de la sociedad, es decir, a presentar estas ideas como las únicas racionales y dotadas de vigencia absoluta".
Estas ideas con determinadas palabras las repiten una y otra vez. La mejor forma de inculcar una idea en las mentes ajenas es repetirla hasta la saciedad. Lo repetido aburre, hace bajar la guardia y diluye el sentido crítico. Por otro lado, lo repetido se memoriza fácilmente y se vuelve familiar, y lo familiar, aunque sea perverso, siempre proporciona la sensación de seguridad. Lo cierto es que han conseguido su objetivo. ¿Cómo? La respuesta es clara. Hoy la derecha, tal como señala Boaventura de Sousa Santos "Tiene a su disposición a todos los intelectuales orgánicos del capital financiero, de las asociaciones empresariales, de las instituciones multilaterales, de los think tanks y de los grupos de presión, que le proporcionan a diario datos e interpretaciones que no son siempre faltos de rigor y siempre interpretan la realidad llevando el agua a su molino". Hoy en día, circula por el mundo una ola de informaciones y análisis que podrían tener una importancia decisiva para repensar y refundar las izquierdas tras el doble colapso de la socialdemocracia y el socialismo real. El desequilibrio entre las izquierdas y la derecha en relación con el conocimiento estratégico del mundo es hoy mayor que nunca. Así ha pasado lo que tenía que pasar. José Saramago, escribió unas breves líneas y contundentes, y que para todos aquellos que sean, además de llamarse, de izquierdas, deberían servir de profunda reflexión: Otras veces me he preguntado dónde está la izquierda, y hoy tengo la respuesta: por ahí, humillada, contando los míseros votos recogidos y buscando explicaciones al hecho de ser tan pocos. Lo que llegó a ser, en el pasado, una de las mayores esperanzas de la humanidad…, asemejándose más y más a los adversarios y a los enemigos, como si esa fuese la única manera de hacerse aceptar….Al deslizarse progresivamente hacia el centro, movimiento proclamado por sus promotores como demostración de una genialidad táctica y de una modernidad imparable, la izquierda parece no haber comprendido que se estaba aproximando a la derecha. Si, pese a todo, fuera todavía capaz de aprender una lección, ésta que acaba de recibir viendo a la derecha pasarle por delante en toda Europa, tendrá que interrogarse acerca de las causas profundas del distanciamiento indiferente de sus fuentes naturales de influencia, los pobres, los necesitados, y también los soñadores, que siguen confiando en lo que resta de sus propuestas. No es posible votar a la izquierda si la izquierda ha dejado de existir…

Esta crisis que está generando tanto daño en tantas personas, mientras que unas pocas amasan grandes beneficios, debería ser una adecuada oportunidad para empezar a cambiar las cosas. Según Josep Ramoneda "La impunidad de los que han provocado esta crisis es tan vergonzosa que es difícil de entender la ausencia de reacción salvo que el virus de la indiferencia se haya impuesto definitivamente y nos haya narcotizado para siempre". Desde el pensamiento, contra el totalitarismo de la indiferencia no queda otra opción que recuperar la razón crítica, aunque siempre ha resultado incómoda para el poder, por lo que la clase política tiene especial cuidado en fomentar la ignorancia. En la misma línea me parece de gran actualidad el texto de Antonio Gramsci de 1917 Odio a los indiferentes, que supone un aldabonazo a las conciencias dormidas:
“Odio a los indiferentes. Vivir quiere decir tomar partido. Quien verdaderamente vive, no puede dejar de ser ciudadano. La indiferencia y la abulia son parasitismo, son bellaquería, no vida. La indiferencia es el peso muerto de la historia. Tuerce programas, y arruina los planes mejor concebidos. Algunos lloriquean piadosamente, otros blasfeman obscenamente, pero nadie o muy pocos se preguntan: ¿si hubiera tratado de hacer valer mi voluntad, habría pasado lo que ha pasado? Odio a los indiferentes porque me fastidia su lloriqueo de eternos inocentes. Pido cuentas a cada uno de ellos: cómo han acometido la tarea que la vida les ha puesto y les pone diariamente, qué han hecho, y especialmente, qué no han hecho.”
Para superar la indeferencia el mejor antídoto es la cultura, propiciada entre otros factores por el hábito de lectura, lo que permite fomentar esa capacidad crítica, cada vez menos presente en esta sociedad. Groucho Marx lo expresa muy bien: "Encuentro la televisión muy educativa. Cada vez que alguien la enciende, me retiro a otra habitación y leo un libro". No conviene, en cualquier caso, perder la esperanza. Como alguien dijo alguna vez: es posible engañar a algunos durante mucho tiempo, a todos durante un tiempo, pero no se puede engañar a todos todo el tiempo.
Afortunadamente la indiferencia de la que hablaba hace poco Ramoneda se está quebrando, tal como acabamos de contemplar con las mareas multicolores que se han desplegado este fin de semana por las calles y las plazas de muchas ciudades españolas. Me parece muy oportuna y grave la siguiente reflexión de Boaventura de Sousa Santos “Estas nuevas movilizaciones y militancias políticas por causas históricamente pertenecientes a las izquierdas se están realizando sin ninguna referencia a ellas (con excepción, tal vez, de la tradición anarquista) e incluso, muchas veces, en oposición a ellas. Esto no puede dejar de suscitar una profunda reflexión. ¿Se está haciendo esta reflexión? Tengo razones para creer que no y la prueba de ello está en los intentos de captar, educar, minimizar o ignorar a la nueva militancia”. ¿Qué más tiene que ocurrir para que las izquierdas políticas y sindicales se unan de una puñetera vez? Mas a pesar de estas izquierdas, algo está cambiando. Mas no es suficiente. Según Paco Roda, profesor de la Universidad Pública de Navarra, en un extraordinario artículo Aguanta o Revienta, sí, hay manifestaciones, protestas varias, cabreos generalizados, encierros, caceroladas y convocatorias de todos los colores. Incluso la conciencia social ha despertado del letargo posmodernista. Cierto. Todo se sabe, todo está dicho sobre la desdicha de este presente inmundo: millones de parados, recortes crueles, sueldos, pensiones y subsidios de saldo; muertes, EREs y suicidios por desahucios... Sabemos lo que pasa y por qué nos pasa. Sabemos la verdad más íntima de este escandaloso funcionamiento del mundo. Y sin embargo algo, en lo más profundo de nuestra luminosidad, nos impide hallar la luz. Y ustedes se preguntarán cuándo despertaremos, hasta cuándo, hasta dónde vamos a aguantar tantas líneas rojas sobresaltadas. Rajoy, la Merkel parecen estar muy seguros de que todo está bajo control. Salvo que un día, una chispa, provoque un gran incendio, algo no descartable y muy previsible, ya que material potencialmente inflamable hay suficiente acumulado. La historia es incontrolable y quizás entonces el rumbo gire bruscamente.


Cándido Marquesán Millán

NECESIDAD DE LA REFORMA DE LA LEY ELECTORAL

          

 

 

Hace unos días redacté un artículo titulado   ¿Hemos tenido alguna vez democracia en España? La respuesta estaba implícita en la misma pregunta. Entre las razones que aduje para justificar mi argumentación, era la existencia de una Ley electoral, establecida en la Transición, que propiciaba un sistema electoral injusto y muy poco proporcional, con el objetivo de que funcionase como un filtro para que determinadas fuerzas políticas no llegaran a las instituciones y si lo conseguían con una representación muy inferior a su fuerza real.

Que es necesaria la reforma de la ley electoral actual, es una obviedad. Unos datos nos los demuestran de una manera contundente. En las elecciones generales de 2008 con 963.000 votos IU obtuvo dos escaños, y CIU con 774.000 once; y con 303.00 el PNV tuvo seis y UPyD sólo uno.   En las elecciones generales del 20-N más de lo mismo. El PP con el 44,62% de los votos, tiene el 53,4% de los diputados. El PSOE con el 28,73% de los votos tiene el 31,4 de los diputados. Los grandes beneficiados de la actual ley electoral han sido y siguen siéndolo PSOE y PP con los partidos nacionalistas.

Para entender el tema en cuestión conviene mirar por el retrovisor a nuestro pasado.   Según los profesores Montserrat Baras y Juan Botella, la convocatoria a Cortes formulada en 1810 por la Junta Central constituye la primera norma electoral española. En la Constitución de 1812 se estableció el sufragio universal masculino, aunque indirecto. Entre 1834 y 1868 estuvo vigente el sufragio censitario, solo podían votar determinadas personas según rentas o categorías profesionales, sin que se llegase en ningún momento a un 5% el número de electores. Con la “gloriosa revolución” de 1868 se instauró el sufragio universal masculino y la reducción de la mayoría de edad a 21 años, por lo que algo más de la cuarta parte de los españoles fueron electores. Con la Restauración borbónica se produjo un paréntesis, ya que Cánovas del Castillo se mostró contrario al sufragio universal, y con el liberal Sagasta se reintrodujo en 1890. No obstante, en este período fue falseado de una manera sistemática, tal como reflejan los nombres de caciques, pucherazos v cuneros. En 1907 la Ley Maura supuso un intento fallido de mejorar y racionalizar el sistema electoral, uno de sus artículos más famosos era el 29, que establecía que en aquellos distritos en el que concurriesen tantos candidatos como escaños a cubrir, la elección no tendría lugar y el candidato era electo.  Con la llegada de la II República se generalizó la circunscripción plurinominal en el ámbito provincial y, en su caso, las capitales de provincia-que superasen los 100.000 habitantes- formaban una circunscripción independiente, como por ejemplo la ciudad de Zaragoza. El Decreto de 1931 mantuvo el sufragio mayoritario limitado: eran elegidos los más votados con un número mínimo de votos; se podía votar a candidatos de las diversas candidaturas; se podía votar sólo por un número máximo de candidatos, en torno a los dos terceras partes del número de escaños a cubrir, para que las minorías estuvieran representadas. La Constitución republicana convalidó el Decreto con la única modificación de dar el voto a las mujeres, que pudieron ejercerlo por primera vez en 1933. La legislación electoral republicana mejoró la representatividad, propiciando el pluripartidismo y la fragmentación parlamentaria, lo que dificultó la gobernabilidad. En las Cortes de 1931 y 1933 hubo representantes de más de 20 partidos; en las de 1936, fueron alrededor de 18. El partido con más escaños en cada una de las tres elecciones republicanas tenía en 1931 y 1933 algo menos del 25%; en 1936, su peso era del 21%. Además, la fórmula mayoritaria de lista producía grandes cambios pendulares en electorado. La izquierda tenía en 1931 el 62% de los diputados; en 1933 el 21%, y en febrero de 1936 el 56%. La derecha en las mismas fechas tuvo el 9%, el 45% y el 30%.  La consecuencia fueron los continuos cambios de gobierno, en el período de paz hubo 17, con una media de duración de 4 meses. Como conclusión, si la legislación electoral republicana cumplió muy bien las funciones de la representación, no servía para garantizar la gobernabilidad que no contribuyó a la consolidación del régimen republicano. Esta situación era perceptible a la salida del franquismo y en la transición democrática. El Real Decreto-Ley de marzo de 1977, que estableció las normas para las primeras elecciones libres- que en lo fundamental se ha mantenido en la legislación electoral posterior- no fue negociado entre la oposición democrática y el gobierno procedente del franquismo. La oposición tenía bastante con alcanzar su legalización, y el gobierno de Adolfo Suárez pudo definir con total libertad las reglas de juego. Había incertidumbre sobre las preferencias electorales de los españoles, por lo que no se tenía claro cuál era el mejor mecanismo electoral. A pesar de su afirmación proporcional, el escaso número de escaños a cubrir en la mayoría de las provincias, le daba al sistema un carácter en la práctica mayoritario. Por otra parte, la asignación de diputados a las provincias primaba a las menos pobladas, previsiblemente más moderadas y progubernamentales. Además los senadores de designación real era una fuente de seguridad frente a unos resultados favorables a la oposición. Lo que se pretendía en definitiva era evitar el multipartidismo excesivo y favorecer las candidaturas gubernamentales, y asegurar una representación limitada a las fuerzas de la oposición antifranquista. Prevaleció la gobernabilidad en detrimento de la representatividad. Y como he señalado la legislación electoral posterior no introdujo ningún cambio sustancial al Decreto que reguló las primeras elecciones democráticas de 1977. Además, el derecho electoral es siempre conservador, y aquellas fuerzas políticas que de él se han beneficiado y lo siguen haciendo, que les ha permitido ganar las elecciones o tener una  representación política muy superior a su fuerza real, como es entendible ni lo cambian ni lo cambiarán. Por tanto, estimo que si las instituciones políticas existentes no sirven para dar respuesta a las aspiraciones de amplios sectores de la ciudadanía, como es una reforma de la legislación electoral vigente para que la ciudadanía esté representada en función de su fuerza real, una sociedad democráticamente sana puede y debe mostrar su protesta y su indignación en la calle. La historia nos enseña que si en la sociedad democrática no se produjeran estas oleadas de movilización por causas justas no habría democratización, es decir, no habría la presión necesaria para hacer efectivos derechos reconocidos constitucionalmente, ni la fuerza e imaginación para crear otros nuevos". Todo esto les resulta difícil de entender a nuestros representantes políticos. Con frecuencia, las sociedades se incomodan con los movimientos y aún los consideran peligrosos y nocivos. Solo cuando triunfan reconocen sus bondades e integran sus conquistas a la cultura e institucionalidad vigentes. Ardua tarea, a veces se necesitan siglos para alcanzar algunos derechos: jornada laboral de 8 horas, descanso dominical, sufragio universal, igualdad entre hombre mujer. En definitiva, con movilizaciones se han civilizado y avanzado las sociedades que hoy conocemos como modernas y democráticas. Según Boaventura de Sousa Santos "Los momentos más creativos de la democracia rara vez ocurrieron en las sedes de los parlamentos". Ocurrieron en las calles, donde los ciudadanos indignados forzaron los cambios de régimen o la ampliación de las agendas políticas.

 

Cándido Marquesán Millán