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Necesitamos otra, una tercera izquierda

Nueva TriBuna 23 febrero 2018

En la historia los grandes cambios políticos, sociales y económicos han sido propiciados por situaciones traumáticas, como las guerras o los colapsos económicos. Ejemplos son numerosos. La Depresión de los años 30 del siglo XX engendró  la New Deal de matriz keynesiana y también, alternativas extraordinarias destructivas, como el nazismo. Tampoco deberíamos olvidar el socialismo soviético gracias al estallido de la I Guerra Mundial, y después de la II Guerra Mundial la socialdemocracia, con el apoyo de la democracia cristiana, que puso en marcha el Estado del bienestar.

Por ello, el profundo traumatismo de la crisis económica actual debería haber creado un inmenso  caudal de alternativas. Y no existen  por el triunfo apabullante del neoliberalismo. El mundo está sometido al yugo de la dictadura de la falta de alternativas. Y  sin alternativas no hay democracia. Y los pensadores  que las tienen, son marginados, por lo que conocerlas no es fácil. Mas, en tiempos de la globalización, los pensamientos emancipadores navegan inevitablemente por la red. No se pueden poner puertas al campo.  A través de ella he conocido la obra del brasileño Roberto Mangabeira,  uno de esos pensadores, que abren una brecha en ese pensamiento único dominante. Filósofo y catedrático en la Facultad de Leyes  de la Universidad de Harvard, donde tuvo como alumno a Obama; fue ministro de Asuntos Estratégicos con Lula da Silva. Autor de un polémico ensayo, España y su futuro ¿un país en transformación?, que describe a España como un país sin proyecto, incapaz de aprovechar su potencial. Tesis muy acertada.

En su libro La alternativa de la Izquierda lleva a cabo un certero diagnóstico de la situación de la izquierda actual, falta de ideas y respuestas. Identifica las demandas sociales. Plantea unas directrices para la izquierda y así crear una alternativa política para un crecimiento económico inclusivo y mayor bienestar.

Nos dice que las ideas que orientaron la izquierda históricamente, como el marxismo, son fallidas, y la respuesta a la crisis financiera internacional revela dramáticamente esa pobreza de ideas. No hay nada que no sea una versión momificada del keynesianismo vulgar, la única luz en este túnel tenebroso. La izquierda actual ha fallado en crear alternativas reales de desarrollo inclusivo. Su desorientación la constatamos en la  falta de alternativa, de ideal y de agente.

En cuanto a falta de alternativa, las redistribuciones compensatorias ya no son suficientes. Hoy la izquierda es incapaz de decir qué cosas representa y defiende, y no tiene un  ideal para orientar sus políticas. Además carece de un agente: una base electoral cuyos intereses y aspiraciones pueda representar. El proletariado de Marx está obsoleto, y se debe buscar una nueva base electoral.

Existen dos izquierdas que no tienen ninguna relevancia política hoy. La primera, llamémosla la comunista,  es una izquierda recalcitrante y nostálgica que quiere desacelerar el rumbo del mercado y la globalización para proteger su base histórica: la clase obrera sindicalizada de los sectores productivos del capital.

La segunda, la socialdemócrata, vendida y mutilada acepta el mercado y la globalización en sus formas actuales y quiere simplemente humanizarlas por medio de políticas sociales. Sólo trata no muy convencida de humanizar lo inevitable, ya que su programa es el de sus adversarios, con una cierta preocupación social. Pero no se atreve a transformarlo con decisiones valientes: a nivel fiscal  -incrementando los impuestos al capital y persiguiendo el fraude fiscal- y con una legislación laboral protectora del factor trabajo, cada vez más desvalorizado y más escaso, como consecuencia de la digitalización y automatización de la economía. Y no lo hacen sus dirigentes para no tocar los intereses de las élites financieras y empresariales. La consecuencia es clara, cada vez la socialdemocracia es más irrelevante a nivel electoral. Eso sí, sus dirigentes tras cada fracaso, aducen que toman buena nota y que reflexionarán en profundidad. De tanto reflexionar les sale humo por las orejas. Mas la realidad es terca. Mientras se mantenga incólume el modelo neoliberal, no solo no se vislumbra una salida de este infierno, sino que lo peor está aún por llegar. Si los trabajadores se incorporan cada vez más tarde  al mundo laboral y con peores remuneraciones como consecuencia de la escasa demanda del factor trabajo por las razones ya expuestas, ¿Cómo serán sus pensiones futuras? Si debemos competir con Bangla Desh, donde en un régimen de semiesclavitud y con trabajo infantil la producción de una camiseta empresarios, presentados como paradigmas de la innovación y la emprendeduría, la pagan a un céntimo,  ¿Cuáles serán  nuestras condiciones laborales? Sin reforma fiscal, ¿Cómo se financiará el Estado de bienestar?

Se necesita otra, una tercera izquierda transformadora con un proyecto de reconstrucción que trace un objetivo ambicioso de emancipación.

Según Mangabeira, para construir esa otra izquierda, lo primero es democratizar la economía de mercado, lo segundo capacitar al pueblo y lo tercero, profundizar la democracia. Una izquierda reconstructiva, orientada hacia una coexistencia experimental de diferentes regímenes de propiedad privada y social, así como distintas relaciones entre las empresas y el estado, dentro de una misma economía de mercado; así como construir un mecanismo fuerte de financiamiento interno para un proyecto de desarrollo, ya que ningún país se enriquece con el dinero ajeno. Hay que incrementar el ahorro nacional público y privado para no quedar de rodillas ante el capital, que nos domina con el mecanismo de la deuda.

Tiene que asegurar un sistema de educación pública que equipe a la mente con una enseñanza que sea al mismo tiempo analítica, dialéctica y cooperativa.

Ha de abandonar la concepción de que nuestros intereses morales en cohesión social descansan en transferencias compensatorias, e instalar la concepción de que todos deben compartir la responsabilidad de cuidar a otras personas fuera de su familia.

E implementar una democracia profunda, que aumente el nivel de compromiso cívico y el ritmo de la política, haciendo a las sociedades más plenas.

buna 23 de febrero de 2018

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