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Rajoy, el ilusionante presidente

                       

Pocas veces en un sistema democrático el líder de un partido en la oposición va a llegar al poder con menos esfuerzos gastados y menos méritos acumulados, y que  genere menos ilusión en gran parte de la ciudadanía. Me estoy refiriendo a Mariano Rajoy. Podría servir de paradigma excepcional y por ello ser motivo de estudio en la ciencia política.

 

            Que las encuestas vayan a favor de los populares se explica por la crisis económica, con la secuela más grave del paro, ante la que el Gobierno de ZP se está desangrando, ya que no sabe cómo abordarla ni atajarla. No tengo la pretensión ahora de detenerme en los orígenes, desarrollo y consecuencias de la crisis, porque ya se ha hablado bastante. Dicho lo cual, lo que parece incuestionable es que la crisis hubiera llegado independientemente del color del gobierno que hubiera estado. Como también que las medidas para corregirla son muy reducidas, no muy diferentes de las que se han puesto en marcha, ya que lamentablemente los mercados marcan la hoja de ruta. Mas para los ciudadanos los matices cuentan poco, lo que quieren es que la economía remonte, aumente el bienestar y el paro se reduzca. Y si un gobierno no sabe alcanzar estos objetivos, obviamente será castigado electoralmente y aunque sea a regañadientes busca otras alternativas.

            Siendo tan dramática la situación económica, los españoles tenemos el derecho a conocer, por lo menos un esbozo, cuáles son las grandes líneas programáticas para salir de la crisis del líder del principal partido de la oposición. Hasta el momento se ha limitado a decir siempre que no a cualquier iniciativa del Gobierno de ZP, aunque las hubiera propuesto el mismo con anterioridad. Da igual si es la reforma de las pensiones, de las cajas de ahorro,   de las prestaciones del desempleo o de políticas de ajustes fiscales.  Lo que sí sabemos son cuatro generalidades, edulcoradas con las conocidas rebajas de impuestos, reducción del gasto público y la consabida austeridad. Igualmente con el argumento de que ya sacaron al país de la crisis en 1996, sin entrar en más profundidades, cuando el sabe muy bien las enormes diferencias entre la situación de aquel año y la actual. Y cuando ha presentado alguna alternativa es el paradigma  de la incoherencia. Vamos a verlo.  Rajoy  ha ido estableciendo en los últimos años algunos posibles modelos económicos a imitar. Y los ha ido modificando sobre la marcha. Antes de las elecciones de 2008  era el de la Irlanda que crecía por encima del 4%.  Cuando el milagro irlandés entró en recesión, lo olvidó. Poco después, fue el de la Francia de Sarkozy, mas cuando el presidente francés empezó a hablar de "reinventar el capitalismo", defendiendo un intervencionismo fuerte como salida a la crisis e incluso planteando un nuevo impuesto para las grandes fortunas, le dejó de interesar. Llegó el de Angela Merkel, cuando hizo propuestas de bajadas de impuestos en plena campaña. Con la crisis griega Merkel, lejos de bajar impuestos, subió algunos -sobre todo uno a las eléctricas sobre la energía nuclear, le sobrevino un nuevo olvido. Apareció el de la Inglaterra de Cameron, pero al darse cuenta  que los durísimos recortes planteados en ese país -500,000 funcionarios menos y tasas universitarias triplicadas- provocaban críticas en España, empezó a citar menos a Cameron. ¿Cúal es el  modelo de Rajoy? Deberíamos conocerlo. De momento lo ignoramos, no sabemos si es porque no lo tiene, o si lo tiene  permanece oculto en alguna carpeta de algún disco duro de algún ordenador de la calle Génova, que por su dureza no se atreve a darlo a conocer. Por ende, la política económica de los populares no es como para generar gran confianza.

            Pero es que además hay otra circunstancia, no menos grave, que debería hacernos reflexionar a todos los ciudadanos a la hora de depositar nuestra confianza en Rajoy. De verdad, nos debería de preocupar profundamente que pueda llegar a la Moncloa el líder de un partido político, incurso hasta las mismas entrañas en delitos de corrupción, en el que hasta el mismo tesorero tuvo que presentar la dimisión y que tenía el despacho en la misma sede de calle Génova, pared con pared con el de Mariano Rajoy. Como también el que haya sido nombrado candidato a la presidencia de su comunidad un político, al que el fiscal le acaba de acusar de recibir unos  regalos constitutivos de delitos continuados de cohecho, previstos en los artículos 426 y 74 del Código Penal y que ha establecido la siguiente petición de pena: multa de 5 meses y 15 días con una cuota diaria de 250 euros, lo que da un total de 41.250 euros. Mientras que ocurren los casos anteriormente mencionados, en el colmo del cinismo y del sarcasmo nos acabamos de enterar que el PP difundía entre los miembros de su dirección y las organizaciones regionales el borrador del programa marco para las elecciones autonómicas y locales de mayo, y que en  el un último apartado, titulado "Regeneración", plantea medidas muy contundentes contra la corrupción. Según señala “La lucha contra la corrupción se convierte en uno de los pilares principales del PP, ya que la legitimidad del sistema democrático no puede quedar en entredicho por actitudes permisivas, indolentes o exculpatorias ante la gravedad de determinados comportamientos”. De verdad, leer estas líneas programáticas anticorrupción,  cuando se acaba de confirmar la candidatura de Camps, es una falta de respeto a la ciudadanía española.  Si los dirigentes populares actúan así es porque saben que la corrupción en este nuestro querido país no tiene ninguna incidencia negativa a nivel electoral. Y lamentablemente no andan descabellados en esta apreciación. Y si se ha llegado a esta situación, puede que sea porque  esta sociedad anda totalmente desnortada, como si no tuviera muy claros los auténticos valores éticos.

Como conclusión, es entendible la nula ilusión que transmite la figura de Mariano Rajoy y que de no producirse un cambio radical será el próximo inquilino de la Moncloa. Pienso que nos merecemos algo mejor.

Cándido Marquesán Millán

 

 

 

 

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