Cándido Marquesán Millán
Érase un país, al que durante una larga noche de piedra le contaron que debajo de los adoquines había arena de playa. Y llegó el gran día, aunque pusilánimes esperaron y consintieron que el Funeralísimo muriera en su propia cama. Y casi todos en una explosión de alegría e ingenuidad, se creyeron su participación plena en un modélico proceso de tránsito de una época de represión, muerte y miseria a otra de libertad, vida y opulencia, por lo que ya podían hasta dar lecciones al mundo. Mas, por el camino hubo además de amnistía, amnesia, y por ello desconocimiento y falta de reconocimiento a muchos de sus compatriotas que sacrificaron sus vidas en el altar de la libertad y cuyos cadáveres siguen esparcidos en las cunetas de cualquier carretera comarcal o en malolientes basureros a las afueras de no pocos pueblos, al ser masacrados cruelmente por auténticos criminales, que se autoproclamaron patriotas de postín con la bendición de jerarcas purpurados, y que envilecieron la religión que decían representar.
Pasaron los años y muy pocos tuvieron la audacia de cuestionar esta gran mentira, y quienes tuvieron la osadía de escapar de este redil marcado a fuego, fueron sometidos a ataques furibundos desde sectores muy poderosos del ámbito político, económico y académico; siendo acusados de poner en grave peligro una pacífica y consensuada convivencia, producto del esfuerzo de la gran mayoría, que plenamente consciente de su traumático y fratricida pasado, en un acto de ejemplar generosidad había decidido no volver a cometer los mismos errores. Casi todos, mantuvieron firme esta creencia, que parecía estar profundamente arraigada. Mas, con la llegada de una fuerte tormenta producto de la explosión de una grandiosa burbuja, ese edificio que parecía tan firme y consolidado comenzó a resquebrajarse, por lo que es muy posible su estruendoso derrumbe, al estar construido con podridos, averiados y oxidados materiales.
Creyeron que la Carta Magna, había sido producto del consenso de las principales fuerzas políticas, y que sería respetada y aplicada tanto en su parte orgánica, como en la referente a los derechos humanos. Ilusiones fallidas. Por ello, la fiesta que con gran parafernalia y boato los gerifaltes de la política celebran anualmente para conmemorarla y festejarla, es una burla cruel a toda la ciudadanía.
Quien, les dijeron, había sido el gran artífice de nuestra transición, ha quedado desnudo con sus vergüenzas al aíre. Ni condenó al cruel dictador a quien debía su poder. Ni tampoco su trayectoria ha sido tan ejemplar, como les hicieron creer de una manera interesada desde determinadas y poderosas instancias políticas, económicas y académicas. Al desaparecer en parte el blindaje mediático, han constatado que su conducta es la misma que la de sus ancestros familiares: libertinaje, corrupción, insensibilidad hacia los débiles, falta de transparencia y de ejemplaridad pública. Por ende, está perdiendo la confianza de la ciudadanía a raudales, y si no fuera por el blindaje constitucional y si se permitiera a la ciudadanía opinar sobre su permanencia, es muy factible que fuera despojado de su cargo.
Todos pensaron que, por fin, serían dueños de su propia historia, y que podrían expresar sus aspiraciones, sirviéndose del ejercicio del voto, al que estaban poco acostumbrados. Que sus representantes electos las tendrían en cuenta en su actuación política. Mas sus deseos fueron defraudados. Un presidente de gobierno, que hace de la mentira virtud, que al día siguiente de las elecciones olvida sus promesas hechas a los electores al estar más pendiente de los mandatos de determinadas instituciones que nadie ha elegido; que cobarde sus acciones políticas las explica en un plasma, que ha permitido por error u omisión una corrupción pestilente en su propio partido, está totalmente desacreditado y deslegitimado. Por tanto, si tuvieran un régimen democrático de verdad, no una pantomima, debería dimitir, aunque solo fuera por dignidad y por respeto a sí mismo y al resto de los españoles.
Igualmente estuvieron convencidos de que en la carrera de San Jerónimo estaría el Sancta Sanctorum de la democracia, la sede de la soberanía popular. Mas están constatando dramáticamente en fechas recientes que ese lugar, tiene que estar protegido de la ciudadanía a quien debería representar con empalizadas y cientos de policías. ¡Vaya soberanía popular!
Que la justicia emanaría del pueblo y se administraría por Jueces y Magistrados integrantes del poder judicial, independientes, inamovibles, responsables y sometidos únicamente al imperio de la ley, y ante ella que todos los españoles serían iguales, se convirtió en opinión generalizada y asumida. Mas, recientes acontecimientos han arrumbado cruelmente esta creencia. Un Juez con una trayectoria impecable y ejemplar de lucha contra el narcotráfico, el terrorismo, la corrupción y la dictadura fascista expulsado sin contemplaciones de la carrera judicial, merced a la denuncia de una organización de extrema derecha. Surrealista. Pero ha pasado el tiempo y la verdad desagradable asoma: la justicia se administra como siempre, con criterios en lo que más importante es el poder, el dinero o la sangre azul.
Que después de haber estado perseguidos, los partidos políticos expresarían el pluralismo político, serían el instrumento fundamental para la participación política y que su estructura interna y funcionamiento serían democráticos. Vana ilusión. En cambio, se parecen cada vez a una casa cerrada habitada por unos extraterrestres, en la que se respira un aire corrupto, sin que a sus dirigentes les importe en absoluto el desencanto generalizado hacia ellos.
Que unas élites del mundo de la gran banca y de la gran empresa serían la vanguardia de su desarrollo económico. Fallida ilusión. Muy al contrario, impulsadas exclusivamente por los intereses económicos, alejadas de cualquier planteamiento ético, no les importa que a sus compatriotas se les esté arrebatando a dentelladas el incipiente y tardío Estado de bienestar, mientras depositan sus pingües beneficios en Paraísos Fiscales, mejor dicho, cuevas de ladrones. Y además hipócritamente pretenden darles todos los días lecciones de patriotismo.
De verdad, todos aquellos que conocieron y padecieron la dictadura, al final del camino han sufrido un brutal desencanto, al comprobar que tras tanta barricada y tras tanto puño en alto y tanta sangre derramada, al final de la partida no pudieron hacer nada, y bajo los adoquines no había arena de playa. Y al final como dijo el poeta: De todas las historias de la Historia la más triste sin duda es la de España porque termina mal. Como si el hombre, harto ya de luchar con sus demonios, decidiese encargarles el gobierno y la administración de su pobreza.
Por ello, la pregunta que se hizo el político de más categoría en toda nuestra triste historia y cuyos restos todavía permanecen vergonzosamente desterrados, en una conferencia pronunciada un 4 de febrero de 1911 en la Casa del Pueblo de su ciudad natal, titulada El problema español sigue vigente: ¿Vamos a consentir que la inmensa manada de vividores, de los advenedizos manchados de cieno usurpe la representación de un pueblo y lo destroce para saciar su codicia?
Realmente la actuación de Ana Botella al frente de la corporación municipal de Madrid resulta tragicómica. Todos conocemos sus méritos contraídos para ir en esa lista municipal. Luego su llegada a la alcaldía fue producto del vergonzoso abandono de Gallardón que faltando al respeto a todos los madrileños que le habían votado, prefirió un sillón ministerial. Parece ético el permanecer en un puesto público y durante el tiempo de duración, si has sido elegido por los ciudadanos. Mas hace ya tiempo que nuestra clase política ha olvidado el significado de la ética.Esta señora en el período que dirige el Ayuntamiento de Madrid tiene en su debe actuaciones lamentables. Sobre la tragedia de Madrid Arena alguna responsabilidad tendrá la máxima autoridad.
Se ha extendido como un auténtico tsunami en estos años recientes, merced a numerosos y poderosos medios de comunicación, la idea de que siempre que la izquierda alcanza el gobierno en nuestra historia nos lleva al desastre y que, gracias a Dios, la derecha impregnada de ese espíritu patriótico, se muestra sacrificada y dispuesta para sacarnos del pozo y llevarnos al Paraíso Terrenal. Tanto la Revolución Liberal (1808-1814) y el Trienio Liberal (1820-1823) fueron una auténtica debacle, de la que nos sacó el gran Fernando VII. El Sexenio Democrático (1868-1874) fue un auténtico caos, pero allí estaba la monarquía borbónica y Cánovas del Castillo para corregir tal desastre. La II República todavía fue peor, ya que originó la Guerra Civil, mas allí estaban los militares para salvar a la patria.
La encuesta “Barómetro de confianza institucional” de Metroscopia, con datos recogidos entre el 15 de junio y el 15 de julio de 2013, sobre España, Francia, Italia y los Estados Unidos, muestra unos datos que por previstos no dejan de ser interesantes y aleccionadores, y que me propician algunas reflexiones, no exentas de una lógica indignación. Si hace unos meses podía sentirme profundamente cabreado, nuevas e injustas acciones políticas de nuestra clase dirigente realizadas desde el verano hasta hoy incrementan mi malestar.En la citada encuesta, en cuanto a las instituciones políticas, la desconfianza ciudadana es muy grande. La Jefatura del Estado en España es valorada positivamente por el 50%, mientras que es inferior en Italia, Estados Unidos y Francia, respectivamente el 45%, 36% y 31%. En nuestro caso sorprende con los últimos acontecimientos de la Monarquía, que todavía la mitad la valoren positivamente, aunque explicable por el blindaje político y mediático con el que está protegida.
Una de las cuestiones de actualidad a nivel político, social y mediático es la conveniencia de una reforma de nuestra Carta Magna, ya que el proceso de su elaboración estuvo supervisado por determinados poderes fácticos anclados con la dictadura, que impusieron determinadas limitaciones. Según Gerardo Pisarello, hubo al menos tres instituciones que quedaron fuera de toda discusión y que condicionarán su desarrollo posterior. Una fue la monarquía –especialmente blindada frente a eventuales reformas por el artículo 168, que para su revisión o eliminación se requiere aprobación por 2/3 de ambas Cámaras y disolución de las Cortes; las nuevas Cámaras deberán ratificar y estudiar la revisión por 2/3, y posteriormente referéndum. Es una realidad asumida por buena parte de la sociedad el plantear ya la cuestión: Monarquía o República.
Estamos atravesando momentos muy críticos a nivel político, social, económico, cultural, e incluso, ético, en esta nuestra querida España. No existe en este país un proyecto colectivo ilusionante para amplios sectores de la ciudadanía, algo básico para cimentar una gran nación. Por ende, no resulta sorprendente que habitantes de determinados territorios del Reino de España hayan interiorizado y asumido como algo inevitable la conveniencia de desvincularse del Estado español. Esta es la realidad, mal que le pese a alguno. En Cataluña, una parte importante, sin saber cuántos, aunque sería muy fácil resolver esta cuestión con una consulta, tienen un proyecto ilusionante: la independencia. Algo que he podido constatar en mis frecuentes estancias en ese territorio. ¿Cuál es el proyecto en el resto de los territorios del Estado español? Lo ignoro.