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Globalización: más paro

 

Una sociedad en la que a un porcentaje de su población se le niega el derecho al trabajo, está abierta a todo tipo de tensiones sociales y políticas. Según Ignacio Sotelo sin pleno empleo no se puede hablar de Estado de bienestar, en todo caso de Estado social, en el cual   se tambalean las políticas sociales, las ya existentes o las que se quieran implementar, ya que una parte considerable del dinero público debe financiar el subsidio de desempleo. Por ello, son de añorar en el mundo occidental  “los 30 años gloriosos de los franceses o la edad de oro de los angloamericanos”, en los que todo el mundo podía trabajar. Desde los años 70 el pleno empleo se acabó. En los 90 se creció económicamente a un buen ritmo y el paro se mantuvo. Si con crecimiento económico no se elimina esta lacra, es más complicado conseguirlo en  una crisis económica, como la actual. No obstante, a las empresas les interesa el paro para mantener un “ejército de reserva” que garantice, cuando se produzca la recuperación, el que no haya excesivas subidas salariales.

Hay razones que explican, nunca justifican, el paro actual en la UE. Hoy algunos científicos sociales piensan que con la automación y la informática  hemos entrado en la Tercera Revolución Industrial que supondrá el fin del trabajo asalariado, o una modificación sustancial. Con el progreso tecnológico, aumenta la productividad y la riqueza, pero eliminando puestos de trabajo. Así como la mecanización del campo expulsó trabajadores a la industria, la automación los arrojó a los servicios, sector económico clave en la sociedad actual, de donde las nuevas tecnologías podrían prescindir de muchos trabajadores. Según Ignacio Sotelo, estos hechos han propiciado que algunos autores hayan publicado libros, reflexionando sobre un futuro sin trabajo asalariado. Jeremy Rifkin en El fin del trabajo; André Gorz en Adiós al proletariado. Más allá del socialismo; consideran que el fin del trabajo abrirá la posibilidad de la emancipación del ser humano, al liberarse del odioso trabajo para su manutención; y el cuantioso tiempo libre podrá dedicarlo a la “economía social”, conjunto de actividades que, fuera de las modelos estrictamente mercantiles, se ocuparán de producir bienes y servicios en beneficio de la comunidad. Visión más negativa es la de Günther Anders en Sobre la destrucción de la vida en la época de la tercera revolución industrial, ya que el desenlace no puede ser más aterrador, porque el desarrollo tecnológico, eliminado el trabajo, conducirá a la deshumanización total.

 

A nivel teórico entra dentro de lo verosímil que el desarrollo tecnológico suponga antes o después la desaparición del trabajo, pero por lo que estamos constatando empíricamente tal eventualidad parece poco convincente. No obstante el capitalismo podría subsistir tal vez sin trabajo asalariado, pero nunca sin consumidores de lo que produce. De momento, los asalariados seguirán existiendo por largo tiempo.

Además el paro está relacionado con la globalización de carácter neoliberal. La deslocalización industrial, provoca  que numerosas empresas se trasladen de los países occidentales a otros con sueldos más bajos, menos derechos laborales y sin democracia, donde la explotación del trabajo reproduce la situación laboral europea del XIX. El capital salta por encima de cualquier barrera estatal y va a donde hay más beneficios, ante lo que los Estados se muestran impotentes. La libre circulación de capitales especulativos  permite alcanzar grandes y rápidos beneficios que quitan atractivo a las inversiones en los países de donde emigran los capitales. Lo novedoso hoy es que los inversores reclaman ganancias en tiempos cada vez más cortos; con lo que la empresa tradicional, entendida como un capital vinculado para largo, está en retroceso.

 La  globalización  es causa y efecto también de la masiva llegada de población inmigrante al mundo occidental, para realizar los trabajos peores y menos remunerados. El Estado no controla la inmigración ilegal, al considerar muy conveniente para mejorar la competitividad  de muchas empresas el disponer de mano de obra abundante, sumisa y barata. Lo que arrastra moderación salarial y debilitamiento del movimiento obrero tanto sindical como político. Se nos suele olvidar a los occidentales que la globalización actual cambió la dirección de la emigración. Durante el siglo XIX y la mitad del XX muchos europeos emigraron, huyendo de la pobreza y de miseria. A partir del 60 del XX se invierte el sentido y Europa es receptora de emigrantes.

En este contexto general, la situación del paro en España se ve agravada  por la explosión de la burbuja inmobiliaria, por las dificultades de financiación de las empresas, el pluriempleo, la economía sumergida y los prejubilados con otros trabajos.

Según nos dicen los gurús de la economía,  el paro será una realidad con la que tendremos que convivir y es posible que se incremente. El Estado tiene la obligación de erradicarlo, ya que es la demanda esencial de la gente. Por ello, todos los partidos políticos llevan en su programas promesas de políticas activas de empleo, aunque saben que no las van a poder cumplir. Expectativas que sirven para diluir demandas sociales que pudieran cuestionar los buenos resultados macroeconómicos y los beneficios empresariales, ya que sin ellos no se llegaría a la meta anhelada.

Quiero acabar con una reflexión. Me resulta desalentador y desconcertante que en nuestro país, algún partido político tenga la osadía de prometer que  bajando los impuestos y abaratando los costes salariales, los empresarios acumularán más beneficios, y así invertirán más y con ello erradicarán el paro.  La realidad es más compleja. Y ellos lo saben. Mas como señuelo viene muy bien para cazar votos.

 

 

Cándido Marquesán Millán

 

 

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