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Algunas reflexiones sobre la actualidad política

            

 

 

Las épocas de crisis son las más propicias para realizar cambios profundos en las estructuras políticas, sociales o económicas, que son más complicados en momentos de bonanza. Que muchos aspectos funcionan mal en esta nuestra querida España es una obviedad. Podríamos citar la lentitud del poder judicial, la corrupción política, la estructura político-territorial del Estado, el insultante fraude fiscal, la injusta ley electoral, el ataque frontal al Estado de bienestar. Un problema no menos  grave relacionado con las cuestiones anteriores, es el desprestigio creciente de nuestra clase política, tal como acaba de reflejar el CIS, al haberse convertido en el tercer problema para la sociedad española,  siguiendo una línea ascendente que en septiembre rompió techo, marcando un 26,9 por ciento, un punto más que en julio y nueve puntos por encima del dato de enero.  A todos ellos no puedo referirme obviamente en estas breves líneas, aunque sí lo haré a la convenida decadencia de la clase política, usando las mismas palabras del Auto reciente del Juez Sr. D. Santiago J. Pedraz Gómez, que ha decretado el archivo de las actuaciones, al no ser los hechos constitutivos de infracción criminal las denuncias presentadas contra algunos manifestantes frente al Congreso de los Diputados, por un supuesto delito contra las Instituciones del Estado. De entrada, una prueba irrefutable de la veracidad de tal decadencia, es la respuesta fuera de lugar y poco edificante del portavoz del grupo popular en el Congreso de los Diputados, Rafael Hernando al calificar al  Juez por su sentencia de pijo ácrata”, “indecente”, “inaceptable”, “impresentable” e “intolerable”. Las palabras son suficientemente explícitas. En un extraordinario libro que deberían leer los políticos, Ejemplaridad pública, el filósofo Javier Gomá, nos indica que toda vida humana es ejemplo y, por ello, sobre ella recae un imperativo de ejemplaridad: obra de tal manera que tu comportamiento sea imitable y generalizable en tu ámbito de influencia, generando un impacto civilizatorio. Este imperativo es muy importante en la familia, en la escuela, y sobre todo, en la actividad política, ya que el ejemplo de sus dirigentes sirve, si es positivo, para cohesionar la sociedad, y si es negativo, para fragmentarla y atomizarla. El espacio público está cimentado en la ejemplaridad. Podría decirse que la política es el arte de ejemplificar. Las instituciones públicas han sido conscientes o deberían serlo del efecto multiplicador para potenciar la convivencia de determinados modelos. Los políticos, sus mismas personas y sus vidas, son, lo quieran o no, ejemplos de una gran influencia social. Como autores de las fuentes escritas de Derecho-a través de las leyes- ejercen un dominio muy amplio sobre nuestras libertades, derechos y patrimonio. Y como son muy importantes para nuestras vidas, atraen sobre ellos la atención de los gobernados y se convierten en personajes públicos. Por ello, sus actos no quedan reducidos al ámbito de su vida privada. Merced a los medios de comunicación de masas se propicia el conocimiento de sus modos de vida y, por ende, la trascendencia de su ejemplo, que puede servir de paradigma moral para los ciudadanos. Los políticos dan el tono a la sociedad, crean pautas de comportamiento y suscitan hábitos colectivos. Por ello, pesa sobre ellos un plus de responsabilidad. A diferencia de los demás ciudadanos, que pueden hacer lícitamente todo aquello que no esté prohibido por las leyes, a ellos se les exige que observen, respeten y que no contradigan un conjunto de valores estimados por la sociedad a la que dicen servir. No es suficiente con que cumplan las leyes, han de ser ejemplares. Si los políticos lo fueran, serían necesarias muy pocas leyes, porque las mores cívicas que dimanarían de su ejemplo, haría innecesaria la imposición por la fuerza de aquello que la mayoría de ciudadanos estarían haciendo ya con agrado. Saint-Just ante la Convención revolucionaria denunció "Se promulgan demasiadas leyes, se dan pocos ejemplos", circunstancia que no ha cambiado sustancialmente en la actualidad. Con la democracia liberal, se acrecienta todavía más la necesidad de la ejemplaridad del profesional de la política. Además de responder ante la ley, es responsable ante quien le eligió. Frecuentemente, observamos que un político sin haber cometido nada ilícito se hace reprochable ante la ciudadanía, por lo que debe dimitir y se hace inelegible, al haber perdido la confianza de sus electores. Mas la confianza no se compra, no se impone: la confianza se inspira. Mas, ¿qué es una persona fiable? La confianza surge de una ejemplaridad personal, o lo que es lo mismo, la excelencia moral, el concepto de honestum. Cicerón en su tratado Sobre los deberes, nos lo define como un conjunto de cuatro virtudes: sabiduría, magnanimidad, justicia y decorum (esta última es la uniformidad de toda la vida y de cada uno de sus actos). Es evidente hoy que esta ciceroniana uniformidad de vida, incluyendo la rectitud en la vida privada, es determinante en la generación de confianza ciudadana hacia los políticos.

Frente a ese político ideal que genera la confianza de la ciudadanía, existen comportamientos políticos que producen el sentimiento contrario. Véase, los manifestados recientemente por aquellos políticos que jaleaban con estruendosos aplausos los mayores recortes de nuestra democracia. E incluso, alguno de ellos, cuando se dio a conocer la reducción de las prestaciones del desempleo, añadió "que se jodan"; u otro que al anunciarse la eliminación de la paga de Navidad de los funcionarios, gritó con auténtico frenesí "¡a trabajar!". Regocijarse ante la desgracia ajena, esto es sadismo o crueldad.  Tampoco deberían sorprendernos tales comportamientos, ya que como señalaba Azaña, y lo estamos constatando día tras día, muchos acuden a la política no para realizar un servicio a la comunidad, sino para otros fines menos altruistas: el deseo de medrar, el instinto adquisitivo, el gusto de lucirse, el afán de mando, la necesidad de vivir como se pueda y hasta un cierto donjuanismo. Mas, estos móviles no son los auténticos de la verdadera acción política. Los auténticos son la percepción de la continuidad histórica, de la duración, es la observación directa y personal del ambiente que nos circunda, observación respaldada por el sentimiento de justicia, que es el gran motor de todas las innovaciones de las sociedades humanas. Ni que decir tiene que los recortes aprobados por el gobierno de Rajoy, faltando a su palabra y el que falta a su palabra a más ya no puede faltar, no están respaldados por el sentimiento de la justicia.

Supongo que estas intrascendentes digresiones  podrán servir para una profunda reflexión a nuestros políticos. Al respecto, pienso que mi propósito resultará baldío. Mas, estos son los políticos que tenemos, lo que no sé si son los que nos merecemos aunque puede que sí, ya que nosotros los hemos votado, sin importarnos en absoluto, si alguno de ellos estaba incurso en delitos de corrupción. Cabe recordar los extraordinarios resultados electorales alcanzados por Francisco Camps y Esperanza Aguirre en sus respectivas comunidades autónomas, a pesar de haberse visto inmersos sus partidos políticos en un proceso impresionante de corrupción: el caso Gürtel.  

            Entiendo que hace ya tiempo que nuestra clase política vive desconectada de la realidad circundante que preocupa a la ciudadanía. La prueba es que la sede de la soberanía popular, el Congreso de los Diputados  aparece encapsulado y protegido de los ciudadanos por cientos de policías tras las dobles filas de vallas de tres metros de alto. Algo habrán hecho mal, para que se haya llegado a esta situación. La gran mayoría de las decisiones parlamentarias no aparecían en los programas electorales, ni tampoco han sido consultadas a los ciudadanos, lo cual supone un fraude, una perversión del sistema democrático. De ahí el profundo desencanto y la lógica respuesta ciudadana.  Ellos a lo suyo. Aquí está la prueba: El PP y el PSOE se han culpado mutuamente de ser los responsables del descrédito de la clase política española. El vicesecretario de Organización del PP, Carlos Floriano, ha asegurado que las encuestas del CIS siempre apuntan a un desprestigio de la clase política cuando terminan los gobiernos del PSOE, pero se ha mostrado "convencido" de que la situación cambiará cuando el PP lleve varios años en el poder, como ocurrió en 1996. Por su parte, el secretario de Organización del Partido Socialista (PSOE), Óscar López, ha achacado el desprestigio al "rechazo general" hacia unas "políticas concretas del Partido Popular (PP) basadas en la mentira y el recorte". Además de indecentes, no tienen sentido del ridículo.

 

            Los partidos políticos están también profundamente desprestigiados. Conviene hacer algo de historia reciente sobre ellos. En nuestro texto constitucional cobraron un gran protagonismo, explicable por el desprestigio que habían sufrido en tiempos de la dictadura. Por ende, se les reconoció de una manera contundente en uno de los primeros artículos de nuestra Carta Magna, el 6º: “Los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política. Su creación y el ejercicio de su actividad son libres dentro del respeto a la Constitución y a la Ley. Su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos.” Resulta curioso destacar que ni siquiera en la Constitución de la II República encontramos una referencia tan expresa a los partidos políticos. Sólo se hace en su artículo 62, que al hablar de la composición de la Diputación Permanente de Cortes, se cita  las “distintas fracciones políticas” llamadas a integrarla. No obstante la constitucionalización de los partidos en el caso español, sobre todo después de la II Guerra Mundial, es extrapolable a otras constituciones, como la italiana de 1947, la Ley Fundamental de Bonn de 1949 o la francesa de 1948. Mas, en principio, podemos darnos por satisfechos de tal protagonismo de los partidos políticos en el caso español. Pero de tal reconocimiento los políticos no han hecho un buen uso, visto su lógico desprestigio, sin que les preocupe especialmente tal circunstancia. Su gran preocupación es ocupar  por el sistema de cuotas todo un conjunto de instituciones: Consejo del Poder Judicial, Tribunal Constitucional, Tribunal de Cuentas, Consejos de Administración en Cajas de Ahorros o empresas públicas o privadas. Esta circunstancia provoca una situación peculiar, que según la procedencia del nombramiento de un juez, este sea calificado de progresista o conservador, con la consiguiente falta de independencia a la hora de emitir una sentencia, ya que debe seguir a rajatabla las directrices del partido que le ha nombrado, y si se desmarca, será relevado del puesto. Otra cuestión oscura no menos importante es la financiación de los partidos por parte del mundo de las altas finanzas y de la alta empresa. Es claro que nadie da nada por nada.

Hoy los partidos políticos no expresan el pluralismo político, ni concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular ni son instrumento fundamental para la participación política, tal como estamos constatando con las manifestaciones masivas en las calles, que pasan olímpicamente de ellos. Y en cuanto al ejercicio de su actividad tiene que ser libres dentro del respeto a la Constitución y a la Ley y que su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos”, tal como observamos también se incumple sistemáticamente.  No deja de de ser contradictorio que los dirigentes políticos  de los diferentes partidos nos obsequien continuamente a los ciudadanos con las excelencias del sistema democrático, y sean ellos precisamente los que menos la pongan en práctica en sus propios partidos. Circunstancia gravísima.  De la misma manera lo señalan categóricamente los estatutos de los diferentes partidos. Mas, esto es papel mojado, que se incumple de una manera sistemática por el aparato de los partidos, pues son sus dirigentes, quienes toman las decisiones marginando a las bases, a las que únicamente recurren para llenar los pabellones deportivos cuando llega un destacado dirigente del partido en las diferentes campañas electorales.  Existen muchas asociaciones de algunos partidos que no se reúnen nunca, con la única excepción de aprobar las listas electorales. El aparato (en manos de unos pocos, que permanecen largos periodos de tiempo, sin saber cómo ni por qué, ni cuáles son los méritos contraídos), la excesiva burocracia interna, la pugna por el poder en el seno del partido, y el culto a la alabanza y la sumisión, son absolutamente incompatibles con la opinión, la saludable discrepancia y el debate transparente.  Por ello, la renovación de ideas y personas es imposible en los partidos políticos si su funcionamiento interno no es democrático. Y no lo es porque sus dirigentes tienen auténtico pavor a la “democracia”, es decir, al debate de ideas, a permitir las discrepancias, a que el voto sea "libre, igual, directo y secreto" en todas sus elecciones de cargos directivos y de candidatos. La elección no se hace por el mérito ni por los valores éticos del candidato, sino por la sumisión y la obediencia absoluta a los de arriba. Sorprende la pasividad y la indiferencia de muchos de sus militantes ante esta circunstancia. También es cierto que muchos de los delegados en los pasillos de los diferentes congresos se muestran muy críticos con los dirigentes, aunque luego cuando entran al salón  a votar se muestran sumisos y obedientes a las consignas que vienen emanadas desde arriba. Lo que estoy diciendo es lo que todo el mundo piensa y nadie se atreve a decirlo. Lamentablemente esta es la deriva por la que caminan todos los partidos políticos, en las que no se admite crítica alguna, y si alguien tiene la osadía de discrepar, se arriesga a ser marginado o a ser acusado de torpedear el partido.  Al aplicarse medidas disciplinarias a las corrientes internas no alineadas con el discurso de la dirección, se margina a los librepensadores. En fechas recientes he podido constatar que una lista propuesta con aplastante mayoría por el comité local y posteriormente confirmada por los militantes en una asamblea que pudo expresarse libremente, fue suplantada por otra, la del aparato. Todavía más, el comité local de ese partido que tuvo la osadía de presentar una lista contraria a la oficial, fue destituido fulminantemente por la ejecutiva provincial. Realmente alucinante. Por ello, los dirigentes de los partidos políticos no deben extrañarse de que cada vez la ciudadanía esté cada vez más lejana de la clase política y, por tanto, de la política. De ello, deberían ser conscientes, mas tengo la impresión que tampoco les preocupa demasiado, mientras ellos tengan asegurado un puesto en las próximas elecciones. Esa deriva, de falta de democracia interna en los partidos políticos viene de lejos, ya nos lo señala el libro escrito por Robert Michels en 1911: Partidos Políticos, la ley de hierro de la oligarquía. Su autor mantiene que la organización es el único medio existente para poder llevar a cabo una voluntad colectiva en la sociedad de masas; sin ella no existe la posibilidad de que una acción común llegue a alcanzar fines concretos, a no ser que se elijan los métodos adecuados para ello. La democracia no se concibe sin una organización y toda organización requiere una especialización en las tareas, una distinción entre los dirigentes y los dirigidos..... El principio de la organización es condición absolutamente esencial para la lucha política  de masas. Todo esto es evidente. Mas también lo es, según su argumentación, la imposibilidad de un funcionamiento auténticamente democrático de los partidos políticos de masas en las sociedades contemporáneas, por la vigencia en ellos de lo que denomina la ley de hierro de la oligarquía, que se concreta en la siguiente afirmación:

 

"La ley sociólogica fundamental... puede formularse más o menos así: la organización es lo que da origen a la dominación de los elegidos sobre los electores, de los mandatarios sobre los mandantes, de los delegados sobre los delegantes. Quien dice organización dice oligarquía.”

 

            Un texto de Michels, expuesto por Antoni Domenech en su extraordinario libro El eclipse de la fraternidad. Una revisión republicana de la tradición socialista, nos explica esta ley de hierro de las oligarquías:

 

“En todos los partidos socialistas se da un continuo incremento del número de funciones sustraídas a las asambleas electorales y transferidas a los comités ejecutivos. Se viene a construir así un poderoso y complejo edificio. El principio de la división del trabajo opera cada vez más, la autoridad ejecutiva va dividiéndose y subdividiéndose. Se constituye de este modo una burocracia jerárquica rigurosamente definida. En el catecismo de los deberes del partido, la estricta observancia de las reglas jerárquicas se convierte en el primer artículo. La existencia de jerarquía se genera como resultado de condiciones técnicas, y su constitución es un postulado esencial del regular funcionamiento de la máquina del partido.”  

 Michels muestra, además, cómo y por qué mecanismos, por un lado, los dirigentes sindicales y parlamentarios del partido tienen una irreversible tendencia a integrarse en el sistema social y político vigente, tendencia que prevalece a menudo, chantaje plebiscitario mediante, cuando se generan protestas de las mayorías de base en los congresos; cómo, por otro lado, los dirigentes se perpetúan y se reproducen por medio de la cooptación; y cómo, una buena parte de los funcionarios menores y los aspirantes a serlo de esas organizaciones establecen una relación clientelar con unos dirigentes convertidos en auténticos patronos.

Michels fue miembro del Partido Socialdemócrata alemán, y en ese partido se basó para sacar estas conclusiones tan demoledoras sobre el funcionamiento interno de los partidos. Posteriormente acabó en el fascismo de Mussolini, lo que no impide que sus afirmaciones sean tan evidentes hace 100 años como lo son ahora.


            Me gustaría mostrar en estas líneas algunas gotas de optimismo. Mas por mucho que busco por doquier no las encuentro. Por ello, acabo con una anécdota que tuve la desgracia de presenciar. Recientemente estaba explicando en clase a mis alumnos de 2º de bachillerato el régimen político de la Restauración(1876-1931), diseñado por Cánovas del Castillo. Tuve que referirme a la Constitución de 1876, al turnismo de los 2  partidos políticos, el conservador y el liberal. Señale que la auténtica Constitución era como señalaba el gran Joaquín Costa, la oligarquía y el caciquismo. Como colofón, del libro España en sus ocasiones perdidas y la Democracia mejorable, del catedrático Manuel Ramírez cite unas palabras de Ortega y Gasset, de uno de sus más famosos discursos: “La España oficial consiste, pues, en una especie de partidos fantasmas que defienden los fantasmas de unas ideas y que, apoyados por las sombras de unos periódicos, hacen marchar unos Ministerios de alucinación». También me parecieron muy oportunas las palabras de Salvador de Madariaga: “Al pintarla como de alucinación, Ortega la ennoblecía. Fue una era de tramoya y bastidores, de máscaras y barbas postizas, de teatro en sí, además de ser teatral; una época que pretendía ser lo que no era y simulaba creer lo que decía, a sabiendas de que no era lo que aparentaba ser ni creía en lo que decía”.

Al terminar mi exposición, uno de mis alumnos más despierto me hizo la siguiente pregunta: ¿Hay alguna diferencia con el sistema político actual? No pude emitir respuesta alguna, aunque pude sentirme plenamente satisfecho, porque pude comprobar que lo que estaba enseñando había servido para algo.

 

Cándido Marquesán Millán

 

La inmaculada transición

 

Revolotea de nuevo sobre nuestras cabezas el mito de la Inmaculada Transición, propiciada por uno serie de acontecimientos. La muerte de Santiago Carrillo, a quien políticos de diferentes partidos, como Rajoy, Herrero de Miñón, Martín Villa, Llamazares, Rubalcaba, Pujol han dedicado todo tipo de alabanzas por su protagonismo en el advenimiento de nuestra democracia. Quien no ha querido comentar nada ha sido José María Aznar. Sobre la actuación de D. Santiago en este momento hay suficiente material para escribir muchos libros. Estas líneas no parecen adecuadas para esta tarea, no obstante puede ser significativo un chiste gráfico de 1977: en un mitin Carrillo señala: ¡Sí a la Monarquía! ¡Sí a la bandera! ¡Sí a la Iglesia! ¡Sí a las bases! ¡Sí a la unidad de la patria!, y alguien del auditorio le replica: ¡Macho deja algo para Fraga! Sobre su figura desde la derecha más reaccionara ha recaído el estigma de Paracuellos, ya que les ha servido y sirve como tapadera de los numerosos crímenes de la dictadura franquista: un auténtico genocidio. Afortunadamente José Luis Ledesma, Paul Preston, Ángel Viñas, historiadores de verdad, acaban de publicar un definitivo artículo tras un laborioso trabajo de investigación, según el cual la matanza de Paracuellos fue una recomendación de la NKVD, y quien la puso en marcha fue Pedro Fernández Checa, secretario de Organización del PCE.

La manifestación del 11-S en Barcelona por la independencia de Cataluña y la visita frustrada de Artur Mas a La Moncloa para solicitar un pacto fiscal a Rajoy, indican que están próximas las elecciones autonómicas. Por ello, la Jefatura del Estado en su página web ha publicado una sustanciosa carta, en la que reconociendo la dificultad de la coyuntura económica, social y política, recomienda que para superarla debemos actuar unidos, y no perder el tiempo en escudriñar sobre nuestras esencias; y recuperar los valores del trabajo, el esfuerzo, el mérito, la generosidad, el diálogo, el imperativo ético- de la Transición. Por cierto, quien ha emitido tales juicios debe su trono al Dictador, al que dedicó en su primer discurso oficial como Rey de España las siguientes palabras, de las que todavía --que yo sepa-- no se ha arrepentido: Una figura excepcional entra en la Historia-Con respeto y gratitud quiero recordar su figura- Es de pueblos grandes y nobles saber recordar a quienes dedicaron su vida al servicio de un ideal. España nunca podrá olvidar a quien como soldado y estadista ha consagrado toda su vida a su servicio-

Se ha convertido en una mala costumbre que siempre que la democracia en España sabe a decepción o engaño, como ahora, se recurre a la Inmaculada Transición, como si fuera el bálsamo de Fierabrás para solucionar todos los problemas. Esos supuestos valores son cuestionables, aunque quien tiene la valentía de hacerlo es acusado con acritud de poner en peligro nuestra democracia que tantos esfuerzos nos ha costado construir. Se ha impuesto que nuestra Constitución de 1978 es el paradigma de política de consenso entre las diferentes fuerzas políticas. La redacción del artículo 2 que fundamenta la indisoluble unidad de la nación española no fue consensuada. Según el profesor Xacobe Bastida Freixido, en el transcurso de la discusión de las enmiendas de tal artículo, y cuando Solé Tura presidía la ponencia, apareció un mensajero con una nota procedente de la Moncloa señalando cómo debía estar redactado tal artículo. El texto de la nota coincide casi exactamente con el actual artículo 2° de la Constitución. En la misma línea de cuestionar esos presuntos valores de la Transición, es el libro de Juan Carlos Monedero La Transición contada a nuestros padres. Nocturno de la democracia española, momento en el que se corrió un tupido velo sobre los muertos asesinados por las tropas franquistas y que todavía reposan en las cunetas. La izquierda tuvo que hacer muchas concesiones. Tuvo que asumir la idea de que la democracia se inició en España con la Constitución de 1978, y no en los tiempos de la II República. La derecha en este país no ha tenido problema alguno en construir un relato remontándose a tiempos inmemoriales de nuestra historia, desde Viriato, Pelayo, los Reyes Católicos, Pavía, Lepanto, la Guerra de la Independencia, Cánovas del Castillo, Franco y ahora Juan Carlos I. En cambio la izquierda no ha sabido o querido por miedo construirlo, cuando no escasean los momentos para poder hacerlo: la revolución española de 1808-1814, el Sexenio Democrático (1868-1874) y la II República iniciada por aclamación popular y sin sangre en 1931.

Creo que ya es hora de sacar la Transición a escena y bajarla de ese pedestal para enseñar sus vergüenzas. No se puede construir una democracia con un campo minado de fosas comunes y de desmemoria. Estoy cada vez más convencido de que muchos de los males de nuestra democracia tienen su origen en las carencias de la Transición. Lo honesto sería afirmar: "Hicimos lo que pudimos, lo que nos dejaron, lo que nos atrevimos". En cambio, no lo es: "Ejecutamos la mayor hazaña democrática de la historia de España". No se trata de reprochar a nadie de haber sido cobarde. Se trata de reprocharle que diga que fue un héroe.

 

Políticos con "sentido común"

Son tantos y tan importantes los acontecimientos que se suceden con una rapidez vertiginosa en estos momentos en España, que aquellos que tenemos, no sé si la saludable costumbre de reflexionar y escribir sobre ellos, dudamos a la hora de seleccionarlos. Uno de ellos, son los recortes brutales a nuestro Estado de bienestar, que, de momento no tienen fin, vistas las previsiones de los próximos presupuestos tanto a nivel estatal como a nivel autonómico. ¿Habrá algún límite? Nos han metido tanto miedo en el cuerpo, que estamos ya habituados a aceptar todo. Es lo que nos merecemos por nuestra mala cabeza. Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, por lo que tenemos que asumir una justa dosis de aceite ricino. Y aquellos que tienen la osadía de cuestionar estas políticas, como los que se han manifestado en Madrid el 15-S, son acusados de insensatez y de falta de patriotismo. Lo incuestionable es que los servicios públicos tras el paso por el gobierno de los populares van a quedar en una auténtica quiebra. Mas a pesar de ello, funcionan por sus profesionales. Recientemente un familiar mío muy directo tuvo que recurrir al servicio de urgencias del Clínico de Zaragoza. Llegó y se marchó en una ambulancia. En tres horas se le practicaron un electro, dos radiografías, un enema. Fue atendido y curado de una manera exquisita por todo el personal, desde celadores/as, enfermeros/as y médicos/as. Por ello, les felicite. ¿Permitiremos la desaparición de estos servicios?

Que nuestro presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, después de 9 meses nos brindara a los españoles una conferencia de prensa en horario de máxima audiencia en esta nueva e independiente TVE, no era una cuestión baladí. Al observar la procedencia de los entrevistadores me sentí algo decepcionado. Estuve muy atento a sus palabras ante un posible rescate. A medida que se desarrollaba la entrevista, me inundó un profundo desencanto ante el humo que nos estaba vendiendo. Todo se redujo a que no podemos gastar más de lo que ingresamos, y, que lo fundamental era combatir el déficit público -y así se producirá crecimiento económico y el posterior aumento del empleo. A las preguntas de si iba a recortar pensiones, sueldos de los funcionarios, o aumentar el IVA, no concretó nada. Es más importante comunicar las decisiones a las autoridades de la Unión Europea que a la ciudadanía española, tal como acabamos de constatar, ya que el ministro de Economía, Luis de Guindos, en la reunión del Eurogrupo celebrada en Nicosia (Chipre) anunció que el gobierno español impulsará reformas estructurales para garantizar el cumplimiento del objetivo de déficit de este año, fijado en el 6,3% del PIB. Estamos llegando a unos límites lamentables de degradación de nuestro sistema democrático. Si el Gobierno de turno además de ocultar su programa político, luego lo incumple, al tener que seguir a rajatabla los mandatos que se le imponen desde fuera, es comprensible que la ciudadanía considere que el ir a votar es irrelevante.

Retornando a la entrevista, en un nuevo ejemplo de irresponsabilidad política, nuestro presidente, el político que todo lo sustancia con su proclamado sentido común, sin un proyecto de Estado, calificó como lío y algarabía la manifestación que se iba a celebrar en Barcelona el 11-S. ¡Vaya asesores que tiene en la Moncloa! Con estas palabras, en lugar de atemperar, consiguió encrespar todavía más el panorama político en Cataluña, ya suficientemente complejo.

El problema de incardinar a Cataluña en la estructura del Estado español no es nuevo. No ha caído a nosotros de una teja el 14-M, con la llegada al poder de Zapatero, tal como nos dijeron los populares con el apoyo de la Brunete mediática. Hoy ya no está, y el problema sigue presente y más grave. Ortega y Gasset lo expresó ya con nitidez en las Cortes de la II República: reconozcamos que hay de sobra catalanes que, en efecto, quieren vivir aparte de España. Ellos son los que nos presentan el problema: ellos constituyen el problema catalán, del cual yo he dicho que no se puede resolver, que sólo se puede conllevar. Sin embargo, nunca la derecha española, ni la de la dictadura franquista ni la de la "democracia" actual han hecho un esfuerzo serio y generoso para entender la cuestión catalana. Para ella no hay problema alguno. No solo no existe el problema, todavía más, es que ha utilizado el anticatalanismo con fines electorales en el resto del Estado. Cabe recordar la manifestación organizada por el PP contra el traslado a Cataluña de documentación del Archivo de la Guerra Civil de Salamanca: la campaña y el posterior recurso de inconstitucionalidad contra el Estatuto de Cataluña; y la política españolista de Aznar que potenció el crecimiento de Esquerra Republicana. Al final se recoge lo que se siembra. El problema está ahí, y si no se soluciona se pudre. Por ello, me parecen muy oportunas las palabras de Azaña: Cataluña dice, los catalanes dicen: "Queremos vivir de otra manera dentro del Estado español". La pretensión es legítima. Este es el problema y no otro alguno. Se me dirá que el problema es difícil, ¡Ah!, yo no sé si es difícil o fácil, eso no lo sé; pero nuestro deber es resolverlo, sea difícil, sea fácil. Hay, pues, que resolverlo dentro de los cauces políticos

El asalto a la sanidad pública

                      

 

Los ataques que están sufriendo los servicios públicos en esta legislatura eran previsibles, aunque los populares los ocultaron en campaña electoral. Será difícil encontrar en un gobierno democrático en menos tiempo más incumplimientos de unas promesas electorales.

Estas políticas tienen su lógica. Nunca han defendido lo público, argumentando que lo privado es más eficiente. Una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad. Mas,  la investigación científica y la propia OMS corrobora que la sanidad pública es más equitativa (con financiación suficiente finalista), eficiente (impulsando la atención primaria) y  de más calidad que la privada (con las excepciones del confort y el tiempo de espera). Otra cosa es cuando se recortan recursos humanos y materiales  con el objetivo de debilitarla por parte de aquellos dirigentes que deberían defenderla. Como el conseller de Salut de Catalunya, Boi Ruiz  que dijo: “Recomendaría a la que gente que pudiese que contratase una mutua privada”.

Según Ángeles Maestro, en sanidad empezaron como las termitas, privatizando poco a poco todo lo rentable (cocinas, lavanderías, laboratorios, alta tecnología..,etc) reduciendo personal, condiciones de trabajo y deteriorando la calidad. Ahora pisan el acelerador entrando como un elefante en una cacharrería, arrasando. Van a por la atención sanitaria. El negocio se hace, reduciendo gastos, por dos procedimientos. Uno de ellos es reducir costes (restringir plantillas, precarizar el trabajo, incentivar económicamente a los profesionales para que ahorren, etc). Al otro, lo llaman “seleccionar riesgos”, véase, quedarse con los pacientes “rentables” (jóvenes, con una sola patología sencilla, a poder ser quirúrgica.) y quitarse de encima a personas mayores, enfermos crónicos y casos complejos. En definitiva, capitalismo en estado puro, aplicando a la sanidad su ley sagrada: obtención de beneficios por el medio que sea. Al final pasa lo que tenía que pasar. Para Joan Benach, profesor de Salud Pública y autor del libro La sanidad está en venta, la política sanitaria del Gobierno del PP es una contrarreforma que nos lleva tres décadas atrás. Se va a pasar de un sistema nacional de salud a un sistema tripartito basado en los seguros sanitarios para los ricos, la seguridad social para los trabajadores y la beneficencia para el resto de personas. Los datos son claros.  Pese a la crisis, cada vez más aragoneses, el 28%, unos 370.000 han suscrito un seguro privado de asistencia sanitaria. Aragón es la cuarta región con mayor número de seguros por habitante, solo superada por la Comunidad de Madrid (36%), Cataluña (33%) y el País Vasco (29%). Unos 15.000 'sin papeles' en Aragón y en el Estado 150.000 tendrán que recurrir a la beneficencia. El Ministerio de Sanidad les ha propuesto que establezcan convenios para recibir asistencia en la sanidad pública, pagando una cuota de 710 euros al año, y de 1.864,80 en los mayores de 65 años, o también que pasarán la factura a su país de origen. Esta es la realidad. Mas los populares están consiguiendo sus objetivos de una manera milimétrica. Han ganado en este ámbito como en otros la hegemonía ideológica, mientras que la izquierda anda desnortada. La crisis es su gigantesca coartada ideológica para aniquilar derechos laborales y sociales. Hay que reducir el déficit público, justificado  por el nuevo artículo 135 de la Constitución: “El pago de la deuda tendrá prioridad absoluta sobre cualquier otra partida de gasto”. Si para pagar la deuda hay que cerrar un hospital o un colegio, se cierran. Acaba de decirlo Josep Fontana: no está claro si se trata de cerrar hospitales para ahorrar, o de ahorrar para poder cerrar hospitales.

Por otra parte, como el capitalismo es extraordinariamente voraz, ha visto el negocio en los servicios públicos del Estado del bienestar, con una demanda cada vez mayor ya que nuestra sociedad se ha acostumbrado y no sabría renunciar a ellos, considerados como derechos. Hay capitales abundantes y más en un momento de crisis, con unos mercados cautivos y muy prometedores. Además las políticas de privatización cuentan también con consumidores deseosos y contribuyentes bien dispuestos. Al  universalizarse estos servicios, se generan quejas al no poder ser atendidas todas las demandas por los recortes, con listas de espera en el sector sanitario o población emigrante en los colegios públicos, y así se propicia una disposición creciente hacia la oferta privada. Por otra parte, al generalizarse una prestación que era antes un privilegio, las anteriores clases privilegiadas buscan diferenciarse de nuevo accediendo a niveles superiores (más educación o más sanidad) o a tipos distintos (mejor u otra educación o sanidad). El diferenciarse no solo es una pretensión de los que ya tenían privilegios, sino también los que intentan acceder a ellos por primera vez. La educación y la sanidad privadas se pueden convertir en un símbolo de esta diferenciación.

Según Boaventura de Sousa Santos, se están  poniendo en marcha dos tipos de ilusiones: ilusiones retrospectivas e ilusiones prospectivas en el ámbito de la privatización de las políticas sociales, de atención médica, de seguridad social y educativas. Las ilusiones retrospectivas avivan la memoria de la inseguridad y de la ineficacia de los servicios estatales encargados de realizar esas políticas. Esto se consigue mediante viciadas comparaciones entre condiciones reales y criterios ideales de evaluación de esos servicios. Las ilusiones prospectivas intentan, por su parte, crear unos horizontes de seguridad supuestamente generados desde el sector privado y sobrevalorados por la ocultación de determinados riesgos, así como de las condiciones en que se presta la seguridad. Estas ilusiones prospectivas proliferan hoy en día sobre todo en los seguros médicos y en los fondos privados de pensiones. Por todo ello, lo que está ocurriendo es gravísimo, aunque no sé si la sociedad es consciente de ello, al romperse un contrato social entre la ciudadanía el Estado, construido en la solidaridad y ejecutado  mediante un impuesto progresivo para  proporcionar a todos unos servicios básicos. Ese contrato social que regía la producción de estos servicios públicos por el Estado está saltando a pedazos, ya  que el Estado transfiera mediante  subcontratas a agentes paraestatales las prestaciones de estos servicios sin que hayan sido consultado  los ciudadanos.

Cándido Marquesán Millán

 

 

 

 

Sobre la deuda odiosa

El 15-M ha sido una bocanada de aire fresco que ha irrumpido en nuestra democracia. Ha sido criminalizado por la mayoría de los medios de comunicación, al servicio incondicional de los poderes políticos y económicos dominantes; y acusado de no presentar programa alternativo alguno. Falso. Una de sus cuestiones planteadas, además de la reforma de la ley electoral, la implantación de la renta básica, la dación, reforma fiscal, democracia participativa, ha sido la deuda odiosa del Estado español, tema fundamental para salir de una manera justa y equitativa de la crisis económica, que nos está hundiendo en la miseria a la gran mayoría de los españoles. Este concepto se atribuye a un jurista y profesor de derecho financiero, Alexander Sack, que en 1921 publicó un tratado Los efectos de las transformaciones de los Estados sobre sus deudas públicas y otras obligaciones financieras, donde sostenía que una deuda es ilegítima cuando se dan tres circunstancias: que se ha comprometido sin el conocimiento de los ciudadanos (o sus representantes); que se ha gastado en actividades que no redundan en beneficio del pueblo; y que los prestamistas (los bancos) son conscientes de esta doble situación anterior.

Nuestro presidente nos dice: la deuda pública supera los 900.000 millones de euros, no podemos gastar más de lo que ingresamos, y, por tanto, no tenemos otra opción que hacer ajustes fiscales, que no le gustan, pero que al final llegará el crecimiento económico y la creación de empleo. Hay culpables: liberados sindicales, funcionarios, las autonomías, los ayuntamientos, las embajadas catalanas, etc. Vale, D. Mariano, le creo. Mas, parece lógico que si los españoles tenemos que pagar esa deuda con nuestros impuestos, recortes salariales y prestaciones del Estado de bienestar, tenemos derecho a conocer su origen. Exigimos una auditoría veraz de la deuda pública, realizada por una comisión de expertos, independientes de los partidos políticos. La auditoría debería exigir al sector público transparencia en sus cuentas, una suspensión temporal del pago de la deuda y abrir un proceso, aunque durara meses, para estudiar la documentación y hacer un juicio público encaminado a tomar decisiones sobre qué hacer sobre ella al final del proceso. Así conoceríamos el porcentaje de deuda odiosa o ilegítima. Obviamente, en estricta justicia, el Estado español, es decir, todos los españoles estaríamos exentos de pagarla, y tendríamos que exigir responsabilidades a quienes la contrajeron, y que han causado y lo siguen haciendo tanto daño a tantos españoles. A estos auténticos desalmados, se les podría inculpar de haber cometido un crimen contra la humanidad, como es "cualquier acto inhumano que cause graves sufrimientos o atente contra la salud mental o física de quien los sufre, cometido como parte de un ataque generalizado o sistemático contra una población civil", tal como sugieren las profesoras Lourdes Benería y Carmen Sarasúa

Hace falta coraje político, como lo hubo en el Ecuador de Correa donde se creó una Comisión de Auditoría de la Deuda en julio de 2007 para analizar la del periodo 1976-2006. El presidente eligió 18 expertos, 12 de Ecuador y 6 del extranjero. También pidió a 4 órganos del Estado formar parte de ella: la Comisión Anticorrupción, el Tribunal de Cuentas, el Ministerio de Justicia y el Ministerio de Finanzas. Trabajó durante 14 meses, y en septiembre de 2008, presentó unas conclusiones y unas recomendaciones al gobierno, el cual decidió suspender el pago de los títulos de la deuda (los que vencían en 2012 y 2030). Tras ocho meses de impago, forzaron a los tenedores de esos títulos a aceptar una reducción del 65 % de su valor. El Estado compró obligaciones a precio reducido. Por una obligación con un valor de 1.000 dólares, el Estado ecuatoriano pagó 350. Le supuso un ahorro de 7.000 millones de dólares para los ecuatorianos, que se destinó al gasto social. Es lo que se está intentando en Grecia, tal como nos relata el documental Debtocracy (Deudocracia), de los periodistas Katerina Kitidi y Ari Hatzistefanou sobre la crisis del país heleno. Los principales actores (alrededor de 200 personalidades) piden un comité de auditoría internacional, para determinar los motivos de la generación de su deuda y condenar a sus responsables. Hay culpables: "En cerca de 40 años, dos partidos, tres familias políticas y algunos grandes empresarios han llevado a Grecia a la quiebra. Han dejado de pagar a los ciudadanos para salvar a sus acreedores". Además de Goldman Sachs, los sobornos de Siemens a los gobiernos, los gastos sin control en los Juegos Olímpicos de Atenas de 2004, la compra actual de armas a Francia y Alemania, etc.

¿Por qué los dos grandes partidos no hacen lo mismo en España? Cada cual que se responda a esta pregunta. Hay tajo para investigar: Programas Especiales de Armamento (PEA) con 40.000 millones de gasto; el rescate a las entidades financieras; los sobrecostos de las constructoras del AVE; derechos reconocidos a las eléctricas con 20.000 millones, la exención del IBI y subvenciones a la iglesia católica, la financiación de los viajes del Papa, etc. Si lo hicieran, es seguro que podría reducirse el costo de nuestra deuda, y así los recortes serían innecesarios.

Una democradura

 

Que la democracia atraviesa un mal momento no es novedad, como muestra el profundo desencanto hacia ella de la gran mayoría de la sociedad, soterrado durante un tiempo, y puesto de manifiesto en numerosas plazas españolas a través del 15-M, con una frase paradigmática: ¡Democracia real YA!

La democracia, como categoría política, en nuestra época está sometida a una contradicción, Por un lado, es el único régimen capaz de aspirar a la legitimidad. Ningún gobierno es aceptado si no se presenta ante la opinión pública respetuoso del principio democrático. Por eso, la dictadura franquista no entró en la UE. A la vez, las características que la identifican están en profunda crisis o amenazadas.

 

Si definimos la democracia como un régimen basado en el sufragio universal, el pluralismo político, libertad de expresión, ideológica, de información; el gobierno de las mayorías en oposición al de unos pocos o uno solo y capaz de maximizar la autodeterminación política con el respeto a las minorías, evaluada su salud a través de estos elementos, es claro que está enferma.

 

El ejercicio del sufragio, a pesar de su generalización, tiene claras deficiencias. No pueden ejercerlo los jóvenes menores de 18 años, los  inmigrantes- más del 10% del total-; además de un alto porcentaje de abstención, superior al 30% en las elecciones generales del 20-N, todo un síntoma de desafección, acompañada en España por un sistema electoral injusto muy poco proporcional, instaurado en la Transición como un filtro para que algunas fuerzas políticas no llegaran a las instituciones y si lo conseguían con una representación muy inferior a su fuerza real; como también para potenciar el voto útil o de centro político, en el que los elegidos suelen ser reclutados en las clases medias o altas  con orientaciones políticas moderadas. Si ese filtro de la ley electoral falla, para ello está la articulación de los partidos políticos y la manipulación de la opinión pública.  El mundo financiero y empresarial es clave en la creación, sostén y financiación de los grandes partidos, por lo que, si estos llegan al gobierno, le proporcionan subvenciones, prebendas y favores sin cuento; e incluso, pueden incumplir sus programas electorales para responder a sus solicitudes. Según Josep Fontana la "United States Chamber of Commerce" financió las campañas electorales a través de Comités de Acción Política, actividad que ha aumentado considerablemente desde 2009, tras la decisión del Tribunal Supremo. De ahí que  Antoni Doménech, autor del libro La fraternidad secuestrada, de obligada lectura para aquel que se sienta de izquierdas, haya dicho:Las democracias actuales se enfrentan a poderes privados neofeudales más grandes y poderosos de lo que soñaron las más codiciosas dinastías empresariales de la generación de nuestros ancestros.”  Una prueba: a finales de los 90 el presidente de Mercedes Benz, advirtió a Schröder que trasladaría toda su producción a los EEUU, en concierto con Chrysler, para conseguir del canciller la destitución fulminante de su ministro de Hacienda, Oskar Lafontaine (quien narra el episodio en sus ácidas e instructivas memorias).

 

La libre circulación de ideas y opiniones se ve amenazada por los grandes medios de comunicación cada vez más concentrados y vinculados con los poderes financieros y empresariales,  que, al alcanzar tanto poder, pueden cambiar la opinión expresada por la sociedad en las urnas y poner en peligro la democracia, de ahí que Luigi Ferrajoli, los denomine poderes salvajes. Según Sánchez Noriega “Tienen capacidad en el espacio político para boicotear leyes o difundir determinadas demandas y, a la vez,  una gran resistencia a las imposiciones del poder político”.

 

Si el ejercicio democrático lo extendemos al ámbito del trabajo, los barrios o las asociaciones civiles, el panorama es igualmente negativo. Por tanto, estamos viviendo en una democracia de baja intensidad. O, si se prefiere, en regímenes mixtos en los que el principio democrático va a remolque del oligárquico y en los que se aceptan las libertades públicas siempre que no traten de controlar los poderes de los mercados. El capitalismo concibe a la democracia como un instrumento de acumulación; si es preciso, la reduce a la irrelevancia y, si encuentra otro instrumento más eficaz, prescinde de ella. Ni siquiera el fascismo logró lo que ha conseguido el capitalismo. Según Boaventura de Sousa Santos  “En los últimos 30 años las conquistas logradas han sido cuestionadas y la democracia, últimamente, parece más bien una casa cerrada y ocupada por un grupo de extraterrestres que decide democráticamente sus propios intereses y dictatorialmente los de las grandes mayorías”. Un régimen mixto, una democradura. Observamos hoy que una decisión tomada democráticamente puede anularse por una agencia de calificación, por una bajada de títulos en  la bolsa o por las declaraciones de Draghi. 

 

 Termino con unas  ideas de Gerardo Pisarello de su libro  Un largo Termidor: Las exigencias de democracia que recorren hoy el mundo, es una prueba de que la última palabra en esta lucha por la libertad de todos no está dicha. La estabilidad de estos regímenes oligarquizados no está garantizada. Para la rehabilitación de la democracia, el concepto debemos vincularlo a su mejor herencia histórica. La que va de Efialtes y Aspasia a Paine y Marx, de Flora Tristán y Rosa Luxemburgo a Lumumba o Martín Luther King. Ello nos ayudaría a verla, no como un simple mecanismo de renovación de élites que se activa cada 4 años, sino como una inveterada tradición emancipatoria.

 

 

Cándido Marquesán Millán

 

Existen alternativas

                                  

 

Que el mundo actual está enfermo, es una obviedad.  Las grandes promesas de la modernidad han sido incumplidas. La  igualdad entre los seres humanos está cada vez más lejana. Más todavía, en los últimos 40 años la desigualdad se ha incrementado.  La libertad tampoco ha sido satisfecha, ya que las violaciones de los derechos humanos van en aumento.  La paz perpetua que formuló Kant  es un sarcasmo. Entre los siglos XVIII y XX la población mundial se multiplicó por 3,6, mientras las bajas en guerra lo hicieron el 22,4. La dominación de la naturaleza se llevó a cabo cruelmente, generándose  una crisis medio ambiental gravísima, por lo que las generaciones futuras nos exigirán responsabilidades.

 

En España, el panorama es desolador: millones de parados, pobreza y exclusión, recortes brutales en sanidad, educación y dependencia; y la democracia ausente. Sobre las promesas que Rajoy nos hizo en su programa electoral, vale más no hablar. Todo legitimado, sin posibilidad de réplica, por la necesidad del ajuste fiscal, para recortar la deuda pública. Sobre ella habría que realizar una auditoría en profundidad, para conocer su origen. Conclusión, hay que ser sumisos, y si alguno es crítico se ve vilipendiado.

 

Todos estos incumplimientos deberían producirnos además de indignación e inconformismo un profundo dolor. Según Juan Carlos Monedero, solo cuando el dolor se hace consciente puede convertirse en conocimiento, para que después pueda activarse una capacidad política que contribuya a una transformación emancipatoria. Doler, saber, querer, poder y hacer son pasos de una progresión necesaria que empieza cuando a la razón le duele. Si ese dolor se oculta desde las instancias del poder hegemónico, resulta complicado buscar la verdad en el presente y tras ella alguna alternativa. Hay que sentir la necesidad de crear nuevas alternativas( que son posibles, que son mejores que lo que existe), tarea que no es fácil ya que genera poderosos enemigos, todos aquellos para los que lo nuevo es siempre una amenaza para sus privilegios.  El éxito del pensamiento neoliberal, tal como ha afirmado Josep Stiglitz, ha sido el destruir la posibilidad de pensar la alternativa. Porque la revolución ya no es posible, el reformismo es innecesario. Por ello, el neoliberalismo ya no necesita ningún tipo de consenso y puede prescindir del contrato social. Su apabullante victoria le lleva a la arrogancia de considerar la eliminación, en el fin de la historia, de cualquier adversario. No podemos quedar quietos ante esta situación que nos  lleva al precipicio, camino ya recorrido por griegos, irlandeses y portugueses. Es una auténtica espiral de la muerte. Algo hay que hacer. Me atrevo a sugerir una alternativa como solución a la problemática actual, la implantación de la Renta Básica: un ingreso pagado por el Estado a cada miembro de pleno derecho de la sociedad o residente acreditado, incluso si no quiere trabajar de forma remunerada, sin tomar en consideración si es rico o pobre, o dicho de otro modo, independientemente de qué puedan serlas otras posibles fuentes de renta, y sin importar con quien conviva. La RB no se tiene que confundir con las rentas de inserción y otros subsidios condicionados propios del Estado del Bienestar ni con el Impuesto Negativo sobre la Renta. La RB es  muy apropiada para sociedades con elevados y persistentes niveles de pobreza, de paro y de descontento relativo a las formas de trabajo, como la actual en España, aunque como cualquier propuesta de renovación social, tiene que superar grandes resistencias. Existen ideologías diversas de fundamentación de la RB. Una es de concepción republicana con una antigüedad de 2.500 años: ser libre es estar exento de pedir permiso a otro para vivir o sobrevivir, para existir socialmente; quién depende de otro particular para vivir, no es libre, como aquel que tiene que aceptar sueldos de miseria para sobrevivir, algo que se podría evitar con la instauración de la RB. Habría diferentes colectivos muy beneficiados. Los  jóvenes, las mujeres dependientes económicamente, las personas mayores jubiladas y emprendedores. La juventud tiene que compatibilizar el estudio y  el empleo, además de estar  inmersa en un mercado laboral que le reserva precariedad. Esta RB le permitiría afrontar su periodo de formación laboral y profesional con unos ingresos dignos Las mujeres dependientes económicamente que trabajan en el hogar alcanzarían una cierta independencia. Las personas ancianas, muchas con una pensión raquítica, tendrían un incremento considerable de ingresos. Posibilitaría la reducción del riesgo a las personas que hubieran emprendido proyectos de auto-ocupación. Además supondría, -así lo han estudiado economistas desde el mundo académico- una inyección de dinero a la población más necesitada, que no sería destinada al ahorro sino al consumo, con lo  que se reactivaría nuestra economía.

Obviamente, existe el problema de su financiación. Para ello podría realizarse una profunda reforma fiscal en profundidad vía IRPF, grandes fortunas, Sicavs, patrimonio, sucesiones, persecución del fraude, etc. Todo es querer. Es obvio que la situación actual es insostenible, y que hay que tomar medidas excepcionales, aunque parezcan ahora utópicas. También lo eran: hace 100 años el sufragio universal y hoy se acepta como una normalidad. Y hace 200 años acabar con el Antiguo Régimen. Los avances en la historia se han producido por rupturas con lo establecido, y más si es injusto.

 

 

Cándido Marquesán Millán

Divagaciones veraniegas

 

En estas fechas veraniegas, si se tiene la suerte de disfrutar de vacaciones pagadas, como consecuencia de tener un trabajo remunerado o una pensión tras una larga vida laboral, todo un lujo en estos tiempos que corren, podemos dedicar esas muchas horas muertas a uno de los mayores disfrutes, cual es la lectura. Aquel que tiene este hábito será difícil que tenga tiempo para el aburrimiento. La lectura es un regalo que uno se hace a sí mismo. Se lee por diferentes motivos, por placer, por curiosidad y por afán de descubrir nuevos mundos. Según Amos Oz, escritor israelí, en su discurso de toma de posesión del Premio Príncipe de Asturias de 2007 de las Letras  “Cuando lees una novela de otro país, se te invita a pasar al salón de otras personas, al cuarto de los niños, al despacho, e incluso al dormitorio. Se te invita a entrar en sus penas secretas, en sus alegrías familiares, en sus sueños. Y por eso creo en la literatura como puente entre los pueblos. Creo que la curiosidad tiene, de hecho, una dimensión moral. Creo que la capacidad de imaginar al prójimo es un modo de inmunizarse contra el fanatismo. Parte de la tragedia árabe-judía es la incapacidad de muchos de nosotros, judíos y árabes, de imaginarnos unos a otros. De imaginar realmente los amores, los miedos terribles, la ira, los instintos. Demasiada hostilidad impera entre nosotros y demasiada poca curiosidad”.

Y también se puede leer, porque sí, sin más motivaciones. Kant consideraba que la lectura era una “finalidad sin fin”, “placer puro. Puedes satisfacer esos deseos en los libros, ya no necesariamente en soporte de papel. Cada cual tiene sus preferencias a la hora de elegirlos. Unos se inclinan por las novelas más relajadas y divertidas. Otros, es mi caso, nos inclinamos por el ensayo, y, sobre todo, de temática sociopolítica.  No tengo impedimento en mostrar cuáles han sido mis elegidos: de Boaventura de Sousa Santos El Milenio huérfano; y Reinventar la democracia. Reinventar el Estado;  de Gerardo Pisarello Un largo Termidor. Historia y crítica del constitucionalismo antidemocrático; y Los derechos sociales y sus garantías. Elementos para una reconstrucción; de Ignacio Sotelo El Estado social. Antecedentes, origen, desarrollo y declive; de Joaquín Estefanía La economía del miedo; de Tony Judt Algo va mal; de Josep Ramoneda Contra la indiferencia; de Eric Hobsbawm Cómo cambiar el mundo; de Antoni Domenech El eclipse de la fraternidad; de Josep Fontana Por el bien del Imperio. Una historia del mundo desde 1945.  Todos estos autores tienen en común el presentar alternativas desde la izquierda progresista frente al pensamiento único de inspiración neoliberal, que nos pretende convencer de que la realidad es la que es, y además que no se puede hacer nada ante ella. Lo grave es que mucha gente ha llegado a creérselo, visto el monopolio de los medios de comunicación en un sentido unidireccional.  Al respecto, parece muy oportuna la pregunta expresada por Boaventura de Sousa Santos en la Quinta carta a las izquierdas: ¿Por qué Malcolm X tenía razón cuando advirtió: “Si no tenéis cuidado, los periódicos os convencerán de que la culpa de los problemas sociales es de los oprimidos y no de los opresores”?  

También  podemos ejercitar la lectura en el ordenador, una auténtica ventana abierta al mundo, que te permite desde el salón de tu casa conectar con millares de periódicos y así conocer las noticias de todo el mundo, aunque suelen ser todas tan adversas, que, a veces, es preferible desconectarte de ellas para no sucumbir en el más profundo de los pesimismos. Cada vez estoy más convencido de que la mayoría de los medios de comunicación, perfectamente conjuntados, magnifican los acontecimientos adversos, empequeñeciendo los favorables, con el objetivo interesado de preparar el ánimo de los ciudadanos ante cualquier medida dramática que provenga de los gobiernos de turno. A pesar de ello, quiero informarme.  Hace unos días tuve la suerte de poder acceder a la lectura de una entrevista realizada a un extraordinario periodista, Rafael Poch, el cual a la pregunta de cómo veía la situación de España y cómo se había llegado a ella, respondió con una contundencia apabullante así: En España en los tiempos recientes se produjo lo que yo denomino como el "asfaltado intelectual" de la sociedad: cierta americanización, cierto espíritu cutre de nuevo rico hipotecado...  En cualquier caso el resultado final fue parecido en todas partes: retroceso de los movimientos sociales y de la conciencia crítica. Decir tantas cosas y tan bien con tan pocas palabras es complicado. Estas ideas, con las que estoy de acuerdo totalmente, me han servido de pretexto para hacer algunos comentarios propios, un tanto deslavazados que paso a describir en las líneas que siguen. Es cierto que en estos años de la burbuja inmobiliaria, vivíamos como absortos en una nube, y estábamos convencidos de esta situación de enriquecimiento perpetuo, al que además teníamos derecho, aunque desconociésemos los motivos. Todos debíamos subirnos a este carro de la abundancia, y quien no lo hacía era acusado de estúpido. Como señala Bauman, se proclamaba el libre acceso a todas las opciones imaginables (de ahí las depresiones y la autocondena: debo tener algún problema si no consigo lo que otros lograron ). Un colega de profesión me comentó que unos alumnos de 2º de bachiller de su instituto de la costa valenciana, tras solicitar un préstamo a una entidad financiera para comprar un apartamento, lo vendieron con unas ganancias de 30.000 euros en unos meses. Un paradigma de esta época fue la Comunidad Valenciana, donde determinados sectores de la población se beneficiaron escandalosamente del boom inmobiliario. Como dijo Francisco Camps eufórico tras su espectacular victoria en una noche electoral: "Ha ganado una manera de entender la vida, la valencianía". Aquí se impuso  una nueva escala de valores, los de hacer dinero rápido sin importar el cómo, muchas veces producto de la corrupción, y hacer ostentación pública de esa riqueza. Recuerdo el comentario cutre de un constructor alardeando que el próximo bautizo de su nieto iba a sacar de su bodega botellas de vino de 2.000 euros. Todos los presentes nos quedamos atónitos. El refranero popular es muy sabio: el que de trapo llega a toalla no sabe donde colgalla. Obviamente, borrachos del éxito fácil podíamos satisfacer nuestras ansias desenfrenadas de consumo instaurándose la cultura de los Todoterrenos y del apartamento en la playa, financiado con una hipoteca a 30 años, gracias al capital alemán. Con la llegada masiva de emigrantes que pasaron a desempeñar los trabajos rechazados por nosotros,  ya todos éramos clase media por lo que  la antigua clase obrera desapareció ya que muchos que dependían de un sueldo se avergonzaban de tal denominación,  y  deseando distanciarnos de los recién llegados inmigrantes que ahora ocupaban los servicios públicos (educación y sanidad), preferíamos la educación y sanidad privadas. Además teníamos a nuestra disposición la Liga de Campeones con los clásicos Madrid y Barcelona, eso sí en canales pago; los profundos programas televísivos del Gran Hermano. Con este panorama no había mucho tiempo para plantearnos profundas reflexiones de carácter intelectual. De ahí ese asfaltado intelectual de la sociedad española.

Fue también una sociedad impregnada de un exacerbado individualismo y con grandes dosis de egoísmo, por lo que fueron decayendo los movimientos sociales, que se mueven por los valores de la solidaridad. E igualmente borracha y ensimismada con tanto bienestar que, por cierto, no llegaba a todo el mundo; desapareció la conciencia crítica, por ello aquellos, los que si la tenían y señalaban que se estaba construyendo un edificio con pies de barro, eran  enemigos del progreso, los aguafiestas de turno.

Y de aquellos lodos vienen estos barros. Hoy nos resulta muy difícil comprender todo este descenso de nuestro nivel de vida, con unas cifras vergonzosas de parados y los numerosos recortes a nuestro  incipiente Estado de bienestar, que de una manera pausada pero sistemática nos están imponiendo.  Hemos pasado del optimismo más exacerbado a un profundo pesimismo con respecto al futuro. Esta nueva situación nos ha cogido con el pie cambiado. Por ello, nos está costando tanto adaptarnos a ella. La sociedad civil se moviliza, salvo algunas excepciones como el 15-M, por intereses estrictamente corporativos, no por un sentido de solidaridad global,  y sigue faltándole una  conciencia critica de verdad, cuando motivos no faltan para que irrumpa con gran fuerza ante tanta injusticia. Es lo que hay.

 

Cándido Marquesán Millán